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O Magazine
2015-2017

LOS QUE
ACECHAN
EN EL
UMBRAL

Por Alexandre Serrano

Los planteamientos de Howard Phillips Lovecraft pasaban ya en vida por los de un reaccionario intransigente; no digamos hoy, ochenta años después de su muerte. Detestaba la idea de progreso. La democracia le parecía una ficción estúpida y peligrosa. Creía que el mestizaje era un descenso a la peor barbarie y algunos de sus mejores pasajes están inspirados por el odio racial. Sentía aversión por el sexo y el mercado, aun antes de que ambos se convirtieran en los motivos centrales y ubicuos de nuestra civilización. Podría incluso afeársele la misoginia, si no fuera porque su misantropía no hacía distingos. Su obra, por otra parte, es una cosmogonía negativa cuya verdad última es la absoluta indiferencia del universo por la especie humana. Dominados por fuerzas ciegas, monstruosas y amorales, nosotros y nuestros grandes principios solo representamos un paréntesis ilusorio entre dos inmensidades de tinieblas.

Con ese expediente, lo normal es que su figura nunca hubiese abandonado el ostracismo en el que, quitando a un reducto de fervorosos iniciados, permaneció hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX. O al menos que la tónica general fuera la de montarle autos de fe, como el de los remilgados que protestaron para que su busto no siguiera sirviendo de modelo de los World Fantasy Awards. Lo que en verdad era difícil de presumir es que algún día lo más habitual sería esto, esto otro o incluso esto de más allá:

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¿Por qué extraña decantación un escritor con unas querencias tan opuestas a las que hoy son hegemónicas, un estilo literario cuanto menos singular y exigente y una visión tan estoica y nihilista de la existencia se ha convertido en una especie de santo patrón bondadoso de la tribu nerda o creador entrañable de una imaginería gozosa que lo mismo sirve para la sátira política, los divertimentos intertextuales o la pura cuchufleta?

No ha sido, desde luego, una transfusión súbita. Es mérito de Lovecraft, alérgico a cualquier oportunismo, el haber encarnado en vida un ideal de pureza y coherencia que nos hace percibirle con mucha más simpatía que hostilidad. Como es suyo, y de su círculo de fieles epígonos, el haber construido un ciclo mitológico capaz de proyectarse hacia el futuro, nombrar unos espantos que incluso se han fortalecido a la luz de posteriores descubrimientos de la biología o de la astrofísica y darles una forma que nos continúa apelando. Pero también ha habido una lenta mediación de otras disciplinas como el cine, la historieta y hasta el rock, que han tomado en préstamo, reelaborado, amplificado y a la postre popularizado muchos de sus conceptos. De ahí a la apropiación camp, por procesos en los que no es necesario abundar, todo ha sido cuesta abajo.

Hay, claro está, quien lamenta que por el camino el mensaje se ha desnaturalizado. Convertida la mala nueva sin lenitivos que anunciaba en un escalofrío de barraca de feria, achicada su escala cósmica a una geografía familiar, convertidos sus dioses irrepresentables en muñecos articulados, el caudal espeluznante original habría quedado encauzado.

Lecturas menos apocalípticas y más agudas entienden, en cambio, que estas revisiones añaden nuevas funciones y capas de significado a aquello que manipulan. Y que, por esa misma razón, no solo lo degradan o banalizan, sino que también lo vivifican.
En el caso que nos ocupa, yo aventuraría una tercera posibilidad. Como insinúa el GIF bifronte que encabeza estas líneas, tras su apariencia inofensiva, los peluches de Nyarlothetep o los falsos posters vintage de turismo en R’lyeh son portales interdimensionales. Fisuras por las que se filtra una salmodia casi inaudible al principio, pero que nos atrae y llama a adentrarnos cada vez más en su interior. Grietas que los Grandes Antiguos han encontrado para comunicarse otra vez con nuestro mundo: señuelos para hacer que recorramos de vuelta el camino que lleva de la ironía posmoderna a la revelación ominosa de sus Augustos Terrores.