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O Magazine
2015-2017

Las lluvias de
(Castamere) Lesbos

Por Aarón Rodríguez Serrano

La cultura pop anda mercadeando bajo la lluvia por las costas europeas. Ahora que llega la primavera breve perfumada de cambio climático, resuenan las declaraciones de Alex Chung, fundador del portal Giphy, diciendo nada menos que: “En internet falta humanidad y los gifs llenan ese vacío”. Muy al contrario, Internet es la humanidad, y de ahí que tenga más bien poco de humano. Si Chung se hubiera tomado la molestia de invertir quince minutos de su vida analizando el contenido de los GIFs que se intercambian en 4chan, en lugar de apelar a las buenas mentes y a los corazones de plástico solidario de la chavalada, se hubiera dado cuenta de que Internet es una boda roja que no cesa, un oficinista masturbándose con lluvias doradas en el límpido retrete de su empresa antes de ejecutar un ERE, el bostezo tecnológico del cadáver inminente. Je suis 4chan.

Otras lluvias, las lluvias de Castamere, se deslizan por la piel de los niños grisáceos que escaparon del merchandising brutal del Estado Islámico y están haciendo cola para esnifar pegamento capitalista en las barriadas de Europa. La cultura pop, decía anteriormente, mercadea bajo la lluvia. Ahí están los singles revolucionarios de Helly Luv, de los que ya habló en estas páginas muy pertinentemente Ben Tuthill. También está el último plástico de Anoushka Shankar, el apasionante Land Of Gold y su imposible reconstrucción en forma de ópera-rock-sitar de la épica, la huida, el desastre humanitario. Su padre, el bueno de Ravi, levantó con George Harrison en Bangladesh aquel mausoleo de celebridades que inauguró lo que más tarde acabarían siendo los delirios solidarios de Geldof & asociados. Su hija, muy al contrario, ha hilvanado una propuesta íntima, una suerte de ‘pequeño bien soberano’ con apenas cinco instrumentos y tres vocalistas invitadas, un elepé portátil que, de puro bello, corre el peligro de ser olvidado. En este trozo del mundo pasamos de ser ‘The World’ y ‘The Children’ a ser Paris, a ser Aylan –nuestro niño muerto convertido en icono pop–, a ser cualquier cosa que no seamos nosotros mismos.

El refugiado se mira al espejo de la cultura pop y no sabe si queda estetizado o si queda borrado. El refugiado, como antes ocurrió con las Primaveras Árabes, escribe en un perfecto inglés sus demandas de socorro y se viraliza en las redes sociales. Si hablan inglés, ya se sabe, son un poco más de los nuestros, están un poco más occidentalizados y son más asequibles por la vía del Vaughan. Han aprendido gracias al cursillo acelerado impartido por Al Baghdadi entre decapitación y decapitación. Es lo bueno que tiene aprender idiomas: desarrollas oportunidades de negocio en todo el mundo, conoces a gente interesante, puedes incluso amenazar de muerte a los países vecinos mientras enarbolas un fusil de asalto con un acento impecable, o en el otro extremo, suplicar comida para tus hijos. Alex Chung, en su defensa de los GIFs como ejercicio de humanidad, parece haber olvidado que, muy precisamente, el Estado Islámico utiliza ese formato como una suerte de highlight de la tortura y del horror para mejorar su difusión por los foros de Twitter.

De ahí que el refugiado tienda a ser domesticado por el GIF. Domesticado, quiere decir, en este contexto, convertido en una suerte de pulpa fácilmente digerible por los buscadores y los modos de expresión de las redes sociales que no problematice excesivamente el flujo de contenidos de los portales mayoritarios. Es retratado buscando su conexión con otras poses emocionales virales, otros gestos de piedad fácilmente reconocibles por el internauta. Después de todo, en los pocos segundos en los que su rostro inunda, desborda, invade nuestra pantalla, tiene que compartir espacio con cosas como “Esta niña huérfana y ciega encontró un perrito abandonado… ¡Y no te creerás lo que pasó después!” o “Si realmente te importan las víctimas infantiles de [INSERTE AQUÍ SU ENFERMEDAD FAVORITA] comparte esta imagen”. El refugiado está siempre bajo la lluvia de ese simulacro de humanidad que defendía Alex Chung, calado hasta los huesos, pero necesariamente bloqueado por las políticas de los países europeos. Este político recibió una llamada de sus colegas de la Eurozona… ¡Y no te creerás lo que pasó después!” En el fondo, el GIF funciona a la contra como simulacro de acto humano, como un apósito ético de usar y tirar. Rostro desechable. Gesto vaciado de sentido. En los GIFs, el cuerpo del refugiado queda convertido en algo anecdótico: el niño que muestra a la cámara el cachorro adorable que le acompaña en el campamento de refugiados, el que no sabe quitarse el equipo de seguridad tras ser rescatado y se tropieza de manera aparatosa, el que toca el violín delante de las fuerzas de seguridad que pretenden expulsarlo. Los refugiados están luchando en tiempo real contra el imperio anecdótico-estético del Holocausto, contra los traumas de los ciudadanos bienpensantes que comparten fotos de niños enfermos en sus muros, contra su propia verdad traumática que es –digámoslo claro– demasiado horrenda para ser traducida en un GIF. Los refugiados hablan en el idioma de las agencias de noticias europeas, posan para nosotros, se convierten en las máscaras que nosotros exigimos.

Queda por saber cómo sería realmente el GIF que representaría ese momento de fracaso y sinceridad, de lejanía y soledad más allá de las cámaras europeas, norteamericanas, canadienses. Queda por saber cómo escriben en su idioma, con su trazo, con sus ojos plenamente abiertos, su propia tragedia. Queda por saber cómo es el auténtico GIF que retrata su exilio interminable en Castamere.