Viñetas robadas
¡¡Vámonos al Tíbet!!

por Jordi Costa

En la Escuela de Guión J. J. Abrams, debe de haber un frontispicio que corona la entrada a sus instalaciones rindiendo homenaje al comienzo de Indiana Jones y el templo maldito: Anything Goes. ¿Lo recuerdan? La inmortal canción de Cole Porter servía a Steven Spielberg de auténtica declaración de principios: en efecto, Todo Vale para seducir al espectador, todo estaba permitido en esa fiesta dionisíaca regida por el imperativo del placer, transgrediendo toda lógica y todo anclaje en el realismo. El número musical que abría la película cumplía a rajatabla con lo que propugnaba la letra: cuando la cámara se abismaba en la boca de un dragón de atrezzo, el espacio diegético quedaba anulado por el espacio del sueño, un territorio onírico encarnado en la forma pura del musical.

Desde su fundacional serie Alias, Abrams sentó las bases de un nuevo folletín en el que cualquier golpe de efecto capaz de hacer avanzar la historia a golpe de sobresalto o cortocircuito narrativo no solo estaba permitido, sino también fomentado en su uso como verdadero motor del goce. En el vigésimo episodio de la segunda temporada de la serie, Abrams y sus guionistas (que a la sazón eran R.P. Gaborno y Jeff Pinkner) ejecutaron una de esas jugadas de desconcierto narrativo a traición: situar en la periferia del relato a un personaje clave del que casi nada sabíamos y convertirlo en guardián de una supuesta revelación decisiva que alguna de las figuras principales tiene que ir a recoger… yéndose a tomar por culo. Es lo que, con cierto margen de libertad, me permito llamar el Recurso de ¡¡Vámonos al Tíbet!!, aunque, en ese caso concreto, no se tratara del Tíbet, sino del Nepal. El personaje misterioso en cuestión estaba interpretado por David Carradine, que, cuando se estrenó el episodio (marzo de 2003), cargaba con cierto peso específico como cita cultural (había sido el Pequeño Saltamontes de la memorable Kung Fu). Algunos meses más tarde, las resonancias de la figura Carradine se reactivaron con su participación (en poderoso fuera de campo) en el Kill Bill, Volumen 1 de Quentin Tarantino, que se estrenaría en octubre de ese mismo año. Al zorro Abrams le salió muy bien la jugada: la cita nostálgica para los niños de los setenta se convirtió en una suerte de inversión en bolsa de valores simbólicos. Una inversión que la aportación de Tarantino contribuyó decisivamente a multiplicar de valor. Así, Countdown, ese episodio de Alias, tuvo el mérito de pasar a significar otra cosa (pasar a significar más, de hecho) para todo aquel que lo pilló en alguna reemisión que para quien lo cazó puntualmente en su día de puesta de largo. A Abrams le gusta tanto el Recurso de ¡¡Vámonos al Tibet!! que, de hecho, incluye una variante del mismo en la escena que sirve de epílogo a Star Wars: el despertar de la Fuerza, y todo buen alumno de su escuela de contar historias (o de liar historias) parece haber tomado buena nota de su funcionalidad: cuando una historia corre el peligro de entrar en punto muerto, sitúa un personaje clave en remoto retiro espiritual y envía a un personaje central en su búsqueda.

La más literal y brillante aplicación del Recurso de ¡¡Vámonos al Tibet!! la formuló Damon Lindelof, uno de los dos capitanes de la nave Perdidos cuando el jefe Abrams decidió delegar (algo que tiene por costumbre), en el primer número de la miniserie de comic books marvelianos Ultimate Lobezno vs. Hulk. La acción de ese primer ejemplar empezaba fuerte: de hecho, en el mismo Tíbet, donde, tras una primera página con un Lobezno agonizando sobre la nieve e intentando decir, sin llegar a conseguirlo del todo, “No siento las piernas”, Hulk lo desmembraba en espectacular doble página, enviando las susodichas piernas a seis kilómetros… hacia arriba, dirección Cumbres Escarpadas. A partir de ahí, la historia, dibujada con el trazo enfático y espectacular de Leinil Francis Yu –un trazo que a mí, nostálgico de Kirby, Ditko y Adams, nunca me ha dicho nada en especial–, se embarcaba en uno de esos rompecabezas temporales marca de la casa (de la casa Abrams), hasta culminar en la escena en la que Lobezno ascendía al monasterio tibetano donde, al parecer, Hulk se había retirado no tanto a meditar como a… bueno, entregarse al goce carnal en compañía de un espectacular harén de lúbricas odaliscas. Esa es la Viñeta Robada –en realidad, una splash page– de esta semana, en la que la juguetona imaginación de Lindelof evoca, también, la aparición del Coronel Kurtz al final del viaje al corazón de las tinieblas de Apocalypse Now.

La contundencia del imaginativo uso de esta variable del Recurso de ¡¡Vámonos al Tibet!! causó tal impacto en las sensibilidades de Darío Adanti y un servidor que quisimos rendirle un homenaje directo en nuestro tebeo 2.000 años de cine, una aventura de Mostrenco y Che-Qué-Loco encargada especialmente con motivo de la celebración de los dos mil primeros números de la revista Fotogramas. En nuestra versión, el que se retiraba al Tíbet en compañía de las mujeres más bellas de Europa no era el Increíble Hulk, sino el no menos increíble cómico francés Louis de Funès. Los motivos que lo llevaban a buscar refugio en paraje tan remoto son demasiado largos para detallar aquí: todo empezaba con un fax enviado por error a Adolf Hitler, que, como todo el mundo sabe, vivió en un tiempo en el que no había fax. Pero, bueno, al comienzo de este texto ya ha quedado bastante claro que, cuando rige el principio del placer, Todo Vale, ¿no?