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O Magazine
2015-2017

Las gafas de cerca.

El mito de la ultra high
definition y otras
fantasías retinianas,
por Rubén Lardín.

HD
is off

Los síntomas fueron múltiples. El primero vino inferido de una reducción del tiempo de lectura en la cama. Del par de horas mínimo invertido en esa cumbre de placer diario, tres cuartos pasaron a ser más que suficientes. Fue hace tres o cuatro años, cuando alcancé las cuatro décadas en la tierra y sobrepasé la edad que antiguamente se llamaba de la melancolía. Cumplidos los cuarenta empecé a percibir una leve fatiga visual consonante con la acumulación de experiencias y los mundos conquistados. No estaba dejando de ver pero al parecer me estaba cansando de mirar.


Pese a esa denominación entre el pecado y la penitencia, la presbicia no es más que un desgaste de los músculos ciliares, una hipermetropía traída por el tiempo que en mi caso me iba a llevar a una obsesión por el matiz, a un afán de resolución y a la búsqueda enfermiza de algo parecido a la alta definición. Por aquel entonces tuve acceso a un dibujo original de Felicien Rops, una pieza sencilla pero muy delicada donde una mujer era violentada por una entidad tentacular y de recuerdos acuáticos, lovecraftiana por tanto y carne de hentai por vecindad. En aquella imaginación a plumilla de uno de los más grandes blasfemos de la historia del arte me sentí dispuesto a condenarme. Quise que mis ojos fueran un telescopio de cielo profundo, pretendí ver galaxias y nebulosas y a él pegué la nariz. Mi vista cansada me estaba acercando peligrosamente al abismo. Olvidé que es de querer verlo todo que se queda uno ciego y en apenas seis meses acumulé al menos siete pares de gafas cada uno más potente que el anterior, cada par preparado para vencer una supuesta dioptría de la cual no estaba afectado, con lo cual cada adquisición me llevaba a encorvarme más sobre los mapas hasta el punto en que se dio en mí una sinestesia literal, la sustitución de un sentido por otro: de pronto me vi comportándome como un perro que olisquea el territorio.

Desde las primeras estampas picantes que se vendían bajo cuerda, que pronto pasarían a ser coloreadas con anilinas, hasta la migración del cine equis al formato doméstico (cuando los sectores conservadores, temerosos del nuevo alcance del material vía VHS, especificaron por escrito qué prácticas podrían llevarse a cabo en pantalla y cuáles quedaban prohibidas en adelante), la pornografía siempre ha sido laboratorio del progreso, que es un concepto no siempre ponderado en lo que va dejando atrás. La pornografía fue el primer objeto de fantasía para la realidad virtual cuando la realidad virtual se planteaba como una opción disruptiva, antes de que se quedase en esta sustitución tristona de lo físico que está siendo hoy. La pornografía nos resume, en ella empieza y termina todo.

A principios de los años noventa, trabajando de correveidile en un par de pequeñas producciones de cine guarro, cantos de cisne con los que se pretendía dinamizar una escena que en la memoria todavía se vinculaba a la idea de contracultura, me llamó mucho la atención un detalle que entraba en conflicto con mi entender la pornografía: las marcas del sostén. Durante el rodaje, antes de grabar la escena que fuera, maquilladores, ayudantes y advenedizos permanecían al quite de que ninguna actriz delatase en pantalla las huellas del elástico de su ropa interior. Para evitarlas masajeaban la zona o se tomaban el tiempo de espera necesario para que la huella de realidad se esfumase de la piel. Para mi gusto aquello era un error, porque aunque el porno es pura fantasía, la miseria de la vida filtrándose en él siempre me ha resultado de una ternura estimulante. Aquel recuerdo lo asocio ahora a la cantinela constante de la alta definición, que en la actualidad, según me cuentan, ha reducido la edad media de las actrices en beneficio de una imagen tersa, lustrosa y libre de imperfecciones epidérmicas. No sé si esto implica algún cambio de paradigma o si responde a un orden natural de las cosas, pero así parece estar siendo.

El caso es que la ansiedad por ver más y mejor, con más nitidez, nos tiene cautivos en un constante pulir los mecanismos para la ocultación. Reparamos defectos con mayor eficacia, el monstruo del Photoshop se ha hecho realidad, se establecen nuevos cánones y por primera vez en la historia del cine un avance tecnológico es en realidad un retroceso. Declinamos el celuloide, perdemos profundidad de campo y debemos evocarla en las tres dimensiones, que en evolución lógica está a punto de hacer tangible la imagen con el advenimiento de las impresoras 3D, un ingenio que colocaremos al lado de la Nespresso para antes del simulacro de café alimentarnos de galletas hechas de harina de insecto. Todas estas movidas no dejan de ser fascinantes, pero hay que reconocer que llevamos todos una buena berza mental.

A lo largo de la historia han ocurrido más cosas. Hay muchos enclaves que aquí no es posible enumerar, pero la alta definición ha existido siempre. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que se puso de moda pintar tebeos al óleo, mi generación puede dar fe. Antes, las fotografías se tiraban post mortem porque los difuntos eran los únicos capaces de estarse quietos. Luego, las químicas y los haluros de plata se irían despabilando y hoy Christopher Nolan, uno de los cineastas más aburridos de nuestro tiempo y, para más datos, el hombre que ha hecho llorar dos veces a Michael Caine, guarda en su colección una óptica Hasselblad de 80mm. que en la profesión es conocida como la Nolan 80. ¿Para qué la quiere si sus películas siguen siendo una mierda? Mucho antes se daba un momento en la historia de la pintura en que para expresar la noción áurea deja de utilizarse el pan de oro y se pasa a su representación a partir de la mezcla de pigmentos y ejecuciones audaces. Es decir, la imagen pasa a generarse en el ojo, no en la propia pintura. Como los orzuelos. Es una maniobra que predice el fin de las castas y que contiene una paradoja: la rendición futura a su propia codicia de una clase media que acabará colgando en su salón-comedor o en su sala de espera (toda la vida esperando) la correspondiente reproducción del beso de Klimt. En ocasiones, evocando alguna obscenidad inherente a la operación, con la pareja tendida.

Pero hablábamos de la merienda y de la genitalia, dos conquistas del audiovisual contemporáneo donde tanto niños como adultos hemos pasado a ser urracas dispuestas a abalanzarnos sobre todo aquello que brille, empezando por un cine de animación que ha desechado la línea y se basa exclusivamente en simular la física de la luz. Empapuzado de exuberancia, el ojo se nos ha puesto goloso y va encontrando sus apoteosis en películas como Los caballeros del zodíaco, un anime al que una mentalidad ya formada tendrá difícil acceso. Aquella película no sé si buena o mala pero de una épica cursi hasta extremos indecibles, incesante en el fuego y fundada en la exuberancia de cromados, ectoplasmas mitológicos y alusiones boreales, emergía con aspiraciones de lapislázuli y de piedra preciosa, como un secreto adolescente que sobrepasaba cualquier hiperrealismo para instalarse en un kitsch suntuoso que frisa la plástica pornográfica. Todo en ella resplandece como la piel de los delfines. Cada imagen destella como una torre de negocios alzada sobre la miseria, en una noción de lujo que se reafirma en su contraste, en el pixel art, la moda lo-fi o la desorientación del seapunk, en la tolerancia que hemos desarrollado a la ilustración de noticias televisivas con clips de móvil o YouTubes putrefactos y en el desarrollo de softwares que emulan artificialmente el grano cinematográfico del que carecen las grabaciones digitales. Al día siguiente de ver aquella película inescrutable decidí visitar a un oftalmólogo. Unos años antes, Charles Champlin había dictado su libro My Friend, You Are Legally Blind, donde el que fuera crítico de cine titular del Los Angeles Times desde los años sesenta explicaba su experiencia con la degeneración macular.

Pero la vida sigue. Un pasito p’alante y otro para atrás. El sol todavía no se deja mirar, no se va a dejar nunca, y nuestra adicción a las pantallas de luz en detrimento de las pantallas iluminadas tal vez pueda estar indicando que vivimos tiempos de oscurantismo. La llamada alta definición, inapreciable si no es por comparación con una precariedad previa, ha llegado para quedarse o tal vez está de paso y lo mejor que puede esperarse de ella, se me ocurre, es que nos retribuya las historias. Tras la fiebre de multiplicar los planos con el fin vano de acelerar los relatos, la enfermedad de la alta definición propone ahora una voluptuosidad de la imagen que, tal vez, para que podamos detenernos en su contemplación, nos devuelva a un ritmo anterior despojado de manierismos, a cierta calma que nos recuerde que para descansar la vista hay que posarla muy lejos, algo que en las grandes ciudades no podemos hacer porque carecen de horizonte.