¡Tu pistola
no me mola!

2ª Parte

Por

Joan
Pons

En el párrafo final de su artículo sobre armas y música popular posteado hace unas semanas, Jaime Gonzalo terminaba cursando una invitación oficiosa: que otra persona se animara a completar esta cartografía de pistolas y canciones porque en su trabajo de campo se había dado cuenta que una cosa era el mapa que él estaba dibujando y otra muy distinta el territorio. Así que yo mismo me he agachado a recoger el guante y prorrogaré su texto partiendo de una certeza similar: siempre se nos va a quedar mucho más fuera que dentro. Por eso, esto no es el tomo II de ninguna enciclopedia, sino un artículo en paralelo que explora otras zonas de la fascinación del pop (y otras muchas músicas) por las armas de fuego.

Bang Bang!

Si de verdad quisiéramos empezar por el principio, ahora mismo estaríamos retrocediendo hasta la Overtura 1812 de Tchaykovsky, en la que se encuentra la primera incorporación de cañonazos (tocados por trombones) dentro de una partitura musical. Pero, si Quentin Tarantino (a quien una armería le atrae tanto como un jukebox) consideró que no había mejor principio que Bang Bang de Nancy Sinatra para iniciar Kill Bill, ¿quién me creo yo ahora para tratar de encontrar una pieza de apertura mejor? Además, la referencia a esta canción sobre cómo los disparos inocentes de un juego de niños se vuelven más serios en la edad adulta cumple dos propósitos en este texto: 1) ilustrar la integración de las armas en nuestras vidas desde la era de los columpios en un sentido cultural-lúdico y 2) como correspondencia rápida e incluso obvia entre el tándem sixties de Lee Hazlewood-Nancy Sinatra y Serge Gainsboug y la partenaire que tocara. ¡Ay, el feo-bello Serge, cómo le gustaba agarrarse a una empuñadura al muy bandido! En portadas, proto-vidoeclips, fotos promocionales o letras (Shotgun, Pistolet Jo, La Marsellesa rebautizada en clave reggae como Aux armes et caetera…), siempre consideró las armas de fuego como un elemento de atrezo fundamental para su talante de agent provocateur. El pop frivolizando el peligro y ¿el peligro rebajándose a la inocuidad pop?

Sonó un disparo como un cañón

Aunque este principio onomatopéyico repose en la canción de Nancy Sinatra, hay otros disparos de cómic en un título de canción de los sesenta igual de míticos: los de Joe Cuba y sus dos balazos boogaloo. Un tiroteo entre el latin jazz y la salsa que anticipaba la querencia por acariciar el gatillo que muchos de los artistas latinos con padrón en Nueva York tendrían después. El tándem Willie Colón y Héctor Lavoe, sin ir más lejos, construyeron toda la imagen de los primeros años de su carrera en torno a un look gangsteril, cuando eran un par de pipiolos que querían parecer más adultos de lo que eran para que el stablishment nuyorican se los tomara en serio. Casi todas las portadas de sus discos a medias incluían alguna referencia al cine negro. Quizá por eso, sus canciones, como decía Francisco Casavella, sonaban a menudo a redada en el Spanish Harlem. Que El Barrio, en aquel Nueva York tan poco saneado por el consistorio de los setenta, era un lugar en el que había que pasear con un revolver guardado en la cartera pa’ que no estorbe, nos lo contó Rubén Blades en Pedro Navaja. Aunque en el cancionero del panameño hay otras muertes por arma de fuego que pasan muy lejos de la calle 96 a la 125: en El padre Antonio y su monaguillo Andrés el crimen está directamente inspirado en el asesinato del arzobispo Romero en El Salvador. Una canción sobre la violencia campante en América Latina que se convirtió en un canon para otros letristas con talento y voluntad de perfilar relatos (ficticios, reales, semi-ficticios o semi-reales) sobre personajes de guerrilla: las viñetas con sudor a lo Muñoz-Sampayo de Manuel Santillán, el León y Matador de Los Fabulosos Cadillacs serían un ejemplo meridiano.

La pistola y el corazón

Es casi inevitable desviarse hacía los narcocorridos si hablamos de armas y música popular en Hispanoamérica. No hay ningún otro género que dejé tanta humareda de pólvora como este. Ya desde los años treinta, las canciones que se transmitían de generación en generación por vía oral, inspiradas originariamente en los romances sobre bandoleros y aplicadas en principio a los héroes de la Revolución Mexicana, empezaron a poner el acento en el anecdotario más cruento del narcotráfico y sus protagonistas (especialmente en los episodios que tenían lugar en la frontera con Texas). Por eso, este estilo es tan difícil de acallar con ningún tipo de ley mordaza: la mitificación de la figura traficante está enraizadísima en el imaginario colectivo y la cultura a pie de calle de los norteños. Son sus periódicos de contrainformación musicales. Quien quiera ampliar este temario, puede escuchar a boleo cualquier tema (este, por ejemplo) de Los Tigres del Norte y/o acudir al excelente documental Narco Cultura. Allí se entiende por qué tiene todo el sentido del mundo que series como Breaking Bad puedan incluir un videoclip de un narcocorrido dedicado a Heisenberg como cold opening del S02E07. Y quien quiera curiosear en deformaciones radicales posteriores, puede rastrear el influjo de la tradición narco-musical en Matando güeros de Brujeria o No entiendes la onda de Cypress Hill. ¿Y aún te preguntas a qué suenan los libros de Don Winslow?

Mi UZI pesa una tonelada

Poniéndonos en perspectiva, resulta apasionante rastrear la fijación del hip hop por las armas. De hecho, da para más que un párrafo ladillado o un artículo: aquí hay material de sobra para llenar un libro o una tesis. ¿Dónde está el origen? Vale que en la crónica de la vida de un negro norteamericano, artista o no, no hay que andarse con eufemismos y si silban las balas (a veces fatalmente: recordemos el triste final de la existencia de Sam Cooke y Marvin Gaye), pues se cuenta y ya está; pero también parece existir un background histórico-musical que explica esta omnipresencia armamentística. Será porque casi todos los grandes mandarines de la música negra firmaron una BSO de blaxplotation (Curtis Mayfield, Marvin Gaye, James Brown, Bobby Womack…) o incluso la protagonizaron (Isaac Hayes); será porque la estética black panther fue un faro ético y estético para el hip hop cuando cambió el chándal y las cadenas de oro por las cananas y las uzi (Boogie Down Productions replicando la celebre foto con la carabina de Malcolm X y Public Enemy acompañándose por un cuerpo de baile paramilitar, la Security of The 1st World). El caso es que desde que apareció Straight Outta Compton de NWA encañonándonos desde la portada, desde que los disturbios de L.A. tras la paliza a Rodney King tuvieron BSO con explicit lyrics a tiempo real y desde que el gansta rap se elevó de subgénero intimidatorio a estilo hegemónico durante los noventa, empezamos a sospechar que muchos raperos pitaban de verdad en el arco detector de los aeropuertos. De hecho, algunos hasta palmaban en beefs que se les iban de las manos en la vida real o por estar metidos en entornos de gatillo fácil: Tupac Shakur, Jam Master Jay, The Notorious B.I.G. o Scott La Rock (50 Cent, Ol’ Dirty Bastard, Bushwick Bill o Scarface de los Geto Boys también encajaron plomo, pero sin consecuencias mortales). Quizá por eso, también es una de las músicas que también tiene más canciones antiarmas: señal inequívoca de que hay muchas. En cualquier caso, en el hip hop la mención a las pistolas, balas, tiroteos, etc… es casi un elemento retórico más, una marca de estilo. No obstante, la cara de susto que recuerdo que se le quedó a mi madre cuando entró en mi cuarto y escuchó la balacera inicial de Now I Gotta Wet’Cha de Ice Cube denotaba que por muy normalizado que nos parezca, samplear un tiroteo siempre es un shock.

Ratatatatá

Como si fuera un recurso de librería de audio más a utilizar alegremente, el sonido de un disparo tiene un atractivo extemporáneo y a la vez molón en la música electrónica y de baile. La época de la música disco-funk tonteando con pistolitas en los títulos (The Commodores, KC & The Sunshine Band…) se vio reducida a anécdota bisoña, comparado con los samples de metralletas de The KLF, que el día que llevaron su stadium house a los Brit Awards (acompañados, ojo peligro, de los muy poco house Extreme Noise Terror) Bill Drummond hasta aireó una AK-47 mientras mordía un puro. Si Alec Empire no decidió montar en ese momento epifánico su banda musical a imagen y semejanza de una banda armada debió ser porque en Alemania no llegaba la señal de la BBC. Aunque, bien mirado, tampoco hace falta tirar de sampler para reproducir los escupitajos de una arma de fuego, como bien saben Portishead. ¿O sí? Si M.I.A. no hubiera incluido los fogonazos y el cambio de cargador entre los préstamos de Straight To Hell de The Clash en Paper Planes, quizá no hubiera alcanzado ni el éxito global (bueno, que fuera el tema principal de Slumdog Millionaire también ayudó) ni la fama de bad girl que arrastra ya como un sambenito.

Una chica y una pistola

Corrijamos a Godard, venga, que siempre proporciona un pequeño éxtasis interno. Una chica + una pistola ya no es igual a cine. Una chica más una pistola es igual a pop. Si fuera un miembro de la Asociación Nacional del Rifle con insomnio y ganas de darme placer a mí mismo, me pasaría las noches tecleando en Google Images el nombre de las grandes estrellas femeninas del pop masivo reciente junto a firearms, guns, pistols, shotgun, machine gun, weapon, etc… Y en casi todas mis tentativas obtendría satisfacción. ¿Lana del Rey? Check. ¿Jennifer Lopez? Check. ¿Christina Aguilera? Check. ¿Britney Spears? Check. ¿Mariah Carey? Check. ¿Demi Lovato? Check. ¿Ariana Grande? Check. ¿Taylor Swift? Check. ¿Rihanna? Check. ¿Lady Gaga? Check. ¿Katy Perry? Check. ¿Miley Cyrus? Check. ¿Selena Gomez? Check. ¿Kesha? Double check, que tiene hasta una guitarra-metralleta. ¿Nicki Minaj? Check, check y check. ¡Todas! Es casi un rito de paso. Y no son montajes. Hasta rastreando a Madonna y Beyoncé, tan por libre que se diría que van, sería afortunado. Por alguna razón, las divas (y aspirantes a) mainstream estadounidenses aceptan protagonizar sesiones de fotos promocionales, videoclips o papeles en películas en los que se destina una pequeña partida presupuestaría a las armas (y solo parece cosa yanqui: a Adele no la busques por mucha canción para 007 que tenga; ni a Shakira, a pesar de que en Colombia también hay tradición). Las que tienen un pasado como teen idol, seguramente, entienden que es un atajo tan rápido hacia la vida adulta como el de la hipersexualización. Y las que no necesitan decir adiós a la inocencia tan a la tremenda saben que es un complemento que denota poder y, según como, puede parecer una usurpación de cierto cetro simbólico machirulo: las armas como extensión fálica de ciertos artistas masculinos con complejo sobre su virilidad. ¿Bikini Girls with Machine Guns (con barras y estrellas de fondo) que decían The Cramps? Más bien, echemos la culpa a Harmony Korine y el numerito de Spring Breakers al son de Britney Spears. Maldita sea, al final, tenía otra vez razón Godard…

Thriller coreano

Disfraces de espía de Halloween, asaltadoras tutti colori de bancos, femme fatales under 18, aprendices pop de Bonnie Parker, súper-nenas con licencia para disparar… todos estos disfraces están en el departamento de vestuario de los videoclips del girl-pop coreano, a menudo en su fase teenager. El K-pop, tan de plastiquillo, azucarado e inane como podría parecer, tiene en las pistolas-juguete (o no) uno de los elementos fundamentales de su imaginario. En este caso, por eso, predomina cierta voluntad de artificio, espantando cualquier verosimilitud y abrazando una especie de fetichismo casi anime. Cuando 24K, Block B, MBLACQ, Dal Shabet, Secret, Trouble Maker o 2NE1 hacen aparecer una pistola en sus videoclips, la sensación de extravaganza pop, sexy, cool y a la postre inofensiva está siempre presente. Es un carnaval consciente. Juegan con cañones, tambores y empuñaduras igual que lo hacía Nancy Sinatra de niña al principio de la letra de Bang Bang. Si los thriller coreanos de Bong Joon-ho o Park Chan-wook a menudo nos desmontan con salidas de tono aparentemente bobas, el K-pop también nos desarma, paradójicamente, cuando aparece armado.

Armas cálidas

Revólver. Esa es la palabra clave para entender que las pistolas tienen legitimidad también en el pop. No es que ahora nos vayamos a poner a reivindicar a la banda de pre-brit-pop de ese nombre (ni mucho menos a Carlos Goñi). Pero si The Beatles titularon así uno de sus discos de la verdad (los mismos que después soltarían aquello de Happiness is a Warm Gun), no vamos a caer ahora en el cliché de que las armas de fuego no caben en este estilo supuestamente manso y blandengue en contraste con el rock, una música que el tópico dice que es mucho más para machotes, dura y peligrosa ¿no? De hecho, incluso un grupo tan anti-rock como Prefab Sprout tiene un tema con metralletas, Machine Gun Ibiza (otra mofa del santoral rock; en este caso recibe Hendrix, tras sus befas a Elvis o Springsteen). A partir de ahí, podemos empezar a cursar estudios de balística a partir de temas de Sparks (pioneros sampleando tiros), Adam & The Ants y su Dick Turpin new romantic, The Jam arreándole al vivero nepotista de Eton, Duran Duran, New Order y la pistola con la que no vieron que jugaba Ian Curtis, The Jesus & Mary Chain en plan T.Rex, 10.000 Maniacs, Tori Amos, Gorillaz, Grizzly Bear, Dirty Projectors, The Radio Dept e incluso tótems del pop-rock FM como Depeche Mode o U2. Demasiados ejemplos como para considerarlo excepciones a la regla.

Balas perdidas

En realidad, tenía razón Jaime Gonzalo: el campo es tan vasto que no cabe en el cuadro. Es divertido intentar encajarlo, por supuesto. Pero, ¿dónde metemos a francotiradores como Tom Waits, Rage Against The Machine, Kate Bush, John Zorn y sus Naked City (las fotos de crímenes en la ciudad de Weegee de su primer disco aún hielan la sangre), Lemmy y sus vicios coleccionistas (hasta un tanque tenía, el tipo), Today Is The Day (Steve Austin tiene una colección de armas valorada en 200.000$), la Comida china y subfusiles o el Rifle de repetición de Surfin’ Bichos o The Pogues, que tienen varios temas pistoleros (este, este o este) e incluso se metieron en el papel de banda de forajidos mexicanos (intoxicados etílicamente, por supuesto) en aquella gresca spaghetti-western de Alex Cox, Directos al infierno? ¿Deberíamos de habernos acordado, ya que estamos con el western pop, de La Frontera o Los Pistones? Como esto empieza a parecer ya una pedrea de nombres citados a lo loco (por otro lado, un final de artículo al estilo ensaladera de tiros a lo Sam Peckinpah) lo más sensato es echar el freno. De nuevo, si alguien se envalentona a meterse como nosotros en esta trinchera y trae munición para una tercera entrega, bienvenido es.