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O Magazine
2015-2017

Viñetas robadas

Fumetto
Negro

Los italianos –cuya lengua está especialmente dotada para transubstanciar lo trivial en lírico– llaman al tebeo “fumetto”, término que asocia lo que nosotros denominamos de manera algo más gañana “bocadillo” a una emanación de humo cargada de sentido. Quizá esa cuestión léxica esté directamente relacionada con la distinta consideración que tiene el medio en un contexto cultural y en el otro: por aquí, todos nos alimentamos o nos hemos alimentado en algún momento de bocadillos, pero sabemos que el bocadillo es posibilismo, algo situado jerárquicamente por debajo del Menú Degustación o de ese asqueroso concepto tan Ciutadans: el Menú Ejecutivo. Sin embargo, podemos inferir que, para un italiano medio, el humo no es algo irrelevante. De hecho, por ahí, como en las tribus nativo-americanas, el humo aún sirve para comunicar algo tan trascendente como el relevo del Gran Hechicero: ya saben, la dialéctica vaticana entre la fumata bianca y la fumata nera. Siendo esto así, no es raro que en nuestro país podamos esperar sentados la elevación de estatuas dedicadas a Ibáñez, Vázquez, Coll u Opisso o la inauguración de un Museo Nacional de la Historieta; mientras que en Italia fueron pioneros en el estudio semiótico de la viñeta y el análisis académico del asunto, mientras la consolidación de una nueva generación (revolucionaria) de autores –la de los Crepax, Battaglia, Toppi y Pratt– encontraba francas complicidades entre una intelligentsia realmente comprometida con este efervescente lenguaje artístico. ¡¡Qué distinto de lo que hemos conocido por aquí, cuando hubo muchos especímenes humanos que solo leyeron tebeos en los ochenta, porque tocaba y que ahora, quizá, se acerquen, a lo sumo, a lo que identifican como no-tebeo; es decir, a la novela gráfica!!

Hugo Pratt, creador de Corto Maltés –uno de los hitos universales e inmortales de la historia del medio–, fue uno de esos autores que entendieron el medio como la suma de síntesis gráfica más un trazo entendido como pura sugerencia cinética: los suyos fueron dibujos donde la línea equivalía a identidad y esa identidad era movimiento capturado sobre papel. El dibujante de Ernie Pike pertenece a la misma familia que Milton Canniff, Frank Robbins, Alex Toth y Jordi Bernet, pero, al mismo tiempo, es inconfundible. Miembro central de lo que se dio en llamar la Escuela Veneciana, Pratt tuvo viaje de ida y vuelta a Argentina, que le permitió establecer lazos con referentes tan insoslayables como el guionista –y futuro desaparecido– H. G. Oesterheld y el dibujante Alberto Breccia. Corto Maltés fue una encarnación del concepto rector en la obra del historietista: la Aventura, encrucijada poética donde confluyen ecos de Stevenson, Conrad y Julio Verne. Pero, antes de llegar a ese icono, su trazo recorrió territorios más comunes y más transitados por otras sensibilidades: el héroe (o antihéroe) enmascarado, que, heredado de la tradición de la literatura de folletín, los seriales cinematográficos y las historietas norteamericanas, acabaría fijado como arquetipo emblemático del fumetti a través de personajes como Diabolik y Kriminal. El término “fumetti”, en realidad, identifica dos medios de expresión distintos que comparten el mismo recurso del humo significativo: el tebeo y la fotonovela. Los turbios y ambiguos enmascarados enfundados en mallas harían fortuna tanto en un ámbito como en el otro, pero pocos tuvieron una identidad gráfica tan singular como L’Ombra, el segundo justiciero enmascarado en la carrera de Pratt.

Mario Faustinelli, Alberto Ongaro y Hugo Pratt crearon a As de Picas –personaje que daría nombre a la publicación fundacional de la entrada del fumetto en la modernidad– en 1945. Pratt aún no había encontrado su estilo y las peripecias del personaje estaban modeladas demasiado a imagen y semejanza de sus antecedentes norteamericanos. Creado en 1964 y nacido en las páginas del número 26 del Corrieri dei Piccoli, L’Ombra ya sería algo completamente diferente: Pratt había regresado de Argentina y estaba a punto de crear a Corto Maltés, su trazo ya era una prolongación de su mirada –y aquí canalizaba un muy palpable sentido de la ironía– y el manejo de los referentes –aquí, el Hombre Enmascarado de Lee Falk– respondía antes al espíritu lúdico que a la postración pasiva y reverencial. Escrita por Alberto Ongaro, la primera aventura de las tres que protagonizó el personaje –L’Ombra contro il generale–, enfrentaba al héroe con un villano con aspecto de imponente robot que, al final, a lo Scooby-Doo –serie que, por cierto, aún no había nacido– resultaba ser un tipo de carne y hueso enfundado en lo que podríamos llamar Disfraz de Susto.

A lo largo de la aventura, L’Ombra se enfrentaba a diversos ingenios robóticos que, con la precisión de un coreógrafo de drones, el malvado Generale le enviaba para pararle los pies en la insidiosa investigación que empezaba a cercarle. Esta Viñeta Robada es la que abre la plancha (apaisada) número 36 de esa aventura y, con L’Ombra convenientemente agazapado tras las ramas de un árbol, está presidida por el más delirante e irresistible ingenio del Generale: un pulpo bomba de andares patidifusos y mirada perversa que revela hasta qué punto la destilación cómica es importante en la configuración del estilo Pratt. Incluso cuando, poco después, se lance en los brazos de la Aventura con mayúsculas, el autor lo hará partiendo siempre de una cierta distancia, con un benefactor escepticismo que, por así decirlo, sería la forma gráfica de una ceja arqueada. ¿Es esta la viñeta más loca y delirante que jamás dibujó Pratt? Probablemente, pero también es una en la que está Todo Pratt, la potencia de lo que vendría después, un universo alumbrado por el refulgente sol de un carnaval veneciano sobre el juego de máscaras de lo prodigioso.

Por Jordi Costa