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O Magazine
2015-2017

Viñetas
robadas

por Jordi Costa

La ropa tendida
de la libertad

Empecemos por una traca de preguntas filosóficas: ¿qué es una viñeta?, ¿un espacio de libertad inagotable limitado, solo aparentemente, por sus cuatro lados?, ¿o una cárcel cuyas reservas de oxígeno pueden agotarse en un tiempo récord a poco que sus habitantes estén mínimamente desesperados y su respiración comience a agitarse?

Todo esto viene especialmente al caso si hablamos de Jack Cole, ocasional negro del gigante Will Eisner y creador de Plastic Man, personaje nacido en el seno de la editorial Quality Comics que se erigió en una de las creaciones más libres y heterodoxas en el ámbito de la historieta de superhéroes. El cuerpo flexible del protagonista tenía a su máximo aliado en el trazo polimórfico del historietista y en la libertad de tono de unas tramas que pasaban constantemente de las convenciones del género a su desmontaje paródico, atravesando delirios casi surreales, alternando lo épico, lo bufo y lo patético. La viñeta seleccionada está extraída de la historieta Plague of Plastic People, que fue recopilada en el magnífico libro Jack Cole and Plastic Man (Chronicle Books, 1999), un ensayo de Art Spiegelman sobre Jack Cole diseñado con su desbordante sentido del espectáculo por Chip Kidd (uno de esos raros casos en los que el compaginador es la estrella: o, por lo menos, una estrella del mismo calibre que el ensayista, hasta el punto de que ambos compartieron la autoría del volumen).

Todo empieza en clave trivial dentro de esa historieta, aunque los miembros del superhéroe se retuerzan de manera imaginativa desde la primera viñeta: Plastic Man persigue a un rufián que ha robado unos bonos. Hasta ahí todo lo normal –y anti-épico- que puede ser un relato cuyo protagonista es capaz de transformarse en lo que se le pase por la cabeza. El casual encuentro del rufián con un antiguo amigo, a la sazón vendedor ambulante, abrirá, no obstante, la caja de los truenos del delirio: un elixir capaz de hacer flexible el acero democratizará en la ciudad los súper-poderes de Plastic Man que, a partir de un momento clave en la historieta, se verá obligado a ejecutar su misión braceando entre una ciudadanía más mutante que Reed Richards intoxicado de chicle Dunkin.

No obstante, la Viñeta Robada transcurre antes de esa explosión de polimorfismo peatonal: en ese punto de la historieta (su sexta página), Plastic Man pone el oído para escuchar rumores sobre la exacta ubicación del rufián y, en una sucesión de tres viñetas, se transforma en alfombra, cuadro abstracto y, como vemos en la imagen, ropa tendida entre las ventanas de dos señoras cotillas de barrio. Conviene destacar, en la imagen, el logrado gesto de disimulo (bidimensionalizado) del justiciero, así como la estratégica colocación de sus dos orejas en ambos extremos del tendedero. En su libro, Spiegelman encuentra conceptos muy interesantes para hablar del irrepetible arte de Cole: habla, por ejemplo, de la omni-sexualidad de una infancia eterna encarnada en todo ese juego de transformaciones. El trazo de Cole transmite hasta tal punto una idea de desenfreno y lujuriosa felicidad que resulta tremendamente llamativo saber que el artista se compró un rifle Marlin calibre 22 el 12 de agosto de 1958 y, poco más de una hora después, se pegó un tiro. El dibujante llevaba tiempo sin dibujar a Plastic Man; pero no fue el fracaso profesional el motivo de su muerte, sino, tal y como sostiene Spiegelman en su libro… el éxito.

En los años 40, el comic-book –territorio en el que nació el personaje- era, por así decirlo, el escalafón más bajo en el ámbito profesional del dibujo de prensa. La consagración estaba en las tiras cómicas sindicadas de los periódicos. Después de que una de sus historietas Murder, Morphine and Me fuese utilizada por el inquisidor Frederick Wertham en su cruzada contra la inmoralidad de los tebeos, Cole logró ir ascendiendo en la escala profesional hasta que logró tener su propia tira de prensa precisamente en el año de su muerte, 1958: Betsy and Me era un trabajo tremendamente profesional, pero también agónicamente pulcro y perturbadoramente aséptico. Spiegelman lo define como “una nota de suicidio en divertidas entregas diarias”. Y aquí conviene que retomemos las preguntas del principio: la viñeta, que en la era del primer Plastic Man fue espacio dionisíaco inabarcable para Cole, fue mudando progresivamente en la cárcel de férreos barrotes de una historieta domesticada para el público mayoritario. Y un espíritu libre como el suyo sólo pudo huir de ahí con un tiro en la cabeza.