#Oscar
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por Eulàlia Iglesias

Las nominadas (o no) a la próxima edición de los Oscar ponen de manifiesto un resurgir del cine afroamericano justo en el ocaso de la era Obama.

En Enmienda XIII, el documental de Ava DuVernay que traza una línea recta de continuidad entre la esclavitud y el sistema penitenciario estadounidense, se cita El nacimiento de una nación  como uno de los hitos en la construcción de un relato estigmatizador que identifica a los afroamericanos como presuntos criminales. Según la tesis del film, la enmienda en cuestión que abolía la esclavitud dejaba un resquicio abierto a mantenerla a través de los trabajos forzados de los presos. Así, los afroamericanos liberados podían volver a ser utilizados como mano de obra gratuita si eran declarados fuera de la ley. El film fundacional de la narrativa clásica y uno de los primeros blockbuster de la historia fijó de manera determinante la imagen del joven afroamericano como amenaza y peligro para la sociedad blanca.

El documental de DuVernay es uno de los cinco nominados al Oscar en una edición en que tres de los cinco largometrajes de esta categoría se centran en cuestiones raciales: también compite la magna obra televisiva de Ezra Edelman OJ: Made in America, título clave para entender los Estados Unidos contemporáneos, y I Am Not Your Negro, el homenaje que rinde Raoul Peck al legado de James Baldwin. Aunque la película que en principio estaba destinada a compensar los #OscarSoWhite de la pasada edición era precisamente El nacimiento de una nación de Nate Parker, un film que apela desde su título a una contralectura racial del clásico de D.W. Griffith. Parker recupera un tema sobre el que el cine de Hollywood siempre ha pasado de puntillas, y plasma el sadismo de los blancos esclavistas hacia sus víctimas a través de algunas escenas literalmente insoportables de ver. Pero el director y también protagonista nos sirve al final el enésimo cuento épico al servicio de un héroe iluminado y mesiánico. Su película se ajusta al dedillo a las convenciones más tópicas de ese relato clásico consolidado por Griffith que supuestamente Parker pretendía subvertir. Incluso el baño de sangre final cuyo estallido se cocina a lo largo de todo el metraje precedente resulta, y que nos perdone Spike Lee, mucho menos catártico y rabioso que el de Django desencadenado de Quentin Tarantino.

La alternativa que ha encontrado Hollywood a El nacimiento de una nación, cuya trayectoria hacia los Oscar se vio empañada por el escándalo extracinematográfico que implica a Parker en un caso de violencia contra las mujeres, es Moonlight, de Barry Jenkins. Se trata de un film menos rompedor y excelso de lo que nos venden, pero que al menos intenta acabar, desde una perspectiva queer y los postulados estéticos del indie, con cierto imaginario en torno a la masculinidad afroamericana. También es todo lo convencional que se podía prever Figuras ocultas de Theodore Melfi, la reivindicación de las científicas negras que contribuyeron al despegue de la carrera espacial en Estados Unidos. A la manera de Criadas y señoras, Figuras ocultas responde a ese modelo de película que pretende denunciar el racismo sin incomodar al público blanco. En la escena más significativa de la película, la protagonista que encarna Octavia Spencer entabla una conversación con su supervisora blanca, a la que da vida Kirsten Dunst, en el lavabo ahora común después de que sus jefes hayan eliminado la segregación racial en la NASA. La superiora le asegura que, “a pesar de lo que creas, no tengo nada en contra vuestra”, a lo que Dorothy responde “estoy convencida de que así lo piensa usted” . Este reproche hacia tantos blancos que se adhieren banalmente al racismo estructural sin sentirse ellos mismos racistas cae en el vacío en tanto los personajes blancos pensados para que los espectadores se identifiquen con ellos, John Glenn y el jefe que interpreta Kevin Costner, resultan aliados de la lucha de las afroamericanas. El éxito de Figuras ocultas contrasta con la discreta acogida de un film mucho más interesante, Loving, en que Jeff Nichols inscribe sin aspavientos un hito de la lucha por los derechos civiles en ese imaginario de una América profunda, digna y popular que cada vez resulta más difícil de encontrar en el cine estadounidense. Con sus logros y contradicciones, estas y otras películas cubren en parte cierto vacío cinematográfico en lo que a un cine desde y sobre el imaginario afroamericano se refiere. De eso, la necesidad de un arte en el que puedas espejar tu propia experiencia, habla en parte Michelle y Obama, la interesante comedia romántica de Richard Tanne que reconstruye libremente la primera cita entre el ex presidente de Estados Unidos y su esposa. En su primer día juntos Barack y Michelle van a ver Haz lo que debas de Spike Lee, un hito en ese sentido, que sí fue tal cual en la realidad. Paradójicamente, la (pen)última película de Lee, Chi-Raq, una combativa actualización de la Lisístrata ambientada en el Chicago actual que produjo Amazon, apenas ha tenido recorrido por los cines comerciales, menos fuera de su país. Son las contradicciones del cine afroamericano que ha resurgido justo en la última etapa del mandato de Barack Obama.