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O Magazine
2015-2017

Viñetas robadas

por Jordi Costa

Disculpen que esta semana me ponga confesional y aborde el tema de la importancia de las viñetas en la construcción de ciertas libidos adolescentes. Pasé la pre-adolescencia en una etapa ciertamente esplendorosa para el común acceso al erotismo impreso sobre papel o proyectado sobre una pantalla. Sí, es cierto, a uno no le dejaban entrar en los cines para ver según qué cosas hasta llegar a la edad preceptiva, pero, bueno, eso era bastante flexible y relativo en según qué contextos. Por ejemplo, en ese tronado cine de Esparraguera donde mis padres tuvieron la bendita y desinformada imprudencia de llevarme a ver una película de dibujos animados que resultó ser… El gato caliente (1972) de Ralph Bakshi, según las historietas de Robert Crumb.

Era un cine de sesión doble y entramos cuando aún quedaban más o menos cinco minutos de proyección de la otra película que, a la sazón, era… La última mujer (1976) de Marco Ferreri. Justo a tiempo, pues, para contemplar la auto-castración final de Gérard Depardieu con cuchillo eléctrico de cocina. Entre Ferreri y Bakshi hubo una buena andanada de tráilers, de la que no conservo más recuerdo que una única imagen, aunque intuyo que la tónica general no era precisamente pulcra: otra castración, en este caso salida del tráiler de una adaptación de La Celestina que no consigo situar -¿sería la de César Ardavín del 69?-. Dos espectaculares castraciones en una sola jornada, justo antes de que los dibujos animados empezaran a fornicar en la bañera: una buena tarde educativa, pero algo macerada en sudor frío (tanto propio como parental) por estar en compañía de quien estaba. Uno de esos momentos en que la familia se queda tiesa como un palo y decide sortear la incomodidad haciendo como que no pasa nada.

Luego, por supuesto, estaban los quioscos, que por entonces eran escaparates pletóricos de carnalidad en cuatricomía. De una manera bastante intuitiva, la colección de portadas tendidas al sol te permitía entender que en esto del erotismo también había grados. Confieso que, como observador en la distancia, yo era más de la cercana ordinariez del Lib que de propuestas más sofisticadas. Y, bien, de vez en cuando, uno podía acceder a cierto doctorado en onanismo si caía en tus manos una de esas revistillas, astrosas y arrugadas, que los compañeros de clase leían por relevos. En ese particular, siempre me causó considerable impresión algo que, si lo hubiese descubierto a día de hoy, no hubiese dudado en definir como el punk-rock de las revistas eróticas de la Transición: Sólo para hombres, una colección de fotonovelas protagonizadas por Susana Estrada cuyo primer capítulo se titulaba Yegua caliente, potro salvaje.

Confío en que disculpen esta larga introducción antes de entrar realmente en materia. Lo que quería contar es que, básicamente, los niños de mi cosecha (la del 66) llegamos a la pubertad tras haber consumido por activa y por pasiva una alta cantidad de imágenes sicalípticas… hasta el punto de que la adolescencia en sí nos pilló a algunos, aunque aún vírgenes por largo tiempo, con ganas de pasar de pantalla, de atravesar la última frontera, de llegar a ese estadio del ser donde la representación realista ya no es suficiente y se impone… la estilización. El boom del tebeo adulto en los 80 acudió, por fortuna, a nuestro rescate: el erotismo y la pornografía dibujadas eran, precisamente, esa superación del realismo fotográfico que necesitábamos. Mis primeras fijaciones en ese sentido fueron bastante obvias y previsibles: las neumáticas rubias aerografiadas de Richard Corben facilitaron un paso de lo real a lo imaginario que no resultaba ni radical ni traumático. Las orondas, felices y agresivas chicas Crumb fueron la siguiente fijación. Hasta que, por así decirlo, encontré mi fetiche a medida en el más ingrato de los entornos: descubrí que nada le hablaba más directamente a mi libido en construcción que las chicas dibujadas por Guido Crepax, justo cuando estaba rodeado de gente (los compañeros de la revista Cairo, con el amigo Joan Navarro a la cabeza) que le tenía bastante ojeriza al italiano, supongo que por espeso, formalista e intelectualoide. Se cerró ahí, pues, un círculo de una manera bastante interesante: tras unos años de aprendizaje y formación en los que todo estaba a la vista y no había demasiados obstáculos en el horizonte… llegó el momento en que tuve que llevar mi deseo en secreto entre mis allegados.

Esta viñeta pertenece a la adaptación de Emmanuelle (la novela de la Arsan, no la película de Jaeckin) que Crepax publicó en 1978 y que tradujo por aquí Raúl Ondarza y editó Distrinovel, S.A., en su colección Fetiche, en 1981. Hablar de Crepax y de su manera de entender y contar el erotismo sobre una página en blanco daría para varias tesinas: sus composiciones de página, sus juegos rítmicos con planos detalle y sus experimentos con la fragmentación de la mirada han dado pie a las elaboraciones teóricas más sesudas y, en cuestiones de lenguaje, consiguieron dejar bastante en ridículo lo que había hecho, cuatro años antes, Jaeckin en su adaptación cinematográfica; una película, eso sí, que contó con el genio para modular carnalidad e inocencia de su indiscutible estrella principal, la grandiosa Sylvia Kristel. La viñeta se corresponde también a la que es una de mis escenas favoritas de la película: el encuentro lésbico de la heroína en los vestuarios de un gimnasio. Con todo, puestos a elegir, me quedo con la versión dibujada. El toque maestro son esos dos regueros de sudor que recorren el cuerpo de Emmanuelle: uno humedeciendo delicadamente la axila; el otro descendiendo por el cuerpo hasta la pierna, pasando por debajo de esas braguitas a las que la condesa Ariane se agarra con fotogénica desesperación. El cuerpo de Emmanuelle se convierte en una suerte de contrabajo del placer, que exhala, en un suspiro, una nota sostenida –ooohh…– encerrada en uno de esos globos que Crepax dibujaba como vapor de sauna. No hay que desdeñar el gesto de Emmanuelle: una perfecta representación del puro éxtasis, del extravío erótico… en suma, del Misterio, o lo inefable, aspecto subrayado por el dialogo de Ariane: “¡Responde!… ¡Ah! ¡Tesoro mío! ¿Por qué no contestas?”. También hay ahí un fascinante hilo del que tirar: la angustia de la amante al no poder descifrar el placer incomunicable de la amada. Algo que, de una manera u otra, nos habrá pasado a todos, imagino. Pero, no nos engañemos, esta viñeta robada está aquí para ilustrar este súbito pico de impudicia que me ha dado y para dejar clara una cosa: esta imagen me pone. Y ya me ponía cuando, en los tiempos de Cairo, decirlo en voz alta me hubiese valido un tirón de orejas.