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O Magazine
2015-2017

“Seis grados de separación”: aquello de unir conceptos, personas o sucesos muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
Quizá este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos ya está un poco superado. Por eso, en lugar de seis vínculos, estamos trazando un mapa de conexiones de… ¡Un millón de grados de separación!
Esta es una Historia Universal De Todas Las Cosas contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire, “Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo III

Donde Joan Tarrés, Cabeza de Hierro, se convierte en un héroe del Paralelo de Barcelona (y de toda Europa) gracias a su arma secreta: los cabezazos. Esa Avenida donde bailó otro héroe, Charles Nicolau, durante tres días seguidos, en un campeonato de resistencia que se avanza a la película Bailad, bailad malditos, protagonizada por Jane Fonda. Ella, que acababa de rodar Barbarella, la heroína sideral y sexual, cuyo villano inspiró a una banda de Birmingham que también usaba trajes plateados: Duran Duran. Esos que arrasaron el mercado del videoclip, donde reinaba el primer presentador virtual de la historia: Max Headroom, imagen también de la Coca-cola, que protagonizaría uno de los primeros actos de los nuevos hackers con referencias a la eterna batalla de su marca con Pepsi. Pepsi, envuelta también en la curiosa intriga del día que cambió la historia de la música: el anuncio donde Michael Jackson ardió.

Un millón de grados de separación – O Estudio Creativo

Joan Tarrés, la Cosa del Clot, la Masa de Barcelona, el Hulk Hogan del Paral.lel, llegó a librar unos 1.200 combates, a razón de tres por semana. En los rings de lucha de los teatros del Paralelo, donde se lo presentaba como el Campeón de Europa, empleó una y otra vez un arma secreta no por bruta exenta de lirismo y de método. Decía que la clave de su éxito radicaba en propinar un cabezazo frontal, rápido y seco que tuviera en el rival el efecto de una piedra que cae en el medio de un estanque y se expande en ondas concéntricas. Como a todo superhéroe, le costó controlar su poder.

Al principio daba el cabezazo nada más empezar: el contrincante quedaba semi-inconsciente en la lona y el público gritaba tongo. Con el tiempo, sus managers le aconsejaron que dejara pasar un buen rato antes de emplear su arma mortífera. Así se ganó la gloria y también 150 fracturas, un bulto perenne y una cicatriz que remontaba toda su (despejada) frente. Así pasó a la historia de los bares del Paralelo, como una leyenda que se transmite solo delante de trifásicos y cañas en bares como el Retiro o el Rincón del Artista, el injustamente amnesiado y sin embargo esplendorosamente legendario Tarrés Cabeza de Hierro.

Hay quien dice que el boxeo es un baile (la lucha libre sería el swing). Y quien afirma que no hay mejor baile que el del hombre que sufre un tiroteo. Es el Paral.lel la artería del baile en Barcelona, el lugar donde coincidían las clases acomodadas con las populares para demostrar que todos somos iguales cuando bailamos. “Ni Chartreuse ni Contreau, vino tinto con sifón”, cantaba Chelito, la cupletista, en las mismas salas que presenciaron los testarazos de hierro, donde se bailaba más que se hablaba.

En la película Johnny Guitar, su personaje más bailarín, ese que incluso cuando no quiere bailar se ve en danza, recibe un consejo: “Dedícate a bailar, Dancing Kid, vivirás más años”. No siempre. Los concursos de baile, especialmente exitosos en épocas de posguerra o depresión económica, podían tener resultados fatales.

En junio de 1927, se anunció que otro ser legendario, Charles Nicolás, bailaría diez días seguidos a ritmo de jazz en el barcelonés teatro Talia: sólo descansaría tres minutos por hora para comer o beber o mear. Todas las chicas de la ciudad estaban invitadas para compartir piezas con él. Nicolás competiría con el inglés Bobby Sugar, con el italiano Ferrari, con la francesa Hamlette. A medida que el sol se escondía entre nubes color rosa y la luna aparecía como la medalla que había ganado una nube, con el paso de las horas, aumentaron las tracas de rumores al ritmo de los revuelos de faldas. Andreu Artís, cronista de la ciudad, escribía: “Aquí tenéis, por ejemplo, el extracto de coca…. Debéis pensar que Charles Nicolas se lo tomaba a cubos”. Con truco o no, Nicolás ganó el reto: tres días bailando, comiendo sin dejar de mover los pies, compartiendo meneos con mil pubillas catalanas, ricas y pobres, guapas y feas.

Su proeza se adelantó casi diez años a ¿Acaso no matan a los caballos?, la novela de Horace McCoy que narra uno de estos concursos en una localidad yanqui del Pacífico durante la Gran Depresión. Y eso eran, caballos: con dorsales y obligados a trotar hasta reventar:

“Un policía iba sentado a mi lado en el asiento posterior del coche, otro conducía. Íbamos a gran velocidad y la sirena chillaba. Era la misma sirena que usaban para despertarnos en la competición de baile:

— ¿Por qué la has matado? – me preguntó el policía que iba asentado a mi lado.
— Ella me lo pidió.
— ¿Has oído eso, Ben?
— Es un muchacho muy servicial – dijo Ben por encima del hombro.
— ¿Es eso lo único que puedes alegar?
— ¿Acaso no matan a los caballos? “

Cuatro años después de la publicación de la novela, Sydney Pollack lleva a esta historia al cine traducida aquí como Danzad, danzad malditos. La mujer que pide esa pena máxima es Jane Fonda.

Es curioso cómo esta actriz venía de ser, precisamente, una superheroína inmortal en Barbarella, de Roger Vadim. En esa película, Barbarella viaja por muchos planetas, conoce las intrigas de movimientos de guerrilla y sale indemne de mil aprietos gracias a sus corpiños de Paco Rabanne, a sus tirabuzones, a su ingenio. Barbarella devuelve la vista y el vuelo a un ángel ciego y le eriza los pelos (y no solo los pelos) a un guerrillero. Pero la clave llega cuando no sucumbe ni a la diabólica máquina de tortura del villano Duran Duran. Un órgano sexual que ríase usted de Nacho Vidal. Con una partitura demencial, el malo se coloca ante un teclado conectado al Orgasmatrón, la máquina de tortura en la que está maniatada la protagonista. El ingenio también recibe el nombre de Máquina Excesiva. Será tal la excitación que la superheroína sideral debería morir de gusto (y de dolor). Pero a ella le encanta. Grita gemidos de placer. Y funde la máquina, como cuando Kasparov humillaba al IBM en las partidas de ajedrez. “¿Qué clase de mujer eres? ¿es que no tienes vergüenza?”, le grita el villano frígido.

Esa es la película que vieron en sus casas de clase obrera de Birmingham unos cuantos mocosos. Tres años después se verían atrapados por otro ser enfundado en un mono multicolor de brillos plateados. Cuando David Bowie interpretó en 1972 Starman en el programa Top of the Pops y en el minuto treinta y cuatro segundos miró a cámara, la señaló y cantó: “Tenía que telefonear a alguien, así que te elegí a TI”, estos mocosos con acentos raros supieron que todo cuadraba. Formarían una banda. La llamarían Duran Duran. Buscarían el exceso de placer y la explosión colorista. Es curioso cómo en pocos años se convertirían, muy probablemente, en las personas que más sexo disfrutarían durante todos los años ochenta. Duran Duran incluso rendirían tributo a su heroína con la canción Electric Barbarella:

“Nunca te mantendré esperando
En ultra-cromo, látex y acero”.

Duran Duran serían entonces tan megalómanos como el villano que les dio nombre y disfrutarían tanto del sexo como la afrodita a quien dedicaron una canción. Serían todopoderosos. Es famosa una escena que protagonizaron en la discográfica. Coca-cola patrocinaba su gira, pero John Taylor dijo una y otra vez que a él sólo le gustaba la Pepsi. Cuando tocaron en el Madison Square Garden, se llevaron a toda la familia. Hicieron de los yates su casa y de la farlopa con pitillo, como el viejo Nicolás, su desayuno de los campeones. Fueron, también, cabeza visible de la subcultura New Romantic. En clubes como el Rum Runner o el Blitz, donde debías mirar y hacer que la gente te mirara (“look and make people look”). Esos sótanos donde, por primera vez, se juntaron skinheads rudos y hooligans futboleros con la cultura más escorada a lo gay: calcetines blancos contra caras maquilladas (“White socks vs White faces”). Esos pavos reales con look de pirata formaron una escena que, según Robert Elms (gran crítico de moda y marido de Sade), ensalzaba “el individualismo como respuesta a la marca de clase, el yo como rechazo del nosotros, vestirse muy bien como respuesta a sentirse muy mal (dressing up as an alternative to feeling down)”

Pero si por algo, más allá de su leyenda ultrasexual, pasarían a la historia los Duran Duran sería por sus videoclips: fueron los primeros en usar técnicas cinematográficas para ilustrar sus canciones. Protagonizaron la Segunda Invasión Británica. Si los grupos beat ingleses tomaron Estados Unidos en los sesenta, los New Romantics lo harían veinte años después. Pero cuando fueron allí, se dieron cuenta de que sólo triunfaban en las regiones donde había llegado una nueva cadena: la MTV, fundada en 1981. Eran realmente conocidos, más que por la música, por vídeos como el Girls on film (sobre todo, por la versión sin censurar que tan despreocupadamente pasaban algunas televisiones en horario protegido), el de Hungry Like The Wolf (otra sobre apetitos carnales) o el de Wild Boys, tan MadMaxero.

MTV, la cuna del videoclip y de la pieza corta y casi estroboscópica que avanzaría el lenguaje Youtube, seguiría funcionando a todo vapor cuando ellos ya pasaban vacaciones en clínicas de desintoxicación y abrazaban amorosamente váteres de suites de hoteles de cinco estrellas.

Fue en 1987 cuando nació el primer héroe creado digitalmente: Max Headroom, el rey de los presentadores de videoclip. Casi tan icónico entonces como la Coca-cola. ¡Un momento! Imagen, de hecho, de la Coca-cola, y protagonista de una campaña publicitaria encriptada para la juventud dirigida por Ridley Scott (la estética distópica y retrofuturista que aparecería luego en muchas de sus pelis):

Max Headroom, una cabeza parlante diseñada por ordenador que era el cruce perfecto entre Iván Drago (el soviético cuello de yunque que se enfrenta a Rocky) y Tom Cruise en Risky Business (las mismas Rayban Wayfarer), había protagonizado su propia serie, su película, sus programas: era el líder espiritual de todo un baby-boom nerd que acabaría por conquistar el mundo. Ahí había mercado.

El 22 de noviembre de 1987, la programación habitual de la principal televisión pública de Chicago se ve interrumpida. Aparece Max Headroom. No: aparece alguien con una máscara de látex Max Headroom. Barata. De las compradas a última hora en Carnaval. Esa noche el Max Headroom terrorista intervendrá en dos cadenas de la ciudad. Dirá, por ejemplo, el lema de la Nueva Coca-cola (“Catch the Wave”) con una Pepsi en su. Hará una peineta Bárcenas, descargará una traca de flatulencias y dirá yo sí he sido, dedicará la acción a los nerds habidos y por haber. Jamás cazarán al tipo que intervino la señal de la cadena. Esos primerizos hackers serán, en palabras del crítico Noel Ceballos, el Jack el Destripador de los ochenta. Nadie sabe aún quién lo hizo ni por qué, pero al cabo de unas horas ya existía todo un batallón de Max Headroom Pirates. Una maniobra muy parecida a la máscara de V de Vendetta. Todo estaba por hacer. Esa acción venía del situacionismo y de los yippies, de querer incidir en la realidad valiéndote de los medios de comunicación de masas. Nadie sabe, insisto, quién lo hizo. Casi no importa. Pero…

El 27 de enero de 1984, tres años antes del acto terrorista de Max Headroom, 3.000 personas abarrotan el auditorio Shrine de Los Ángeles. No es de extrañar, ya que ese día la mayor estrella del pop de la historia ofrecerá la más pirotécnica actuación jamás vista: la grabación de anuncio de Pepsi.

Así que ahí baja el mesías del pop, el monarca bíblico de las canciones…. ¡Espera! ¿Qué es esa lengua de fuego que se posa ahora sobre su coronilla? ¿Realmente está tocado por los Dioses? Sería un momento divino, mágico, si no fuera porque no estaba preparado. Las explosiones de luz que debían recibir a Michael Jackson se han incendiado. Ahora su pelo, en llamas, tiene algo de epifanía bíblica, de zarza quemada, pero también de promesa metafórica (ese es el futuro que le espera).

Días después del accidente, los informativos dan la evolución de las quemaduras del artista y las declaraciones de los médicos se ilustran con imágenes del anuncio de la marca. Las ventas del vinilo de esa grabación publicitaria se venden tanto o más que los discos normales de Michael Jackson. Hay quien desliza un comentario malintencionado: todo ha sido un montaje de Pepsi.

Pero para superar su convalecencia y su miedo escénico, Jackson se enganchará a las ensaladas de ansiolíticos. Dos años después caerá el Muro de Berlín, pero en ese momento, con ese anuncio de Pepsi, con esa desgracia de Michael Jackson, la música masiva parece definitivamente asimilada por el sistema y por la publicidad (el anuncio vende más que el disco en sí). Nadie sabe qué sucedió. Quizás tampoco el protagonista, que, melancólico, lamiéndose y vendándose las heridas, pensará en la posibilidad de confiar su amor a los animales (en concreto a un mono llamado Bubbles) o a los niños (en concreto a un tal Macaulay Culkin).

Y la semana que viene… llegamos al jardín en el que los caminos se bifurcan: uno lleva a Joaquín Reyes, Sara Montiel, Anthony Mann y el puerto de Navacerrada y el otro a Nico, José Luís López Vázquez, Arnold Schwarzenegger y la Ciudad Encantada de Cuenca. ¿Cuál deberíamos tomar?