“Castilla miserable, ayer dominadora / Envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. Los inmortales versos de Antonio Machado datan de 1912, pero ¿conservan todavía su vigencia en el 2016? ¿No se ha modernizado España a toda velocidad? ¿No presumimos de tener hoy la generación mejor preparada de nuestra historia? Pues hagamos una prueba: acerquémonos a algún corrillo en un bar, por ejemplo, de Madrid y empecemos a hablar de cultura. Muy probablemente, alguien nos frenará y nos dirá que no nos pongamos “intensos” o que nos dejemos de “postureo”. Y eso es porque en buena parte de España (no solo Madrid) sigue existiendo una mentalidad antiintelectual marcada a fuego en el inconsciente colectivo.

Es este un fenómeno que trasciende el elevadísimo índice de fracaso escolar y que va más allá de esos “ninis”, “tetes” y “chonis” que campan por nuestras discotecas y televisiones. También va más allá de Belén Esteban, Mario Vaquerizo, Ylenia y otros ilustres ignorantes convertidos en ídolos de masas, que no tienen culpa de nada y que a mí, personalmente, me hacen gracia y me entretienen. Es una mentalidad transversal, arraigada por igual en una parte de esa generación supuestamente tan bien preparada: hombres y mujeres con títulos universitarios, inteligentes y buenos profesionales de lo suyo (lo que sea), pero que viven de espaldas a la cultura, desconfían de los cineastas, artistas e intelectuales “que subsisten gracias a las subvenciones” y se mueven en ambientes donde predomina el critiqueo, la queja, el prejuicio y, en fin, la mediocridad total.

A un observador imparcial y tan lúcido como el francés Michel Houellebecq, este detalle no se le pasó por alto durante el periodo que duró su relación con una novia española. En La posibilidad de una isla, una novela cuya acción tiene lugar en el Madrid de la burbuja inmobiliaria y la euforia económica precrisis, escribe: “A los españoles no les gusta nada la cultura en general, es un terreno que les parece profundamente hostil. A veces tienes la sensación, cuando hablas de cultura, de que se lo toman como una especie de ofensa personal”.

¿De dónde viene esta anomalía? Para entenderlo, hay que remontarse al siglo XVI. La gran mayoría de las capitales europeas (Londres, París, Berlín, Roma, Viena…) se construyeron al lado de ríos navegables o del mar, para poder estar en contacto con el exterior y facilitar el comercio (entonces no había autopistas, trenes ni aeropuertos). En cambio, Madrid se levantó en una zona de difícil acceso y lejos de cualquier río navegable. Desde 1561, la corte vivió aislada de los flujos comerciales y económicos, y por extensión de las ideas nuevas. A la católica y apostólica España solo le importaba comunicarse con Dios. La ciencia y el estudio fueron prohibidos para reforzar el pensamiento único. Y poco a poco, la intolerancia y el inmovilismo se trasladaron a la mentalidad autárquica del españolito medio, manteniéndose así hasta la muerte de Franco. Desde entonces, la férrea moral católica ha sido derrotada en el terreno sexual: las mujeres y los gays nos hemos liberado y la gente lo ha aceptado sorprendentemente rápido. En ese aspecto, somos más modernos y felices. En otros ámbitos, en cambio, seguimos más o menos igual.

España, siglo XXI. El cultureta (término ya de entrada despectivo) es un personaje antipático, un individuo gris y coñazo que mira a la gente por encima del hombro, se cree superior al resto, no tiene nada que aportar a nuestra vida y está ahí, básicamente, para restregarnos lo mucho que sabe de todo. El cultureta ve películas rumanas o iraníes, lee libros raros y escucha discos que nadie conoce, aunque socialmente puede ser aceptado si oculta sus inclinaciones en público y demuestra ser tan humilde, sencillo y “normal” como el resto de la gente “normal”. Todo esto da bastante pena, aunque es casi igual de triste comprobar como en este ambiente intelectualmente anodino, determinadas personas con inquietudes y curiosidad no aceptan que deben hacer un esfuerzo para que les interesen determinadas cosas. Todo tiene que ser entretenido y fácil. Es raro encontrar a alguien que admita que existe un nivel de sofisticación al que no llegas si no pones de tu parte, que esté dispuesto a lidiar con libros, discos, series o películas que no le entren a la primera. Sin ir más lejos, el crítico de cine más importante de España, que publica en el diario más prestigioso y antes lo hizo en el segundo por orden de influencia, basa la mayoría de sus crónicas en decir la cantidad de veces que mira el reloj durante una proyección y si lo que ve le aburre mucho, poco o nada. ¿Podemos imaginarnos algo así en el New Yorker, Le Monde, The New York Times o The Guardian? Imposible. Si pasa en este país es por algo.

En el fondo, todo esto es consecuencia de una sociedad que no premia el esfuerzo y el mérito sino el capital social, es decir, de qué familia vienes, qué amigos tienes o quiénes son tus padrinos. Un sistema de reclutamiento laboral que sigue vigente en España desde hace siglos y que desprecia la formación para dar prioridad a parientes, coleguis o compañeros de partido. La subordinación de la eficiencia a la afinidad personal, la necesidad de hacerte amigo de quien te va a contratar, hace que los empleos y los puestos de responsabilidad sean ocupados muchas veces por trabajadores menos cualificados que los que se quedan fuera. Y a esos trabajadores no les gusta nada que les recuerden su falta de aptitudes. De ahí que la figura del listillo (otro diminutivo que se utiliza con desprecio) esté tan mal vista, al contrario que en países con mercados laborales realmente competitivos, como Estados Unidos o Alemania.

Hasta que este país no se convierta en una sociedad meritocrática de verdad, en la que se recompense la inteligencia, el conocimiento, el talento y la capacidad de trabajo, esta mentalidad colectiva va a seguir existiendo. Y esa transformación no se va a producir en un año ni en una legislatura ni, probablemente, en una generación. ¿En qué punto estamos? Pues perdiendo posiciones. Con la excusa de la crisis, el gobierno de Rajoy ni siquiera intentó disimular su desprecio por la cultura y la ciencia. Con recortes salvajes en los presupuestos, volvieron a hacer vigente la máxima de Unamuno del “¡Qué inventen ellos!” (una coletilla por encima del hombro tanto a los individuos creativos en lo cultural como a los departamentos de I+D del ámbito científico). Poco a poco, tras el espejismo de los años ochenta y noventa, España está volviendo a ser irrelevante intelectualmente en el contexto internacional. Así que, o empezamos a cambiar de actitud y aceptamos que sabemos menos de lo que deberíamos, o volvemos al oscurantismo y el aislamiento, que es algo que se nos da requetebién.

Por qué
España odia a los intelectuales.
Por Oscar del Pozo.

Por qué España odia a los intelectuales – O Productora Audiovisual

Ilustración por Manuel Clavero