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O Magazine
2015-2017

Cosas que hago mientras tú trabajas,

por Diana Aller.

Me inspiro
en un museo.

ILUSTRADO POR
FLAVITA BANANA

La vida ociosa es lo mejor que me ha pasado jamás. Me doy cuenta de que esto es un secreto que no debe trascender, porque como sean muchos los que se den cuenta que es posible vivir ganando y gastando poco y disponiendo de tiempo libre, se desplomarían los gimnasios, los mercados de abastos y los bursátiles, los restaurantes caros, los psicólogos, el capitalismo y las gasolineras. Todo se iría a la mierda si la ciudadanía fuera feliz y consciente, si viviera conforme a sus ritmos y no a los de la urgencia laboral.
Hoy me he despertado a las 10:42, tras diez horas de sueño. Diez, sí, una salvajada. Nunca he tenido mejor la piel, se lo aseguro. Siempre he pensado que dormir era una pérdida de tiempo. ¡Cuando llegamos a los 75 años, nos hemos pasado 25 durmiendo! Solía pensar que en 25 años podría aprender ruso, sacarme el carné de conducir, hacer un castillo de cuatro pisos de naipes, leerme todo Tolkien y coleccionar amantes pelirrojos. 25 Años dan para mucho. Sin embargo, si los otros 50 años de vigilia los paso oprimida por quehaceres vacíos y empobrecedores, ¿qué más da cuánto duerma?
Hoy me levanto y podría empezar con Tolkien o apuntarme a una autoescuela… Pero, ¿realmente quiero? La gracia de la vida es que es efímera y merece la pena rellenarla de experiencias que nos llenen.
Decido resolver el dilema y pensar bajo la ducha. Una ducha lenta, renovadora, casi bautismal.

Momentáneamente, me planteo ver una serie. Es una actividad fácil y pasiva, que no requiere de nada por mi parte. Decido que no. Primero porque lo puedo hacer en cualquier momento y, segundo, porque me pasé tanto tiempo anhelando poder ver las series de las que hablaban mis amigos y compañeros de trabajo que fácilmente me decepcionan. Cuando yo estaba teniendo hijos y combinaba extenuantes trabajos y horarios, pensaba que ver series era un paraíso al que yo jamás tendría acceso. Ahora (cuando aquella gente está procreando y dándose a la precariedad laboral con denuedo), las ficciones audiovisuales me parecen algo simplemente entretenido y también un pelín vulgar. Pospongo la idea para más tarde.

Pienso en ir al Thyssen. No lo conozco, porque llevo toda mi vida esperando a que venga alguien de fuera para acompañarlo. Siempre buscaba una excusa, pero ya no la necesito. Soy una mujer libre y aguerrida. Me siento emancipada, fuerte, invencible mientras me seco enérgicamente con la toalla y me imagino paseando frente a sobrecogedoras y bien restauradas creaciones de Alberto Durero o Domenico Ghirlandaio.

No puede ser. Compruebo que la entrada en horario y día normal para alguien en mi situación (ni soy estudiante, ni tercera edad, ni soy de “Amigos del Museo”, ni un grupo de más de siete, ni tengo una discapacidad superior al 33% -reconocida-, ni soy menor) es de 12€. 12€ son 4 cervezas en una terraza. Los botellines de cerveza son mi medida favorita para todo. Hasta para lo más inverosímil, créanme.

Entonces me dedico a buscar en internet museos y horarios gratuitos por Madrid. Sin pensar demasiado, veo que tengo a cuatro minutos de mi casa el Museo de Historia de Madrid. Gratis.

Así que me enfundo en un abrigo mullido y con el pelo mojado me plantifico en el edificio del antiguo hospicio de Madrid. Lo conozco bien porque paso a diario por delante y porque me “cayó” en “Historia del Arte”, en selectividad, su portada plateresca (también Las señoritas de Avignon de Picasso). ¡Cuán extraña es la memoria que me hace recordar contenidos irrelevantes de exámenes y soy incapaz de decir qué comí ayer!

El museo viene a ser un completo recorrido por la historia de Madrid desde que fue declarada capital de España en el siglo XVI. Hay tapices, abanicos, cuadros, unos planos interesantísimos de Madrid cuando era un pueblo desde Atocha hasta la glorieta de Bilbao…

Lo mejor son los cuadros de gran formato con escenas de un Madrid costumbrista y amable: La puerta de Alcalá, praderas, romerías, toros, paseantes por el Retiro o carruajes en la Puerta del Sol. Los retratos de monarcas me interesan menos. Subrayaría la fealdad de Austrias y Borbones, que tal vez fuera todavía más monstruosa, dado que en un cuadro lo normal es favorecer estéticamente al retratado. Ahora hay photoshop, porque hay foto, pero entonces, iba todo junto: el filtro Valencia, el afinamiento de los rasgos, y el contraste. Todo en manos de un pintor al que más le valía sacar guapo al rey de turno.

Cuando llevo doce minutos adentrándome por el pasado de Madrid, villa y corte, reparo en los acabados del museo: mucha madera clara, luz natural bien distribuida, escaleras acogedoras… Me gusta.

Hay poca gente, y nadie se parece a mí. Me cruzo con algún señor de sesenta años, mujeres que no han puesto ilusión al vestirse esta mañana, un turista asiático y personas que parece que se ha perdido en un agujero espacio-temporal y caminan lentos, como buscando un camino en paredes y vitrinas.

Los trabajadores del museo que vigilan y contemplan el vacío (porque ya no ven los cuadros, igual que tampoco vemos los de nuestra propia casa) son grises y silenciosos, como corresponde a su cargo. Tienen un halo entre elegante, misterioso y aburrido, que me hace admirar su profesión.

Hay una mujer sentada en un banco de madera de unos cuatro botellines de cerveza de ancho. Un banco que atraviesa la segunda planta, de una vitrina a otra. Es una mujer pequeña, liviana, bastante anodina. Está encorvada como Gollum protegiendo su tesoro. Cuando me acerco compruebo que sostiene una libreta y un bolígrafo en sus manos y a ratos escribe. Mira al frente, parece concentrarse y se repliega sobre su regazo escribiendo las palabras que se diría que el mismo Dios le está dictando.

Y de pronto esa visión se vuelve reveladora. Quiero saber qué escribe, quiero leerlo… Quiero ser esa mujer enjuta y mística.

El museo ha perdido todo su encanto e interés. El museo es de repente esa mujer y solo ella. Trato de adivinar su edad o qué escribe… Me acerco más para recabar datos. Tiene arrugas discretas en el rostro: podría ser una mujer madura bien conservada o una joven estropeada. Su letra es ágil y artística, pero no acierto a ver más que alguna preposición.

Como en una película, el fondo se desenfoca y la escribiente es lo único nítido para mis retinas. Percibo la imagen como un claroscuro tenebrista, donde ella es todo luz. Entonces, algo rompe el ensimismamiento de la mujer, algo dentro de ella. Cierra la libreta, guarda el bolígrafo, suspira, agarra el abrigo que reposa a su lado, se levanta y se va. Compruebo que es más baja que yo (es decir, es muy baja). No se ha percatado de mi presencia. Ni me mira.

Y ahí me quedo yo, observando el hueco romántico que ha dejado una desconocida en un banco de un museo. Nada sé de ella, nada sabré.

Sin pensarlo tomo su lugar y me siento donde estaba ella hace cuarenta segundos. El asiento está aun caliente y me da un imperceptible asco esta transmisión de calor de su culo al mío.

Miro delante. Hay un cuadro de Ginés de Andrés Aguirre de La Puerta de Alcalá y la fuente de La Cibeles, de 1785. Todos los personajes llevan las cabezas cubiertas, un caballo bebe de la fuente de Cibeles, hay niños feos y pomposamente vestidos y hasta un perrito con el que uno juega. Recuerda a las escenas que pintaba Goya en su primera época: la luz, las vestimentas, la composición, incluso… Pero no es un cuadro inspirador, precisamente.

La mujer a la que sustituyo, debía encontrar sugerente la atmósfera del museo más que el cuadro que tengo delante, sin duda. Pienso en la inspiración, ese concepto tan abstracto, tan apasionado y tan de mentira… Pienso que este es el momento y el lugar perfecto para invocar a las musas y escribir una carta de amor. Tiene que ser un amor difícil, casi torturado; pero bañado de éxtasis y arrebato.

No tengo libreta, así que agarro mi móvil, y me propongo a escribir desde la frialdad digital una misiva a un amor inventado. Decido que la depositaria de mi prosa sea una mujer. Y para enrevesarlo más, que esté casada. Con un hombre. A ella la llamo “Alegría”. Tecleo desde el Museo de Historia de Madrid:
Tolero la ley de la gravedad, que la gente calce Crocs o que existan los argentinos. Pero en ningún modo puedo soportar no verte en toda la semana.
Si supiera componer canciones con la soltura de mis ídolos, te explicaría con música lo feliz y perdida que estoy; lo halagada que me siento cuando me miras. Si no tuviéramos una relación clandestina y nos sobrara el tiempo, dedicaría horas a dibujar besos en tu cuerpo, a aprenderme cada pliegue de tu piel como si leyera en Braille. Si tú o yo fuéramos un chico, tendríamos siglos de tradición avalando y definiendo lo que es una pareja y diciéndonos cómo comportarnos. Si viviéramos solas y no acarreáramos responsabilidades de hijos y marido, la libertad sería nuestra única guía para perdernos de la mano en una espiral sentimental.
Pero lo único que domino con cierta fortuna, querida (sí, querida) Alegría, es la palabra. Y no existe ni una sola que defina toda esta perturbadora experiencia. No encuentro la forma de hilvanar una frase que determine la naturaleza de lo que estamos sintiendo.
Se me agolpan las ideas ahora que me faltas. Porque eres tú el único objeto de mis pensamientos. Obsesivos y hacia dentro. Tú sonriendo, tú besándome con los ojos cerrados, tú caminando encorvada con los brazos simiescos y largos. Tú afónica. Tú gritando insolente por los bares. Tú y todo el rato tú. Tú, puta okupa de mi cabeza.
Acostumbrada como estoy a ilusiones fugaces, a autoimpuestos intereses sexuales y a amantes de uso capitalista, tu llegada a mi vida, violenta y salvaje, ha supuesto toda una primavera inesperada y florida.
Ya no hay horizonte, no existe nadie, no tienes rivales, ni nunca los has tenido. Eres tú, en tu podio dorado. Solo tú. Eres mi dueña, mi día y mi noche. Tú. Alegría. Tú entera. Tú a ratos. Toda yo.
Y ya no deseo otra cosa que abalanzarme sobre ti, desnudarte, cubrirte de abrazos y lametones, aspirarte entera. Hay algo que no sé definir entre tu cuerpo y mi cerebro, una obsesión enfermiza, una unión plateada y perpetua, que se está convirtiendo en un monstruo que exige cada vez más alimento.
Querida mía, siento una auténtica devoción y obsesión sexual. Por ti, por tu coño anhelante, tu semblante serio, en trance, de una belleza hiriente.
Quiero reventarte, oírte jadear, quiero que grites. Quiero vivir ahí, en ese instante estético en el que te pierdes y me encuentro yo.
Me gustas, joder, me gustas de verdad. Me gusta albergarte entre mis piernas, desayunar zumos de naranja y caminar contigo por Malasaña. Me gustas como un Taj Mahal hecho de 472 mil botellines de cerveza. Me gustas como para no poder soportar una semana sin verte.
Sé que esto no va a ningún sitio. No te voy a presentar a mi madre ni nos vamos a ir a vivir juntas. Sé que el destino no juega a nuestro favor. Pero joder, el tiempo que tengamos las dos en esta mierda de vida, quiero aprovecharlo. Quiero fumar porros contigo. Despertar contigo. Reír contigo. Follar contigo. Contigo Alegría. CONTIGO.
Contigo.
PD: Puede que esta relación no vaya a ningún sitio ¿Pero acaso las de los demás sí?
Releo lo que he escrito. Gustosa enviaría esta carta si la destinataria existiera. Sin embargo lo que me devuelve a la realidad, es la hora del móvil, que aunque la he tenido delante, no he consultado: es la una menos veinte. ¿Cuánto tiempo llevo absorbida en este banco del Museo de Historia de Madrid? Calculo que lo que tardo en beberme dos cañas.

Miro el cuadro de enfrente. No es inspirador. O igual sí, no lo sé… Me levanto y me voy, tal vez para legar mi sitio a otro que venga a inspirarse.

Por ahora no quiero aprender ruso, ni sacarme el carné de conducir, ni hacer un castillo de cuatro pisos de naipes, pero lo mismo veo una serie.

Camino por mi barrio seco y gastado. Y una vez más me admiro de no trabajar. Y convengo conmigo misma que escribir una carta de amor en un museo gratuito es mucho más rentable que cualquier trabajo. Lo mire desde donde lo mire.