Moda y estética
post soviética

Por Víctor M. Hidalgo

Hacia una estética

El 23 de Marzo de 2016, la usuaria de Instagram conocida como @sarahfuckingsnyder, que actualmente cuenta con 1,2 millones de seguidores, subía una foto a su cuenta con una camiseta de DHL sentada sobre el guardabarros de una camioneta de reparto de esta misma empresa de mensajería.

Desde entonces, la camiseta de DHL se ha convertido en uno de los fenómenos recientes más comentados en el mundo de la moda. La reapropiación de símbolos comerciales no es algo nuevo y remite inmediatamente a un enfoque warholiano, crítico pero a la vez inmerso en la cultura de masas. La diferencia en este caso es que dicho enfoque parte de un lugar distinto: el extinto bloque soviético.

Demna Gvasalia tiene treinta y cinco años y es un diseñador de origen georgiano, la cabeza visible tras la marca Vetements. Esta se posicionó como uno de los primeros colectivos en llevar la antimoda al mundo de las pasarelas. “Down to Earth is the new black”, según sus propias declaraciones. Una escalada trepidante que tuvo su punto álgido en el primer desfile de Balenciaga en 2017, compañía donde asumió a finales de 2015 la posición de diseñador jefe.

Entre los colaboradores habituales de Demna, quien dirige la marca junto a su hermano Guran y cinco amigos más, se encuentran otras personalidades que en cuestión de un par de años se han posicionado como baluartes dentro de un nuevo enfoque en la moda contemporánea. Su poder reside en la transformación y el reembalaje de elementos pop: la mezcla casi imposible entre alta costura y street, un traje y un chándal; por poner solo un ejemplo. Y casi todos ellos proceden de países que formaban parte de la Unión Soviética.

Es obvio que existe actualmente una revisión arqueológica de los años noventa en el mundo de la moda, pero ¿cuál es la visión de alguien que los vivió a la escasa edad de diez años, cuando su país se sumergía por primera vez en el capitalismo? Si había algo eminentemente soviético, sus raíces se trataron de extirpar y en esas grietas creció el germen de la actual Rusia.

La sociedad abrazó lujo y opulencia después de casi setenta años de austeridad, una transformación de valores que llevó al país, uno de los países europeos que más tarde redactó su primera constitución, hacia el hipercapitalismo.

What they call post-soviet youth

Anastasiia Fedorova es redactora para publicaciones como DAZED, I-D o BROADLY. En noviembre del año pasado compartía una imagen en su cuenta de Instagram afirmando la dificultad de los pueblos del este para mantener una amistad duradera. La misma sensación que sentí el verano pasado en Kiev frente al Friendship’s Arch. Estos decorados fantasmagóricos de unión entre pueblos con identidades sociales tan diversas se han convertido en puro atrezo, monumentos pasto de hordas de turistas interesados en la gloria y declive de la URSS.

Fedorova publicó también al cierre de American Apparel un artículo acerca de un cambio en su percepción del cuerpo femenino a través de los anuncios de dicha marca, no sin afirmar que representaban una objetificación del cuerpo de la mujer, pero apelando también a la lógica del trabajo sweatshop free, los derechos LGBT y modelos que parecían personas de verdad.

Parece que después de veinte años del turbulento desmembramiento de la URSS ha nacido una nueva bocanada de libertad y aire fresco. George Keburia también nació en Georgia. Su colección A/W 16/17 ahondaba en la guerra civil que el país vivió entre 1988 y 1993 y en el actual clima de homofobia para trazar una campaña antibélica y abiertamente queer. La Tiblisi Fashion Week se ha convertido en uno de los referentes a seguir y como podéis observar no es algo casual.

Pero, ¿qué nos dice este fenómeno acerca de lo ruso? ¿Qué otros elementos de la estética y la sociedad soviéticas están viviendo una reevaluación ‘post’?

Malevich, Marlboro.

Encontrando rastros de contaminación entre occidente y el bloque soviético, me vino a la cabeza esta imagen perteneciente a la obra de Aleksander Kosolápov, pintor y escultor nacido en Moscú en 1943. Kosolápov emigró a Estados Unidos en 1975 y desde entonces ha trabajado y vivido allí, realizando una feroz crítica no solo a su país de origen sino también a su país de adopción.

Kosolápov es el pintor de la perestroika. A través de la utilización de iconos capitalistas, soviéticos y de la cultura pop, equipara el poder del capitalismo, el cristianismo y el comunismo durante los años ochenta como una misma cosa. Pero cabe preguntarse, ¿dentro de esta iconicidad subyace una beatificación de los símbolos? Si Kosolápov convierte a los tiranos en iconos pop similares en dimensiones a Elvis o Marilyn Monroe, observemos ahora esta sudadera comercializada por Vetements.

Moda y estética postsoviética – O Productora Audiovisual

¿Qué subyace dentro de los símbolos cuando ya no simbolizan nada? En estas aguas de contaminación semiótica es donde Vetements y otros diseñadores contemporáneos nadan con total soltura.

Las Villas Potemkin

En la época de Catalina la Grande, los pueblos Potemkin simbolizaban uno de los primeros simulacros de la historia. El mariscal de campo enseñaba a la zarina pueblos completos desde una colina cuando en realidad solo eran bastidores. Fachadas sin interior en la desolada Crimea. Desde hace años Gosha Rubchinskiy comercializa pseudo-bootlegs reutilizando patrones de Tommy Hilfiger, entre otros. La espiral se retuerce cuando marcas como Fila o Kappa le piden que diseñe prendas para ellos.

Cuando el valor de lo ruso residía en la austeridad como parte también de un simulacro, la mujer de Gorbachov fue ampliamente denostada no solamente por el pueblo sino dentro de propio apparatchick por vestir a la moda. La truncada idea de Gorbachov de un socialismo con oferta y demanda, que sin embargo China sí ha sabido integrar a su manera, fue uno de los motores que destruirían la URSS. El otro fue paradójicamente la glásnost, transparencia.

En 1998, a menos de diez años desde que Rusia abrazase el capitalismo, Helena Goscilo resumía esta idea en S(t)imulating Chic: The Aestheticization of Post-Soviet Russia. En ese año el ruso gastaba de media más dinero en perfume y maquillaje que en desodorante.

Esta fascinación kitsch por el lujo y la ambición se ve muy representada en la figura de Lotta Volkova, a quien Vogue nombró recientemente como una de las estilistas más influyente del mundo. En su Instagram puedes observar su vocación trash, su voluntad por el contraste y sus maravillosos #aboutlastnight donde retrata el glamour y la decadencia desde dentro del aparataje de la industria de la alta costura.

Opulencia como modo de vida tras setenta años de frugalidad. En esta esquizofrenia negacionista del pasado, hay muchos aspectos contradictorios.
Por poner solo un ejemplo: en el documental de la BBC Trippin’ with Zhirinowsky, realizado por Paweł Pawlikowski en 1995, el principal opositor de Boris Yeltsin daba mítines sobre la necesidad de un trabajo para todos los rusos mientras surcaba el río Volga en su yate privado.

Lumpen
nombre masculino
1.
Grupo social urbano formado por los individuos socialmente marginados, como indigentes, mendigos, etc.

Vsevolod “Sever” Cherepanov forma parte del roster de esta agencia de modelos y ha desfilado para Gosha Rubchinskiy y Walter Van Beirendonck, entre muchos otros. Este bully afeminado transforma la imagen del joven ruso de extrarradio con camiseta de tirantes y cadenas. O la utiliza para decir algo distinto. Dentro de esta fractura social ahora es el lumpen quien quiere su parte del pastel vendiendo su propia imagen de lumpen. ¿O acaso estamos viviendo una estetización de la pobreza? En cualquier caso, no es casualidad que la marca personal de ropa fundada por Sever se llame RUSSIAN MAFIA NEW WORLD ORDER.

Serp i Molot

La hoz y el martillo se convierten en otra marca, las botas se transforman en pantalones, el logotipo del socialista Bernie Sanders es ahora inspiración para Balenciaga, los caracteres cirílicos han adquirido un valor estético similar al de los kanjis en la cultura occidental. Signos de comunicación transformados es vacuos símbolos de contemporaneidad.

En este simulacro hipermoderno, incluso la falsificación es llevada a pasarela. Gucci realizó un triple salto mortal y se apropió incluso de las falsificaciones de su propia marca que corrían por el mercado e hizo versiones de alta costura. Entramos en los límites de lo real. Ya nadie sabe qué es falso y qué es auténtico, si se estetiza la pobreza o se subvierten las normas de clase, si la hoz y el martillo siguen siendo un símbolo impregnante. Pero la verdadera pregunta es, ¿acaso importa?