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O Magazine
2015-2017

Entrevista a Jason

Casi sin decirnos nada

Por Juan Manuel Domínguez

Desde hace años, Jason es el nombre que desde la historieta ha creado una forma de vincularse con los géneros y con las emociones humanas que le ha reportado definiciones como “el Kafka y el Keats del mundo de las viñetas”.

Quentin Tarantino. Quizá sean dos palabras, y un autor, difíciles de asociar a Jason. No tanto por la diferencia de lenguajes a la hora de crear (cine en el parlanchín QT, cómics en el noruego silente John Arne Sæterøy, que ese es su nombre real). La diferencia superficial radica por oposición en la conducta, digamos, “física” de sus creaciones. Tarantino y su universo son verborreicos, imparables, desbordados en el arte de hablar cool, y comprenden una rara mezcla anabólica entre el mito grindhouse, la blaxplotation como cromosoma masculino (con barba de tres días, copiando al Clint Eastwood leonino) y el cine clásico abollado a palazos por los setenta. Una creación impura que termina siendo un capricho excepcional. Una mutante piedra de Rosetta de los géneros para el cine moderno (entre otras virtudes y calamidades de Don QT).

Jason es prácticamente el reverso de Tarantino. Sus creaciones apenas hablan. Parecen esquirlas de un extraño cruce entre Buster Keaton y una forma húmeda de fascinación con un cine inocente (donde se conjugan los géneros antes de ser revisitados y conquistados por la revolución de los sesenta y setenta pero con un ánimo definitivamente nórdico y seco: algo así como Kerouac para fanáticos de Morrissey, el Halcón Maltés para coleccionistas de Belle & Sebastian). Lo de “húmeda” viene a colación gracias a sus pasiones de ático que no saben, ni quieren saber, quién es Steve Jobs, que quieren ser más cineteca que Apple Store (pero sin pose, eh, es decir, de una honestidad brutal por la que no vale la pena indignarse).

Pero ahí está la clave: son generadores de oxígeno dentro del mismo ecosistema. Viven en la misma línea. Una que implica una enamorada usurpación de aquello que fue su educación sentimental (por citar solo dos nombres fácilmente reconocible en ambos: Leone en QT, Hergé en Jason) aplicada salvajemente sobre los géneros y una idea de historia. ¿O cómo explicar que ambos universos, más allá de sus distancias formales, llegaran al mismo exacto e improbable lugar: un relato donde, spoiler alert, se mata a Adolf Hitler? Algo tiene que haber en común que no sospechábamos hasta ahora.

La respuesta es simple: Jason es el Tarantino de Keaton, de Chaplin, del Hitchcock inglés, de las películas descartables de los cincuenta (que, ya sabemos, no lo eran tanto), del terror de la Universal, de los seriales franceses, del cine mercachifle a la William Castle. Los comprime pero también respeta su parsimonia, su movimiento, su insurrección (la intencional y la que les dio el paso del tiempo). Como Tarantino, Jason juega con dialécticas de otros momentos pasados (pero quirúrgicamente utilizados): intertítulos de films mudos, tiempos y perdedores dignos de su adorado Aki Kaürismaki, el silencio como presencia palpable.

Desde sus comienzos durante los años noventa en el fanzine Mjau Mjau (“Miau Miau”) o en Konk, Jason fue, igual que Quentin pero en otro carril, depurándose: su línea cada vez más clara; sus personajes-animales (casi siempre perros y gatos) cada vez más aislados; sus premisas, dignas de películas de género nunca filmadas, cada vez más concisas. Mucho ha pasado ya desde su obra fundamental (y que al mismo tiempo él establece hoy como poco representativa de su obra en general) Espera…, un emotivo relato que llevó al autor Sherman Alexei a decir que cuando lo leyó se sintió “tan excitado y devastado como la primera vez que leí los poemas de Emily Dickinson y Walt Whitman”.

Los trabajos de Jason también fueron certeramente definidos como “poblados de renegados que provienen de un dibujo animado de Max Fleischer pero que no se han dado cuenta que están en una película de Jim Jarmusch”. Jason extrae de los géneros una gota de sangre, pura, y crea un cultivo con ella, uno donde se reestructura el género mezclando absurdo y melancolía, relato universal y sentimiento personal. Es un experimento pequeño pero notable. Allí están como prueba esos westerns donde el ajedrez reemplaza los duelos a la hora señalada (Low Moon), viajes en el tiempo con el Führer como objetivo de la expedición (Yo maté a Adolf Hitler), un noir en extremo sentimental (El gato perdido), y unos monstruos con un nervio digno de esos viejos disfraces de caucho (Los hombres lobo de Montpellier).

No solo son los géneros. Alterativo con silenciador, con licencia para matar certezas, Jason se anima a jugar a convertir a Frida Kahlo en agente secreto (El loro de Frida Kahlo) o a F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ezra Pound y James Joyce en historietistas que están a  finales de la Belle Époque (No me dejes nunca).

La gran diferencia con QT se da en como J logra comprimir una melancolía muy particular, pero por ello, y aquí su milagro, tremendamente humanista. No importa si el mundo está por terminar: Jason sabe que somos, paradójicamente, nuestro mejor género y nuestro peor enemigo.


Tus historietas se caracterizan, sobre todo, por su simpleza narrativa: no abundan los diálogos y todos los recursos son economizados al máximo. ¿Eso es una búsqueda que planteas siempre o va apareciendo?
Honestamente, va apareciendo. Comencé a usar pocas palabras porque quería que fuera simple leerme en lugares más allá de mi Noruega natal. Con el tiempo, me di cuenta lo poco que me interesaba explicar demasiado. Siento que es uno de los males de nuestra época. En la forma en que trabajo, queda más del lado del lector. No hay sobreexplicación. No se subestima. Si veinte personas leen algo distinto, entonces es mucho más saludable para mi trabajo. Entre esa sensación, a la que le puedo sumar lo mucho que me molesta escribir, no fue una lucha muy difícil llegar a un estilo de pocas palabras. Además, normalmente las ideas me llegan más en forma de imágenes que de viñetas. Por eso mi proceso de trabajo no implica mucha preparación previa y bastante creación directamente en la página. Puede decirse que se pierde algo al no tener palabras. Yo creo que se gana en participación en el relato: aquel que lo lee no lo recorre, sino que se siente interpelado de otra forma.

Otra cosa que suele darse es la aparición de géneros que se sienten más cercanos al cine, y que dibujas con más sentimiento de sala de cine que de página de cómic (aunque aprovechas plenamente los recursos del medio). ¿Dónde nace y cómo explicas ese lado cinéfilo de tus trabajos?
A veces siento que estoy creando películas que no entiendo por qué no se han filmado. Hay cosas del cine que están instaladas en nuestro imaginario que me alucinan, y que son parte de mi idea de absurdo. Un ejemplo son los marcianos que hablan en inglés y con trajes baratos. Ese encanto. O también el poder de los noir o los westerns. Y, claro, clásicos como Keaton o Laurel & Hardy. Me pasa que el mundo predigital me parece visualmente más fuerte, más fácil de hacerlo funcionar en la historieta. Lo digital es difícil de traducir a veces al papel, y no tiene el encanto de un teléfono. El mundo del pasado estaba más diseñado para los cómics. Antes podía generarse una sensación más atemporal en cualquier relato. Hoy no es tan fácil.

¿Qué ves de particular entonces en la historieta frente al cine?
La intimidad. El cine es una experiencia comunal. A la hora de crear y leer tebeos la soledad es lo que manda. Se quiera o no. Se inventa en soledad, se procesa en soledad. La intimidad es lo que permite un nexo distinto, quizá hasta un “espectador” distinto. Más inmediato. Además, no hay restricciones: solo papel y lápiz. Con eso alcanza para crear. Es sencillo ver que la historieta en ese sentido posee una libertad que pocos medios poseen.

¿Cómo aparecen estas ideas de género en tu cabeza? ¿Cuál es el proceso que hace que algunas lleguen a la página y otras no?
Son ideas que van apareciendo, de forma más bien salvaje y descontrolada. De repente es una imagen: una invasión zombi, una criatura del fondo del mar, un hombre lobo en Francia, un western con ajedrez. Esa idea permite que algo más se vaya germinando. Suelen ser improvisaciones. Esas historias más cercanas al género siento que son lo que más me representa hoy. Mucho más que Espera… por ejemplo. Creo que ese vínculo con los géneros me permite un lugar donde explorar otras cosas como autor.

¿Qué te atrae de los géneros?
Que haya reglas a seguir, reglas que te ponen límites. Esas mismas reglas son las que te permiten ser libre enseguida: al ser tan universal, y al ser mi línea clara, cualquiera de inmediato puede entender mis “alteraciones” como tales. No necesita ni siquiera un conocimiento avezado en la lectura de tebeos. Cuando vi por primera vez a  Buster Keaton, era muy muy joven y me generó una impresión duradera. Entendí todo y era todo nuevo. Los géneros te permiten esa doble necesidad: de alterarlos y de al mismo tiempo lograr grandes cosas dentro de ellos, sin romperlos. Honestamente, prefiero historias que sean más amables emocionalmente que Espera… Sé que hay un rastro de melancolía en todos mis cómics, pero al mezclarlo con personajes más bien absurdos, vinculados a universos de ficción reconocibles se da lo que me interesa del medio.

Tu trazo ha sido cada vez más claro. ¿Por qué?
En una primera instancia era la influencia de Hergé. Creo que la simpleza en un medio ayuda a llevarlo a su estado más puro y esa pureza permite ver de forma clara sus posibilidades. He dejado de creer un poco en relatos enormes, operísticos. Por ejemplo, las películas de Paul Thomas Anderson. No niego que haya talento. No soy ciego de esa forma. Pero la forma que tienen de abrumarte no me interesa. En lo simple es donde respiran mejor mis relatos.

¿Qué te molesta que suela decirse cuando se habla o escribe sobre tus historietas?
El absurdo. Se habla del mismo sin tomar en cuenta que hay un marco de realidad, emocional, y de conexión, con el género. No se suele mencionar ese contraste. O suele asociarse mi forma de contar con Haruki Murakami, el escritor, de quién no me siento cercano. No me interesa el sinsentido suelto, provocativo en vano. Me gusta cuando es reactivo al mundo, al relato, cuando erosiona algo. No me gusta la grandilocuencia, ni siquiera cuanto está disfrazada de minimalismo. Lo minimalista no es contar poco, sino confiar en la potencia de lo que no hay que explicar.