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O Magazine
2015-2017

Lo bello y lo triste en bucle infinito
Por Víctor Navarro Remesal

Un titular en EFE Salud me estropea la mañana: “La estética y la psicología se alían para derrotar al rostro triste y cansado”. Citando un estudio mercenario de una farmacéutica, defienden eliminar con cirugía aquellos rasgos que nos hacen parecer mustios. No la tristeza en sí: sólo la cara triste. Enseguida pienso en Los ojos sin rostro y en comprarme una capucha de Rorschach, y vuelvo a los títulos que me dan consuelo: Sonríe o muere, Lo bello y lo triste, Confesiones de una máscara... Y, sobre todo, me acuerdo de Belladonna of Sadness.

Estrenada en 1973 por Mushi Pro, con el estudio al borde de la bancarrota, Belladonna of Sadness es una gema tapada del cine, una bomba de belleza salvaje. Y casi una película-GIF: la componen panorámicas de ilustraciones fijas alternadas con explosiones de animación preciosista, repetidas hasta desbordar. Más que una narración lineal es un collage, un remix de sí misma, una espiral de imágenes-movimiento que vuelve una y otra vez a las mismas obsesiones.

Si te parece una locura, hay más: la película se inspira en la Historia del satanismo y la brujería de Jules Michelet de 1862 y la pasa por un vórtice de psicodelia y jazz, de acuarela y tarot, de Klimt y Kandinski, de anime y medievalismo. En el resultado, lo grotesco, lo obsceno, lo bello y lo triste están tan enmarañados que no pueden extirparse con un bisturí. Échale un vistazo a estos GIFs, a ver si podrías quitarle la tristeza de la cara a Jeanne, la Belladonna del título.

Que la tristeza es necesaria es algo tan obvio que hasta lo ha defendido Pixar, tan inclinada al final feliz y la moraleja coelhiana. Que la belleza tiene siempre algo triste es una idea recurrente en estética: para Longino lo sublime causa dolor; para el wabi-sabi japonés la emoción surge de lo imperfecto, incompleto y perecedero; para Adorno el negro representa tanto la muerte como la esperanza. Románticos dando vueltas por ruinas, emos con el rímel corrido o hipsters que rechazan la sonrisa: no estoy diciendo nada nuevo. Y pese a ello, la nota de prensa insiste: la cara triste es algo a derrotar.

Acaso por pudor o por miedo a resultar pretenciosos, hemos dejado de hablar de belleza. Elaine Scarry, en On Beauty and Being Just, advierte que hemos convertido la belleza en un tabú, temiendo que nos distraiga de lo importante o a que nos haga “reificar” al otro. El resultado de esta dejación de funciones no es que la conversación haya desaparecido sino que la cirugía, la cosmética y los charlatanes (si no tienes nada que decir, dilo bonito) han llenado el vacío y se han adueñado de ella, robándole a la belleza lo áspero, lo triste, lo vivo.

Propongo recuperar la belleza, recordar que no debería ser una distracción vacía si no, como defiende Scarry, una invitación moral, no simple forma sino forma aplicada, no sólo “cómo” sino “para qué”. Propongo quitarles el monopolio del concepto a la cirugía estética y a Apple porque, como critica Byung-Chul Han en La salvación de lo bello, lo convierten en una deformación pulida, lisa e impecable que nos anestesia. Eso es lo que tenemos que derrotar, y no los rasgos tristes de nuestras caras.

Películas como Belladonna of Sadness nos enfrentan a lo bello y lo triste y sacuden nuestras ideas y emociones. Nos despiertan. Porque, como dice Ursula K. Le Guin, “la mayoría de adultos ya saben que la vida es dura y llena de dolor, y buscan en el arte tanto una confirmación de este conocimiento como un consuelo”. O como dice Makinavaja: “En un mundo podrido y sin ética, a las personas sensibles sólo nos queda la estética”.