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O Magazine
2015-2017

Bibliotecomania pop:

Texto por Ricard Martín
Ilustración por Alice Meteignier

¡larga vida a
la etiqueta chorra!

Bibliotecomania pop: ¡larga vida a la etiqueta chorra! – O Estudio Creativo

El omnipotente Spotify, placentera balsa de aceite oceánica que se asentó después de años de nuestro naufragio por gigas y gigas de descargas ilegales, nos ha convertido a los fans de la música en pequeñas deidades del audio digital. Diosecillos hastiados y saturados pero, sobre  todo,  convencidos de tener en la punta de los dedos la comprensión del caudal del universo pop (por llamarlo de alguna manera) y sus conexiones.  Ante la multiplicidad de senderos sonoros que se bifurcan, el periodismo musical, allá a finales de los setenta, puso en marcha el manubrio de la butifarra de inventar géneros musicales, a cual más demencial. Algo que floreció en la edad de oro de la prensa musical. Como decía Ursula K. Le Guin en los libros de Terramar, conocer el nombre verdadero de algo es ejercer poder sobre esa entidad. Convertirse en un demiurgo chupatintas que se saca de la manga géneros musicales es ejercer la gilipollez. Y mal que nos pese, algunas de las etiquetas más idiotas que nos podamos imaginar se han fosilizado en el imaginario colectivo. Lo más difícil en la crítica musical (como en la cinematográfico o la gastronómica) es explicar bien qué hace que una obra merezca la pena, y establecer conexiones con otros ítems en su órbita.

Aspirante a plumilla,  ¿pánico a la página en blanco? ¡Cuelga una etiqueta chorra! Seguro que en el espacio que queda entre la technobrega y el grindie florece tu inspiración. Tirar de bibliotecomanía pop también es una manera espléndida de demostrar el conocimiento musical frente a un rival. Catalogar y encasillar farda mucho más -y es más efectista-  que reflexionar. Dispara etiquetas como cuchillos, posiciónate como un erudito. El género musical chorra, cuanto más redundante y vacío, es un pasaporte directo a la autenticidad (sea lo que sea) que todavía viste mucho en el moderneo más estrábico. Solo diré: northern soul.

El ejemplo paradigmático: canciones oscuras de soul y pop Motown pasaron a ser las favoritas del revival mod en el norte de Inglaterra a mitad de los setenta.  “Una fantasía británica de negritud americana”, que dice Simon Reynolds. O cuando el tipo que pincha determina el género de lo pinchado: a medida que se escarbaba en pos de la canción mas ignota -y con frecuencia más mediocre- pasaron de llamarlo rare soul (sensato epíteto descriptivo) a northern soul, una etiqueta repelente para un género imaginario que, esgrimida con el suficiente orgullo,  justifica toneladas de desprecio a quienes no basamos nuestra vida en Lambrettas y Fred Perrys. Si Chimo Bayo y su tribu hubieran  descubierto a Amon Düü l de subidón, quizá  el kraut rock ahora se llamaría bakalarock.

Imposible no pensar en el prefijo, elemento imprescindible en la creación de subgéneros demenciales. Mi favorito (soy poco original, pero es que domino poco el tema) es el post-rock, paradójicamente alumbrado por Reynolds, un titán de la sensatez. Post-rock reúne los dos elementos imprescindibles de una etiqueta chorra: al decir la palabreja, sueltas una obviedad con aires de transcendencia que te posiciona moralmente respecto a otros géneros. Post-rock, Reynolds dixit: “usar instrumentació n de rock para propósitos no-rock, las guitarras como facilitadores de timbre y texturas más que de riffs y power-chords” . Supongo que propósitos rock son rockear o comunicar: por lo tanto, la posición moral de alguien que se declara fan del post-rock está tres metros por encima del fan de Bob Seger o Big Star. El subtexto de decir que eres fan del post-rock es dejar clarito que te pasas por el arco del triunfo el lastre de cincuenta años de una despreciable tradición que empieza con Bo Diddley. La paradoja es que cuando escuchas a Mogwai o a Hammock, te acuerdas de por qué dejaste en la estantería a los Pink Floyd mas experimentales, los del Meddle: porque eran un ladrillazo. Post-rock es la recuperación del tostón experimental veinte años después, aprovechando que la gente ya se había olvidado de por qué era un coñazo. Etiqueta chorra al canto vía reciclaje.

Y si post-rock es uno de los género mas sólidos formados por prefijo, no quieras saber la irrelevancia supina que se esconde tras otras derivaciones de lexema por prefijo: unblack metal (metal extremo cristiano, los mismos gañidos ratoniles y saco de patatas vertido en el bombo que en el black, pero sin la adoración a Satán, elemento clave molante), nu-gaze (revival del shoegaze, una etiqueta fofa que jamas merecieron bandas vibrantes y con fundamento como The  Jesus & Mary Chain o The Charlatans, pero sí  cositas como Ride) o nu-metal. ¿Vale la pena escuchar a tal banda? Lo sabrás si  ha conseguido trascender un género artificial. ¿Quié n se acuerda de la NWOBM – New Wave Of British Heavy Metal (pronunciado “niuobm” , como con  un bizcocho en la boca)?  Pero nadie hace competencia a los Maiden a la hora de llenar pabellones. Caquitas endebles estilo Linkin’ Park, pese a su éxito comercial, están encasillada s al cien por cien en el dichoso nu-metal.

La acumulación y archivo de casi siete décadas de rock y pop han hecho de los tiempos pretéritos un guardarropía gigante, en el que combinan ropa con más o menos color e inspiración bandas Frankenstein estilo Animal Collective o Ariel Pink. La misma libertad combinatoria y vasto archivo maneja el alegre etiquetador chorra; con la obvia diferencia de  que su trabajo es mucho más fácil, claro. Estoy seguro que  etiquetas aceptadas como nintendocore o reactionary bluegrass fueron alumbradas tras una ingesta alcohólica de aúpa.

Otra s etiquetas de géneros casi imaginarios como  el lowercase -minimalismo extremo en el que sonidos inaudibles se amplifican al límite-  seguramente fueron creadas por su primer practicante, que creyó haber inventado algo de provecho y ajeno al sonrojo. En otros casos, se impone la deformación de la realidad agarrando el todo por las partes, cual Eduardo Inda desbocado. Ved la sublime etiqueta latin metal (“heavy metal con influencia rítmicas y percusivas de géneros como la salsa y el mambo” ) que incluye como practicantes destacados a… Baró n Rojo y Obús.

Como apuntaba profético Daniel Clowes hace veinte  años, la devaluación del objeto cultural ha posibilitado que incluso una grabación de tu madre cortándose las uñas tenga fans. Y para ese sonido, puedes apostarlo, también inventarán una etiqueta.