Viaje alucinante al
interior de una coliflor

Por Joan Pons

Has leído bien: el GIF comentado de esta semana va de una coliflor, sí. En realidad, esta planta de cabeza blanca, carnosa y comestible (para algunos, que a otros ya les ofende simplemente el olor que acompaña a su cocción) es un macguffin para homenajear a Richard Dawkins, el científico británico autor de El gen egoísta, El relojero ciegoEl espejismo de Dios.

Tras sufrir un ictus hemorrágico menor recientemente, el célebre etólogo-zoólogo-divulgador-biólogo-teórico evolutivo ha tenido que aguantar en su convalecencia el patinazo-provocación del CM de la Iglesia Anglicana, que elevó sus “plegarias por el Profesor Dawkins y por su familia”. Tras años desmontando tinglados pseudocientíficos, recordándonos en cada una de sus páginas el honor y el placer de pertenecer a la edad del logos, no del mito, azotando supersticiones, cazando fantasmas y descorriendo velos por sistema, Dawkins ahora tenía que soportar menciones nunca solicitadas en tuits con trazas de chiste o vendetta.

Así que, para compensar la balanza, la mejor manera de desearle una pronta recuperación al profesor es reconociendo su influencia en mi manera de mirar los procesos científicos e, incluso, la realidad en general.

En Destejiendo el arco iris, Dawkins rebatió a Keats, que aseguraba que Newton había calcinado la poesía del arco iris al revelar el secreto de la descomposición de la luz y los colores prismáticos. Considerar que cualquier epifanía científica es fría, seria y desapasionada es erróneo: siempre hay una parte de descubrimiento, de asombro y de belleza verdadera que solo no quieren ponderar los temerosos del conocimiento.

Al dejarse hipnotizar por la coliflor de este GIF (que parece que no pare de aumentar o, si se prefiere, de explotar) , uno está aprendiendo a (ad)mirar las matemáticas de la naturaleza y su espectáculo fractal. Quizá sea necesario un pequeño artificio formal (en este caso, un zoom in eterno), haber leído a Dawkins o recordar aquello que decía Gaudí sobre las formas de la naturaleza como las más imitables, sencillamente, por ser las más hermosas y perfectas, para reparar en las maravillas geométricas a las que podemos estar expuestos a diario sin ser conscientes.

En una coliflor, en un copo de nieve, en ciertas conchas marinas, en las hojas de un árbol, encontramos motivos para aplaudir un diseño exponencial (repeticiones de un patrón estructural simétrico, equilibrado, armónico) que observado con atención es una celebración cotidiana de la belleza genuina. Y no hace falta ni mirar por un microscopio ni fliparse con una simpática representación animada de las moléculas de la proteína miosina transportando una bola de endorfinas (así camina la felicidad). Sólo hay que abrir el cajón de abajo de la nevera.