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O Magazine
2015-2017

Asesinos en serie,
flores de Bach y
regulación emocional

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Por Aarón Rodríguez Serrano

Corren malos tiempos para el cinismo. Los dos últimos enganchones que recuerdo haber tenido en las redes sociales no han sido por cuestiones ideológicas o estéticas, ni siquiera por desencuentros relacionados con amantes ocasionales o marcos religiosos. Muy al contrario, sendas bromas a costa de la homeopatía y el reiki me provocaron diferentes momentos de tensión con conocidos virtuales que se habían sentido profundamente indignados ante lo que consideraban un ataque frontal a sus creencias.

Lo cierto es que no sé en qué momento del siglo XX se empezó a creer en que el simple pensamiento –el poder de la mente– podía estar por encima de lo real. La mente que sana, la mente que ordena, la mente que con la simple fuerza de su deseo consigue que el universo se pliegue a sus designios. Los dos términos que se repiten una y otra vez en la lista Billboard de la melancolía contemporánea son la “Sanación” y el “Triunfo”, ambos, por supuesto, con mayúsculas. Los autobuses se llenaron de libros de Paulo Coelho y Jorge Bucay, de panfletillos de autoayuda con claves para el éxito, de regulación y de inteligencia emocional. Ciertamente nadie quiere ser un enfermo. Nadie quiere ser un perdedor. De hecho, es curioso cómo los discursos de la superación personal parecen mezclar ambas ideas: estamos, en cierto sentido, enfermos de nuestro propio fracaso. De ahí que miles de sujetos se inyecten o se esnifen insoportables colecciones de buenos hábitos que les prometen, en cada página, una solución.

De otro lado, el cine de terror. Si ustedes han leído a Robin Wood, probablemente ya sabrán que el género –especialmente en sus momentos más brillantes– no es únicamente una colección de demonios, sustos a cámara e interiores sombríos. Muy al contrario, es uno de los mejores trucos cinematográficos para radiografiar las enfermedades, los miedos y los núcleos de pánico que configuran una sociedad. En las cintas de terror se ofrece una forma fílmica que nos permite hablar de aquello que no funciona, que está atorado; aquello que no conseguimos confesarnos abiertamente pero que, de alguna manera, nos domina. Ninguna cinta habló mejor del pánico ante los nuevos modelos familiares como El exorcista. Ninguna, del fracaso de los modelos ideológicos conservadores como La matanza de Texas. Ninguna, del horror ante los nuevos paradigmas audiovisuales como The Ring. El cine de terror es, hablando con toda propiedad, un impresionante espejo de nuestra realidad.

Hace menos de una década, Lars von Trier estrenó una pequeña genialidad titulada Anticristo. En esencia, la película hablaba de dos seres humanos desesperados que intentaban superar la pérdida de un hijo. Lo curioso es que el personaje masculino (Willem Dafoe) se presentaba a sí mismo como therapist. Repetía frases para el control emocional e inventaba role playings para intentar “sanar” a su esposa del dolor. Durante toda la primera mitad del metraje, parecía controlar la situación y ser capaz de topografiar, con precisión, calma y profesionalidad, aquello que estaba destrozando su matrimonio. Durante la segunda mitad, era salvajemente perseguido, torturado, mutilado y humillado por su otrora amorosa paciente. En Anticristo, el mundo no se plegaba al poder de la mente, sino que era la mente misma la que desgarraba todas aquellas buenas intenciones, aquellos “jueguecitos para sanar”, aquellas técnicas de autocontrol y pensamiento positivo.

La cosa no dejaría de ser anecdótica si no fuera porque en los últimos años esta misma idea ha comenzado a repetirse de manera sistemática en el género de terror. Primero fue The Sacrament en 2013. El mismo año, un puñado de chavales que se internaban en la jungla cargados de buenas intenciones y bajo un discurso multicultural “a la moda” eran secuestrados, humillados y finalmente comidos en El infierno verde. Y en este año en curso, se ha repetido la jugada con The Veil y la extraordinaria La invitación. Todas estas películas –a las que además se podría sumar la terrible elipsis melodramática de la ausencia de la hija de la protagonista en Julieta– hablan a las claras de un nuevo foco de angustia: la manipulación de los marcos de sentido, el fracaso de los discursos “sanadores y de triunfo”, la estúpida sensación de que los vendedores de crecepelo/autoayuda, una vez que hemos pasado por caja, no tienen gran cosa que ofrecernos. El sujeto contemporáneo sufre dos veces de enfermedad y de fracaso: en lo íntimo –cuando la cotidianeidad le devuelve la grisura de su propia vida– y en lo profesional –cuando formadores, coaches, motivadores de equipos de trabajo y otros vendehúmos le invitan a motivarse, a ser inspirador, a conseguir más y más beneficios–.

El cine de terror, con una lucidez aplastante, es una pregunta continua por la presencia del mal en el mundo. Una teodicea portátil. Lo terrible, por supuesto, es que sus monstruos, sus verdaderas amenazas, han comenzado a hablar en el lenguaje que se jacta de poder sanarnos o de poder, en el límite, hacernos mejores. Los asesinos de The Veil o de The Invitation utilizan las mismas palabras que, con escasas variaciones, consume la señora que lee ese libro sobre “sanación mediante imanes” –o mediante flores de Bach– junto a usted en la parada del metro: superación del dolor, vencer a la enfermedad, dejar atrás la insatisfacción. Las víctimas de El Infierno verde se inmolan al compás de las grandes postales de la concordia universal: amor entre pueblos, cuidado por el medio ambiente, cooperación internacional. En Anticristo, antes de ser taladrado y mutilado, el eminente therapist propone fundirse con la naturaleza, vencer a los miedos, afrontar el dolor desde el interior. Superar límites, encontrar la paz, conseguir nuevas metas. Lo han adivinado: no sólo es palabreja de auto-ayudadores. Es, también, la neolengua de la empresa neocon. Está desparramándose por power points motivadores de todo el mundo mientras usted lee estas líneas. Está esperándole, agazapada bajo la silla de su director, en la próxima reunión trimestral para controlar su productividad.

Para el nuevo cine de terror, los agradables chicuelos que mercadean en las puertas de los hospitales preguntando si usted tiene cinco minutos para el medio ambiente –o para hablar de Dios– encierran un innegable impulso de muerte. No confíe en aquellos que presumen de “haberse encontrado a sí mismos” –cosa, por lo demás, bastante improbable, ya que salvo casos de escisión psicótica, lo normal es no dejar de encontrarse con uno mismo, a todas horas–. No haga caso de aquellos que afirman “estar mucho mejor” desde que acuden a una novedosa terapia de turno. Desconfíe de todos los que, en un acto de amor y confianza, enarbolan el gran argumento proselitista de nuestro tiempo: “pues a mí me ha funcionado”. Las películas citadas responden con claridad: el verdadero monstruo es aquel que quiere ayudarle, que afirma tener todas las respuestas, que maneja las claves para –recordémoslo–, sanar y triunfar. El que opina que no hay salvación fuera de su terapia, de su fórmula mágica, de su creencia.

El nuevo cine de terror ha detectado el punto ciego del discurso contemporáneo: cada vez nos cuesta más habitar en un universo al que, seamos sinceros, le importa un bledo si nos ascienden en el puesto de trabajo, si una tribu milenaria se extingue en una selva remota, o si una terrible enfermedad se instala de manera irremediable en nuestros órganos vitales. Y lo terrible no es nuestra incapacidad para vivir con el absurdo durmiendo en el fondo de nuestros bolsillos, sino antes bien, la certeza de que una cohorte de iluminados están haciendo cola para alimentarse –económica, existencialmente– a costa de nuestra angustia.

Para el próximo Halloween les propongo un simple ejercicio sociológico: Pasearse por la sección de autoayuda de la sección de libros de El corte inglés y mirar fijamente el rostro de sus compradores. Créanme: eso sí que da miedo.