Minué de Daleks

Por
Alexandre
Serrano

Si a menudo el GIF se limita a ser una apropiación ruidosa y tosca de aquello a lo que refiere, parasita u honra, en sus mejores versiones es néctar concentrado. Hete aquí un ejemplo: una coreografía robótica de apenas dos segundos que se basta para remitirnos a la mezcla inconfundible de extravagancia psicodélica, autoconsciencia irónica y elegancia compositiva de su fuente. Pero que también nos habla de su condición de sociedad iniciática y de una iconicidad tan rotunda como poco gastada. A diferencia de lo que sucede con otras producciones del género, cuyos motivos han sido sometidos a una sobreexposición inclemente, que se dibuje o no una sonrisa cómplice en el espectador de esta escena todavía permite distinguir a los cultores del Doctor Who de los legos, indiferentes a su buena nueva. 

No es que a la space opera británica por antonomasia le falten elementos idiosincráticos. La larga bufanda multicolor del Doctor es el más ilustre de ellos y del que hacen bandera montajes como el que ilustra este artículo. La Tardis, la cabina azul de teléfonos que oculta su nave para viajar en el tiempo, lo es en tal medida que en 2002 la BBC ganó a la Policía Metropolitana un pleito por sus derechos de imagen. Los mismísimos daleks que protagonizan la secuencia, una raza de mutantes extraterrestres sin otras emociones rectoras que el odio y el afán de conquista, han legado su nombre a la lengua inglesa: la palabra se usa hoy para identificar a personajes de comportamiento autómata e ideas fascistoides. Su grito prototípico, “EXTERMINATE!”, sirve de caricatura a la simpleza autoritaria. Otras señas de identidad como la rama de apio, las gominolas o el fez son más bien citas para connoisseurs, rasgo constante en una serie pionera de lo autorreferencial, por nombrar solo una de sus innovaciones.

Podría incluso argumentarse que pocas producciones televisivas, si alguna, han conocido ecos más variados y curiosos en la cultura popular, desde los casi inevitables tributos en otras series de culto como Futurama o Community a volúmenes de poesía (sí, poesía) inspirados por ella, pasando por empalmes tan deliciosos como este. De hecho, Doctor Who ha trascendido los márgenes convencionales de este tipo de fenómenos y sus filtraciones han llegado hasta el venerable Royal Mail, que emitió una serie de sellos con las caras de las sucesivas encarnaciones del Doctor. O incluso hasta el espacio exterior, merced al cinturón de asteroides nombrado en honor de la actriz Lalla Ward. Y, por supuesto, no habría que pasar por alto la abundantísima hermenéutica dedicada a una trama que ha cumplido ya los cincuenta años, las convenciones de gente disfrazada de sus personajes, los fans que buscan copias de los capítulos consumidos en un incendio de la BBC como si fuesen el Santo Grial o el comercio de utillaje variopinto.

Lo distinto y admirable es que todo esto acontece con una discreción natural y espontánea. La mesura de unos seguidores capaces de no tomarse demasiado en serio a sí mismos y no dar la murga con su proselitismo está en simbiosis con el espíritu de la obra que exaltan, con su permanente ánimo lúdico y su muy flemática y británica alergia al griterío; en armonía con su excentricidad pop de trazo limpio. La trompetería que envuelve a otras ficciones audiovisuales análogas y acaba por arruinar su disfrute es aquí quedo y grato murmullo. Como un suave roce de daleks deslizándose sobre el piso.