Viernes,
2 de diciembre,
2016

NETFLIX

B. de Mille:

Las series en la era de
los nuevos ricos.

Por Begoña Gómez Urzaiz

Netflix B. De Mille: las series en la era de los nuevos ricos – O Productora Audiovisual

Que se note que la casa es grande.

Solo la gente con muy poca imaginación ha comparado The Crown, la serie de Netflix sobre Isabel II, con Downton Abbey. Para empezar, al lado de The Crown, Downton Abbey es una webserie de Flooxer hecha entre amiguetes. Con un presupuesto de ciento quince millones de euros por temporada (en libras queda mejor, cien millones redondos y rotundos), The Crown es por el momento la producción más cara de la breve historia de Netflix, lo cual tampoco es decir mucho, porque hasta hace dos días ostentaba el récord The Get Down, la opereta hip hop de Baz Luhrman.

Todo en esta ficción que dirige Stephen Daldry respira dinero. ¡Tienen hasta un elefante cabreado haciendo un cameo, por dios santo! Avionetas, muchedumbres con centenares de extras perfectamente vestidos de época, réplicas de los interiores de Buckingham Palace, Clarence House, Downing Street y Chartwell, la casa de Winston Churchill. Salió por doscientos treinta mil euros poner en funcionamiento un auténtico tren a vapor; se tardó seis semanas en coser el traje de novia de la reina, que costó comparativamente más que el original, y se rodaron escenas en lugares como la catedral de Ely, que pasa por Westminster Abbey en las escenas de la boda real, Slain Castle y Ardverikie House en Escocia.

Netflix B. De Mille: las series en la era de los nuevos ricos – O Productora Audiovisual

Netflix, coronándose
como reyes de la Peak Tv.

Es cierto que difícilmente se podría haber filmado la vida de la corte de otra manera y que no iban a marcarse un Dogville escribiendo “Buckingham” con tiza en el suelo, pero llega un momento en que el gasto deja de ser una elección meramente estética. La monarquía británica basa su misma existencia en el oropel y en la circunstancia que lleva implícita la pompa, como le recuerdan a menudo la reina madre y la reina abuela a Isabel II en la serie. Cuando coronan a sus reyes, que son también cabezas de la Iglesia anglicana, en una abadía con un manto de armiño como los de los cuentos y una corona de oro de verdad, y no en un acto parlamentario con el protocolo de una boda civil, como vimos por aquí hace año y medio, lo hacen por algo. Y Daldry y el único guionista que se ha escrito toda la serie, Peter Morgan, a quien se le dan muy bien las crónicas del establishment (Frost/Nixon, The Audience), han tirado por el mismo camino. La producción obnubila de tal manera -nadie dice que se hayan gastado mal el dinero: hay que ser muy cenizo para no emocionarse con Act of God, el capítulo que recrea la espesísima bruma mortal que descendió sobre Londres en 1952, o con las escenas en Escocia, que lucen una hipnotizante paleta de colores entre Constable y Douglas Sirk- que uno tarda el doble o el triple en reconectar con su sentido crítico, caso de tenerlo. Todo esto, además, queda exacerbado por el método Netflix. Esa ruedita que inicia la cuenta atrás en cuanto acaba un episodio: “El siguiente capítulo empezará en veinte segundos. ¿Quieres seguir viéndolo?”. Cómo no, Netflix, ya dormiré cuando esté muerta. Después de tres o cuatro episodios, ¿quién está lo suficientemente despierto como para reflexionar? Para pensar, por ejemplo, en que Morgan pinta una Casa Real de gente falible pero en última instancia cumplidora y sacrificada ante su pueblo, que siempre mira por su bien, unos déspotas ilustrados que, bien mirado, no son ni déspotas ni ilustrados. Isabel II queda retratada como una joven no demasiado brillante pero sí voluntariosa, responsable, abnegada y, como se decía cuando no había gobierno -qué locos días aquellos, ¿eh?- “con sentido de estado”. Toneladas de sentido de estado.

Netflix B. De Mille: las series en la era de los nuevos ricos – O Productora Audiovisual

La ficción excediendo
en presupuesto a la realidad.

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Black Mirror, SO3E06:
noventa minutos son demasiado
incluso para Charlie Brooker.

En The Crown, la sobreabundancia de medios acaba siendo un problema y distrayendo a todos los implicados del que debería ser su objetivo principal: contar una historia muy interesante (cómo una abdicación y un cáncer colocan a una chica tímida y poco preparada a la cabeza de un Imperio que se desmorona mucho antes de lo que nadie esperaba), hacerlo con destreza y equilibrio, y prestar algo de atención y cariño a los conflictos entre los fascinantes personajes que pululan por la corte.

The Crown no es la única serie de Netflix, nos atrevemos a decir, que sufre de esa grave dolencia, el exceso de dinero. Aunque Charlie Brooker sigue en forma, a Black Mirror tampoco le ha caído del todo bien el traslado del Channel 4 a la web de streaming, con el aumento de presupuestos y la ausencia de normas rígidas que eso conlleva. El sexto capítulo de la tercera, Hated in the Nation, ¿de verdad necesitaba durar noventa minutos? En las temporadas uno y dos, los episodios, que estaban regidos por las exigencias de la televisión tradicional, duraban cuarenta y cinco minutos. En la tercera, el más corto pasa de los cincuenta, y la narración no siempre lo justifica. Hacia el minuto veinte de casi todos ellos, cuando el espectador ha entendido la premisa y todo debería conducirse al clímax, el ritmo se ralentiza.

Los episodios extralargos son una marca de la llamada Peak TV, la era televisiva en la que habitamos, caracterizada por el exceso. De series, de opciones, de dinero, de minutaje, de recaps, de todo. Un fantástico problema el que tenemos los espectadores, desde luego.

Amazon y Netflix, los nuevos power players de la Peak TV, nos están dando grandísimas horas de ficción audiovisual pero de alguna manera se están comportando como nuevos ricos que quieren tenerlo todo y tenerlo ya. En nada se ve tan claramente como en su compulsión por fichar a grandes directores. ¿Que tienes a Luhrmann? Pues yo a Whit Stillman. Veo tu David Fincher y te subo un Woody Allen. Cuando Roy Price, vicepresidente de Amazon Studios, anunció este último fichaje, el cineasta contribuyó así al comunicado: “No sé como me he metido en eso. No tengo ninguna idea y no sé por donde empezar. Creo que Price se arrepentirá de esto”. Más tarde, dijo en varias entrevistas, como en ésta en , que se había arrepentido cada minuto de su acuerdo con Amazon en el que el gigante del comercio online le pedía que hiciera “lo que quisiese” por “mucho dinero”. Una vez estrenada Crisis en seis escenas, casi todos los críticos han entendido que Allen no exageraba cuando decía que no ve televisión y que no sabe muy bien cómo funciona.

Las cadenas que tradicionalmente han dominado el negocio de la llamada ficción de calidad también han entrado en esa espiral, pero aún conservan ciertos reflejos de autocontrol. HBO se pilló los dedos con Vinyl (¡Scorsese!, ¡Jagger!, ¡cancelada tras la primera temporada!) y echó para atrás Utopia cuando Fincher, precisamente, exigió más de cien millones de dólares. Después fue y se los gastó en Westworld, un ejemplo de que, a veces, pero solo a veces, el dinero a espuertas sí que le sienta bien a la tele.

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Crisis in Six Scenes,
tomándole el pelo a Woody
y…¿al espectador?

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Vinyl, presupuesto inversamente
proporcional a creatividad.

Westworld, así sí que sí.

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