Radiografía de una torta

 por Víctor Navarro Remesal

Share

Radiografía de una torta – O Productora Audiovisual

Si el cine es movimiento, el mamporro es un recurso cinematográfico de primer orden. La violencia real estremece pero una buena leche fílmica nos fascina hasta a los pacifistas más convencidos. La torta es un lexema universal con el que Kwan Tak-hing introdujo las acrobacias chinas en el medio, al que Bruce Lee dio contundencia, Ang Lee y Zhang Yimou cargaron de poesía, Jackie Chan sublimó en slapstick y Bud Spencer convirtió en punchline. Sin la torta como elemento narrativo y expresivo, el cine quedaría cojo. O manco. Y nadie ha sabido filmar un mamporro como el actor Sonny Chiba y el director Shigehiro Ozama, responsables de The Street Fighter.

Le cuenta Chiba a Jonathan Ross, en un episodio de Asian Invasion, que para el golpe final de la película querían un puñetazo en la cocotera del enemigo y, claro, no había manera de lograrlo sin enviarlo al hospital. De la limitación, el ingenio: simulando una vista de rayos X no solo lograban el impacto, sino que mostraban sus consecuencias con frialdad clínica. Es, además, una ruptura de estilo, un regalo formal para el espectador que funciona como money shot: el gesto artístico convierte la cámara en un ojo liberado que ve lo que se le escapa al humano, en una suma climática de omnisciencia e hipérbole.

El plano-radiografía se repitió en la cafre y desatada Historia de Ricky, todavía más exagerado y más cerca del manga gore de su década. Sin embargo, hizo falta un cambio de medio para ampliarlo: para Mortal Kombat, novena entrega de una saga que se distingue por su casquería cartoon, el diseñador Ed Boon encontró en él el complemento ideal a sus infames fatalities. Así, los rayos X se integraron como mecánicas de juego en forma de X-Ray Attacks, golpes especiales que puntuaban el combate y añadían estrategia y espectáculo antes del K.O. final. Lo llamativo es que, por la propia naturaleza del medio, el rival puede seguir batallando como si nada tras recibirlos, siempre que le quede barra de vida. Sí, los golpes duelen, pero siguen siendo de mentira.

Hay en esos cráneos aplastados algo perfectamente encapsulable y repetible, y por ello funcionan tan bien como GIFs: como en Mortal Kombat, la consecuencia clínica se muestra (y celebra) al tiempo que se niega. Estos bucles encierran tanta verosimilitud desagradable como estilización grotesca; nos encogen a la vez que nos distancian, remiten al mundo real mientras construyen uno propio y nos deja disfrutar, a salvo, de la mentira como gesto estético. Si el GIF es movimiento multiplicado hasta deconstruirse, mamporros como estos, aislados y vistos una y otra vez, son sin duda algunos de sus mejores recursos.