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O Magazine
2015-2017

Reverberación constante

Si no conociéramos previamente las imágenes de este GIF es hasta posible que las identificáramos como lo que realmente son: algún tipo de diagrama de frecuencia; la representación gráfica de varias señales de radio superpuestas en un mismo plano. Sin embargo, las hemos visto innumerables veces, estampadas en todo tipo de prendas de ropa, en carcasas de móviles, en almohadas y uñas de los pies, en mecheros, en suelas de zapatos, en tatuajes e incluso en impresiones 3D. Y, por supuesto, en el objeto que dio origen a este culto iconográfico: la portada de Unknown pleasures, el disco de debut de Joy Division.

La historia de este diseño es la de uno de esos afortunados encuentros entre significante y significado. Su creador, Peter Saville, la ha contado sin escatimar detalles. En esencia, lo elaboró a partir de una ilustración que el guitarrista Bernard Sumner había extraído de la Cambridge Encyclopaedia of Astronomy de 1977. Era la plasmación generada por ordenador de los impulsos electromagnéticos procedentes del primer púlsar que se detectó y capturados por un radiotelescopio. Pero su decisión de convertirla en un negativo de líneas blancas sobre fondo negro, sin acompañamiento de título alguno o del nombre del grupo, reforzaba todavía más su misterio; la idea de señal surgida de la oscuridad, de mensaje críptico lanzado por una inteligencia remota al vacío del universo. Poco sorprende, de hecho, que los primeros astrofísicos que midieron las pulsaciones a intervalos pasmosamente regulares de estas estrellas de neutrones se plantearan que pudieran venir de una civilización extraterrestre; ser una suerte de balizas cósmicas para navegar por el espacio. No obstante, la fuerza de la composición reside también en que todas esas sugerencias anticipan el contenido del álbum y definen con concisión asombrosa el sonido de la banda:

Su latido opaco y maquinal, su rítmica espasmódica y primitiva, la voz de Ian Curtis declamando aceradas visiones desde un planeta frío y de paisajes postindustriales desolados llamado Manchester. Y, de paso, marca las pautas de la identidad estilística de Factory Records e inaugurar su gloriosa tradición de diseños de cubiertas audaces hasta lo suicida: no hay que olvidar que la costosa producción del single Blue Monday de New Order, con la que se perdía dinero con cada venta debido al desbarre contable del sello, fue un jalón premonitorio de su posterior ruina.

Acaso desgastadas por el uso, puede que estas imágenes –animadas en cientos de GIFs de más bien limitada creatividad- no provoquen el impacto, la expectativa y la inquietud que generaban en su contexto original. Del mismo modo que cuando las divisamos en camisetas de personas que ni siquiera reconocerían los primeros e inconfundibles compases de Disorder, parecen llegarnos amortiguadas por un filtro atenuador. Pero también podemos contemplarlas con la agudeza de quien más molesto podría hallarse por su trivialización, el propio Peter Saville, a quien por el contrario satisface la capacidad de la cultura popular para seguir añadiéndoles nuevas lecturas y capas de sentido; así como para integrar las visiones de la ciencia en nuestro imaginario cotidiano y expresar con ellas algo de nuestra intimidad. O, en el mejor de los casos, también podemos pensar que nos inclinan a emular la reacción de Harold D. Craft Jr., el doctorando de la Universidad de Cornell pionero en el análisis digital de datos de púlsares y quien en su tesis fue realmente el primero en imprimirlas: como contó a Jen Christiansen en una entrevista para Scientific American, cuando un compañero le contó que aparecían en la portada de un disco: “fui a una tienda y, hostia puta, allí estaba. Así que compré el álbum” .