Por
Gerard
Casau

Un vómito láser rojo. Una hamburguesa triposa. Una mujer de bandera emergiendo de una Game Boy (y otra, de una lata de Pepsi). Una cafrada a lo Jackass, evitada in extremis por un cambio de escenario mágico. El histrionismo inherente a Nicolas Cage, deformado hasta lo monstruoso. La sonrisa presidencial de Obama, convertida en máscara de clown diabólico… Estas son solo algunas de las infinitas posibilidades que ofrecen los Broken GIFs, viñetas informáticas que reaccionan a la fluida perfección circular del GIF estándar con un elogio de la imperfección digital, allí donde la inmaterialidad de la información debería dar como resultado una experiencia impoluta. Sin embargo, aquí lo que encontramos es un catálogo de errores (y de horrores) ora hilarante, ora espeluznante.

Estas interferencias son, además, exclusivas del medio digital, con una serie de particularidades que las distancia de la capa deformadora o granulosa que podía sufrir una transmisión preTDT. Este es un ruido que se expande por la imagen como antes solo habíamos visto en el celuloide extremadamente deteriodado, atacando e introduciéndose en los cuerpos. Por eso, viendo la mayoría de estos GIFs es imposible no pensar en el sueño de la nueva carne hecho realidad (virtual): a Brian Baumgartner le crece una segunda boca en la mejilla. Un mohín de Emma Watson se convierte en distorsión. Una mujer duplica su cabeza de forma harto terrorífica… En otras ocasiones, se pueden entender como un gag que se superpone y amplia las dotes de los cómicos: Jerry Seinfeld sufre todo tipo de mutaciones. Ricky Gervais se vuelve líquido elemento. Las muecas del Jim Carrey más desatado parecen ir a una velocidad superior a la de su propio cuerpo, con catastróficos resultados para su anatomía… Y, cuando el GIF en cuestión se adentra en territorios lúbricos y echa mano de imaginería pornográfica, el referente inevitable es la climática orgía alienígena de Society. Si en el film de Brian Yuzna el desparrame carnal era obra de los prodigiosos maquillajes creados por Screaming Mad George, en estos pequeños bucles el desbordamiento se debe simplemente a un dato de información corrupta que hace estallar el cuerpo. Bien pensado, quizá no sea casualidad que la inspiración para este texto venga de una recopilación de GIFs hecha por la web de Hammer Films, la mítica, y resucitada, productora de cine de terror. Si el principio básico del GIF reside en proporcionarnos la repetición infinita de algo que nos deleita, de algo que no queremos dejar de mirar, los Broken GIFs encierran una micropesadilla que no cesa. Una imagen atroz que ya no acecha en la oscuridad, tras la esquina sombría, sino que nos llega mediante un click, perturbando para siempre nuestras pantallas.

Pero si hay un relato que une a todos los GIFs rotos, ese es el que los alinea con la “ontología del ruido” que Greg Hainge propone en su libro Noise Matters: (Noise) is the trace of the virtual out of which all expressive forms come to be, the mark of an ontology which is necessarily relational”. Conscientemente o inconscientemente, la misión de estos GIFs es la de poner en una posición central el ruido; aquello que teóricamente entorpecería la fluidez de una experiencia (en este caso, la contemplación de una animación cíclica) pero sin la cual, realmente, esta no podría tener lugar. Inevitablemente, habrá personas a quienes esto pongan nerviosas, y quieran salvaguardar la harmonía ordenadora a toda costa, pero los Broken GIFs no hacen otra cosa que visibilizar la materia que los compone, a ellos y a todo el entorno digital por el cual nos desplazamos alegremente cada día, sin preocuparnos por su construcción, ni porque la grieta que todo lo derrumbe esté, como ya advertía Víctor Navarro, tan solo a un glitch de distancia.