Yo soy (porno)

español, español, español

Por Aarón Rodríguez Serrano

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Ilustración por Tiago Majuelos

Los cuerpos emergieron de la crisis. No todos, claro. En los años de los comienzos del porno multimedia la chavalada del barrio, antes de Internet, mercadeaba por los kioskos de los extrarradios o se bajaba en un autobús al centro, a los sex shops, haciendo pellas de la clase extraescolar de música para pillarse las Primera Línea con los cds que traían piezas de Fisgón Club. Aquella aristocracia, (d)amas de casa reconvertidas en dominatrix y píxel, que nos excitaba y nos hacía reír a partes iguales, y así peor que mejor, fuimos atravesando el aprendizaje onanista de las afinidades electivas del porno español.

En los años del aprendizaje audiovisual, alguno de la clase se sacó un sobresueldo atendiendo en el rodaje amateur de un primo de Carabanchel, o quizá de Pan Bendito, llevaba toallas, cafés, montaba las maletas de cuarzos y a veces, cuando terminaba el rodaje, le daba cigarrillos y se quedaba de charla con la actriz, siempre a deshoras. Uno no imaginaba, por aquel entonces, que una película porno se pudiera rodar a las cuatro de la tarde, la hora de la siesta mesetaria, o que la actriz de turno iba pagándose como podía la matrícula de ADE, que era lo que su abuela del pueblo palentino, mujer sabia de sabios consejos, le había dicho que tenía que sacarse para no acabar fregando suelos. Alguna tenía incluso un novio opositor de grupo C2, y él se iba a la biblioteca a estudiar la Constitución y ella se venía para Carabanchel –a la hora de la siesta mesetaria, queda dicho- para ir sacándose unos euros tras el money shot. Por aquel entonces, ahora que lo pienso, los euros estaban recién estrenados y a todos nos parecía estupendo pagar las películas porno de las tiendas de los chinos con esas monedas tan relucientes, con esos billetes tan sedosos. Afuera de España, la Private rodaba aquellos mastodónticos Peplum-porno, las superproducciones perfectísimamente milimetradas, reconstrucciones históricas con poco esperma y un diseño de interiores impecable. Venían de la herencia fantástica inaugurada por Jenna Jameson en cintas como Satyr, aquella rubia que empezó recortándose el vello púbico con la forma del logo de Cadillac y acabó dando cursos de autoayuda para emprendedores en horas bajas. Igual era lo mismo. A nosotros, hay que confesarlo, nos gustaba más la cercanía de la actriz castiza, que tenía algo de la panadera del barrio: nínfula a medio hacer, quinqui hermosísima e iletrada que nos servía bollería industrial y fantasías cotidianas.

(Para entender la economía de un país, la sociología íntima de un país, hay que atender con cuidado al porno que producen. De ahí que cuando descubrimos el porno alemán, al mismo tiempo, intuimos las medidas económicas que se nos venían encima).

Pero como decía al principio, los cuerpos emergieron de la crisis. Con todas sus imperfecciones. Poco antes del hundimiento de Lehman Brothers se había estrenado esa especie de canto de cisne totémico y apabullante titulado La orina y el relámpago. Como si el cine porno español hubiera querido hacer su propio Marina d´Or. Nos quedamos sobrepasados por aquella madurez entre Chorizo de cantimpalo y un David Lynch en horas bajas. También habíamos tenido nuestras pequeñas superproducciones con los Lapiedra, con un primerizo e inspirado Nacho Vidal. Aquellas películas eran nuestra pequeña Private, y así mientras la erección inmobiliaria iba colonizando costas y cuentas bancarias, la artesanía del porno pisó el acelerador y se prometió a sí misma el espejismo dorado del mercado internacional.

Después, a la hora de los impagos, el silencio. Y un poco después, los cuerpos. Follar en pisos heridos de hipoteca, con una mirada en la cámara y otra en el desahucio inminente.

A raíz del escándalo Torbe se ha hablado mucho de Hermosa juventud, la excelente película de Rosales. Se dice, por cierto, que Torbe hacía porno freak, cuando muy al contrario, hacía porno que era Estado Español en estado puro. Sin embargo, se ha hablado mucho menos de la propia construcción audiovisual del después de la crisis. De ese “grisor” que se ha ido asentado en el porno patrio, a base de nutrirse de nuevos gestos, de nuevos estupores. Las rutilantes nínfulas de principios del milenio soñaban quizá con ser Sasha Grey, o a lo peor, la Rebeca Linares del barrio. Soñaban, puede ser, con pasear su premio AVN y demostrarle a las viejas aburridas de confesionario intermitente que ellas habían llegado más lejos, más allá de la caja del Lidl, más allá de la reina de las fiestas populares. Las chicas del después del desplome económico llegaban al set de rodaje con el pelo mal tintado, las uñas sin hacer y la mirada avergonzada de la miseria inminente. Traían ropa interior del Primark, una ropa interior pobrísima y gastada, con las gomas ya dadas de sí. Ellos, los actores, eran de pronto jovencísimos, y a la vez, extrañamente ancianos. Fumaban tabaco de liar en las escenas previas, y en ellas se intuía -aunque fingieran una cierta excitación, con poca inspiración y menos ganas- una vergüenza proverbial, la suma de equivocaciones. Ellas parecían un poco siempre la misma mujer, la chica medioguapa aquella de clase que leía las novelas de Federico Moccia, la que acabó haciendo el módulo de peluquería y estética, la que pinchó el condón con un macaco torneado de camisa Lonsdale mientras sonaba de fondo una sesión de Pastis y Buenri y acabó, completamente abandonada y ya sabia, en el centro de planificación familiar envuelta en lágrimas y maquillaje Hacendado. Esa misma mujer comenzó a aparecer en los vídeos de Torbe, pero también en los de su competencia, siempre con esa sonrisa tan terriblemente amarga, tan sabia, tan española, cuando nos decía, mirando a cámara: “Qué polla tan grande tienes”.

Amarna Miller -que es, en esencia, la antítesis inteligente y extraordinariamente brillante de las mujeres avergonzadas del porno de la crisis española- supo que había que darse el piro, trabajar fuera, generarse imagen de marca, hacer del propio sexo el branded content de una fantasía políticamente correcta, sin inhibiciones capitalistas. Por debajo de ella, la legión de pornstars españolas que, en su cuenta de Twitter, cuentan con cinco mil seguidores comprados y ofrecen sus servicios exclusivos a base de webcam. Alguna chavalada quiere pagarle fantas a base de tuits, y ellas responden con ingenuidad torpe. Lo mismo te cuelgan una foto sensual que una frase motivadora, que una petición de ayuda con los papeles de la renta, que un enlace a un video de YouTube lacrimógeno lleno de niños pobres, que una invitación para ir a verla en un show de un salón del porno de tercera regional.

El nuevo porno español, quiero decir, es un porno injertado en la vida misma. La putrefacción nacional misma. Contradictorio, sucio, pobre. Un porno amateur como el que practican, por ejemplo, Bruno y María, los grandes herederos al imperio efímero de Torbe. No sé si ustedes han visto alguno de sus vídeos, pero son auténticas piezas de cine social patrio. Un Ken Loach, unos hermanos Dardenne que se pasean por la geografía española inventando historias de una pobreza visual y física aterradora, rodando los polvos más tristes y grises del mundo. Siempre desde fuera del encuadre, la voice over del tal Bruno, atruena con un marcado acento gallego. Bruno es el meganarrador total, el hombre que ordena, el que presenta a los tardoadolescentes o a las mujeres maduras que follan frente a la cámara. Comenta, con simpática cercanía y una incorrección política total, todo lo que ocurre, por si acaso algo se le escapa al espectador. “Cómo te lo estás pasando, ¿eh, chaval?”. Y el chaval, por lo general un veinteañero con problemas de erección y mirada aterrorizada, balbucea torpemente un tópico machista, cañí, como muy de hombre, de muy español y de mucho español.

Lo de Bruno y María es, definitivamente, la gran fiesta de nuestro cine. La peli que podría ganar todos los Goya. Toda una legión de cuerpos extraordinariamente reales, sin ningún tipo de narración, avergonzados, muertos de miedo, retratados en encuadres mal construidos, como si la cámara no supiera muy bien si captar el rostro o el sexo, el detalle o la generalidad. Las felaciones torpísimas y apresuradas, como de polvo por obligación un miércoles por la noche, los cunnilingus atragantados y faltos de espectáculo. En ocasiones, por razones que se me escapan, la acción se muestra mediante cámaras fijas que, desde los ángulos más inverosímiles, retratan distanciadamente el acontecimiento, casi como si accediéramos a las grabaciones prohibidas de un fanático de la mirada.

El nuevo porno español rueda en escenarios que, de pura pobreza, ya no tienen ni muebles de Ikea. Las camas, los sofás mal tapizados, las sábanas rasposas y amarillentas de más de dos décadas. Muchas veces fornifollan con la televisión encendida, escuchando de fondo el Sálvame Limón de la tarde -lo juro-, y así se filtran los torpes gemidos de la concurrencia con las imprecaciones, sin duda mucho más profesionales y apasionadas, de los tertulianos. En Sálvame se habla mucho de quién se folla a quién, y en Bruno y María se folla directamente sin la palabra, porque la palabra otorgaría una narratividad, una coherencia –“Cómo te lo estás pasando, ¿eh, chaval?”– incompatible con ese chavalín que quería ser Cristiano Ronaldo pero se quedó enganchado en la clencha inminente de la barriada. Qué risas con los compadres del barrio cuando les conté que iba para actor porno y qué tristeza histórica, qué lamentable fracaso -ríase usted de la Armada Invencible- cuando tuve que dejar el set fláccido, abatido, y sin llegar siquiera a eyacular. Muchos vídeos patrios cierran bruscamente antes incluso del money shot porque allí queda claro que no hay coherencia narrativa, clausura. Final abierto, puro David Lynch, queda dicho.

La bienpagá del extrarradio apura la chusta de sus sueños infantiles, sueña con pagarse un iPhone 6S después de otros dos números lésbicos y se sube heroicamente el tanga lumpen, Dios la bendiga. Cierra los ojos y aunque se juró a sí misma que nunca iba a hacerlo, tras la penetración anal, suspira. Suspiros de España.