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O Magazine
2015-2017

El ataque
de los robots
sexuales

Por Juan Belami

En algún rincón del bajo vientre de Barcelona, hay hombres que se turnan para tener relaciones sexuales con muñecas. Ciento veinte euros te dan para un par de horas. Incluso en un área saturada por Airbnb, este es un giro inesperado en la historia de la economía colaborativa. LumiDolls es el primer burdel de robots, pero no será el último. Ya se ha anunciado un café en Londres donde los robots harán mamadas. Mientras tanto, un científico catalán supuestamente ha desarrollado la primera muñeca sexual con A.I. Si te comportas como debes, hasta podrás provocar un orgasmo a esta criatura, Samantha. Nos encontramos en el amanecer de la edad de oro de los robots sexuales.

Los robots sexuales representan el impulso de improvisar unos orificios en su etapa más avanzada. Se supone que son mejores que un fleshlight o un tubo de succión cualquiera, pero no hay manera de evitar el hecho de que sigan siendo unos extraños cómplices de la masturbación. Son una muleta física para los que carecen de imaginación. Tú podrás literalmente tiranizar a la muñeca, pero la vergüenza de relacionarte con una muñeca te tiranizará con su literalidad. Su orgasmo real seguirá siendo un orgasmo falso; únicamente habrás logrado gamificar tu paja.

Una asociación de prostitutas se ha quejado de que los robots denigran su trabajo y provocan su cosificación. Inadvertidamente, nos revelan el principal problema de los robots sexuales: como realmente son unos objetos, los clientes ya no podrán fingir que no les están cosificiando. Así como la sociedad insiste educadamente en que las propinas se dan por el buen servicio, o que la nómina es fruto de un intercambio justo entre el jefe y el trabajador, pagar dinero por sexo crea un aura de transacción que nos permite evitar cuestiones de necesidad. Los robot sexuales aún no pueden disimular su consentimiento. Son demasiado reales a la vez que son insuficientemente reales.

Es sabido que el dinero es la herramienta que permite a los hombres tener relaciones sexuales con unas mujeres que son mucho más atractivas que ellos. El espectro va desde la prostituta a la estudiante mantenida por un sugar daddy, de la “esposa trofeo” a la Primera Dama en su jaula dorada. El relato universal de la publicidad del lujo es que la juventud y la belleza son mercancías para ser compradas y vendidas, y que son privilegio de los más ricos. Sin dinero, en el mejor de los casos, solo podrás alquilar a tus sirvientes, sean o no sexuales. La fantasía de los robots sexuales nos promete la democratización de la esclavitud sexual, un patriarcado a la carta. En lugar del privilegio real, su simulación.

La tecnología física, de momento, es deficiente. Mientras tanto, la utopía de los robots sexuales tomará otra forma. El escapismo tendrá que volverse virtual antes de que se pueda concretar. Love of Lesbian nos propusieron toros en la Wii. No acertaron, pero por poco. Pronto nos darán porno en la Wii. Teniendo en cuenta cuanta gente disfrutó de la simplicidad del Tetris, la demanda por su versión sexual será ilimitada. Ya se están construyendo simulaciones inmersivas. Las muñecas sexuales son una aproximación de la realidad física; el sexo virtual aportará una aproximación visual de la imaginación.

El sexo siempre ha sido un gran motor de la innovación. El comercio electrónico y la verificación de las tarjetas de crédito, vídeos en streaming, las cámaras web y la expansión del ancho de banda se produjeron porque la gente quería consumir subrepticiamente la pornografía, el componente más respetable del negocio sexual. Previamente, el sexo ha ayudado a la creación de la cámara digital (que abolía la vergüenza de que un tercero disparara tus fotos más íntimas) y el VCR. El sexo liderará la creación de la realidad virtual, impulsando el mercado. Con tu casco podrás simular una lucha contra los nazis y jugar al tenis contra Nadal. Pero el dinero se lo llevará quien te permita follar, follar, follar, y follar.

Los cascos virtuales te van a permitir simular el sexo con quien quieras, como quieras, cuando quieras. Sabemos que la tecnología casi está al punto: será una versión más sofisticada al intercambio de caras en Snapchat, sobreponiendo la imagen de uno sobre el rostro del otro. Vas a poder follar con Emma Stone, con Sophia Loren, con tu madre, con tu padre cuando tenía tu edad, con Pablo Iglesias, con Hitler, o con Pikachu. La regla 34 dice que si puedes concebir la pornografía sobre cualquier cosa, es que ya existe. Con la llegada de las simulaciones, esto se desatará. Margaret Atwood es nuestra Cassandra moderna, sus advertencias ignoradas. Será sexe partout, amour nulle part. El mundo ya es raro, y pronto será más raro aún: raro a la carta.

La satisfacción inmediata de las necesidades es la regla de nuestra época. Hemos pasado de la fabricación just-in-time al todo al instante. Amazon lo ofrece para bienes de consumo (¡incluso libros!), Uber para los taxis, Netflix para la tele y Zara para la última moda. Tinder, pero sobre todo, Grindr, sirve para las parejas sexuales. Ya es duro cuando tardan en servirte comida que proviene de otro continente, preparada por un cocinero de otro continente y servido por un camarero de otro continente. Esperar –para el transporte, para entrar en una discoteca, para que transplanten un hígado– es símbolo de la pobreza. Y por lo tanto se experimenta como una opresión casi insoportable.

Los ricos ya están conquistando la realidad mientras que los demás están siendo seducidos por la fantasía. Japón, siempre en la vanguardia de nuestro imaginario robot, tiene los hikikimori, una legión creciente de jóvenes que optan por esconderse en su capullo. Mejor ser una mariposa imaginaria que una oruga sórdida. ¿Y por qué no? La cantidad de contenido disponible para el consumo ya es ilimitada. Tu smartphone es una biblioteca más grande que la de Alexandria, una galería de arte más vasta que el Louvre y un mejor escenario de música que la muy pobre La Scala. Es difícil evitar que te encante, por no decir que te vuelva adicto. Puedes lograr una secesión de una sociedad deficiente, para dar juego a tus fantasías en la pantalla. Mejor eso que enfrentarte con la realidad de tu propia condición.

Los videojuegos son un negocio más importante que Hollywood. Tiene su lógica. ¿Para que contemplar tu día a día si puedes imaginarte como Aníbal comandando un escuadrón de elefantes? ¿Por qué limitarse? En lugar de ser un testigo de la Historia, eres el protagonista. Los novelistas del siglo XIX ilustraron lo que sucedía cuando los hombres jóvenes querían llegar a ser Napoleón: Rashkolnikov mata a una anciana y Julien Sorel a su amante mayor. Ahora hay otra manera para convertir tu fracaso en épica. Esta inversión de los valores ya tiene una larga tradición en Occidente.

Durante siglos, el mundo católico ha recreado un concurso ritual que combina la imaginación y la cosificación: la eucaristía. Se come una oblea y se bebe del vino, pero se consume al cristo. La gente se enfila en la oscuridad, envuelta por su propia vergüenza, igual que en ese burdel de los robots. La emoción se deriva de fingir que todo es real. Ahora la tecnología ha tomado el lugar de la religión; promete la esperanza de una salvación que no existe. Los robots del sexo son el nuevo opio del pueblo. Ellos representan una felicidad ilusoria y un obstáculo a la felicidad real. La dominación de lo falso no es una respuesta adecuada a ser dominado por lo real. Pronto los dueños de los robots del sexo también serán tus dueños. Podemos acabar tan distraídos por el circo que nos olvidamos de conquistar el pan.