Meanwhile in Russia:

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por Alexandre Serrano

Orientalismo digital

Ilustración por Nacho García

Si todavía quedase algún humano aislado que no se hubiese topado con ella, podríamos explicar la etiqueta Meanwhile in Russia (mientras tanto en Rusia) como la que sirve en multitud de memes, videos de YouTube e hilos virales de BuzzFeed para presentar los aspectos más estrafalarios de la existencia rusa: fotos inconcebibles en redes de ligoteo, hostiazos resultado de la más loca irreflexión y dipsomanía, usos sociales extraños a cualquier convención o sentido del ridículo y, sobre todo, barrabasadas al volante para quedarse ojiplático. Y por nominalista que suene, hay que reconocerla como uno de esos hallazgos capaces de crear una realidad bien definida donde antes solo había una amalgama de hechos dispersos.

La sensación de pura cotidianidad que desprende ese “meanwhile” es parte sustancial del invento. Se trata de una traducción expresiva de la acción paralela del cine o de la historieta: un contrapunto, a menudo de acento cómico, por el que mientras por un lado discurren acontecimientos ordinarios, por otro suceden cosas imprevistas y chocantes que contrastan con ellos. Meanwhile in Russia es de este modo una poderosa construcción retórica. Nos induce a creer que justo al mismo tiempo que en “occidente” llevamos vidas de aburguesada placidez, acudimos ordenadamente a nuestros trabajos y escuelas o nos esparcimos con distracciones convencionales, hay una fracción del mundo sumida en un desenfreno maníaco que pasa los días fotografiándose con ballestas para atraer a posibles parejas, columpiando a niños desde octavos pisos, paseando en bikini por la taiga, persiguiéndose con Ladas por autopistas hechas jirones y, en definitiva, haciendo el animal en un crescendo que no parece tener techo.

Producto de una particularidad cultural que unas circunstancias sociopolíticas muy especiales han agudizado, no se puede negar que las sociedades ex soviéticas están familiarizadas con lo que para nosotros son dosis de excentricidad fuera de norma. Yo mismo, cuando he transitado por países de aquella esfera, me he visto envuelto en episodios como disparar cañones de artillería, saltar controles de policía por el medio expeditivo de pisar el acelerador a fondo o ver romper tacos de billar en desafortunadas espaldas, sin que nada de ello pareciera muy excepcional a los nativos que me acompañaban. Pero es igualmente indudable que ese Meanwhile in Russia funciona porque satisface y alimenta una preconcepción: la de una alteridad que no ha dejado de enfatizarse desde hace siglos en novelas, libros de viajes, reportajes periodísticos y chascarrillos. Un discurso por el que Rusia es el país por excelencia del exceso y del desbordamiento de las emociones, en el que el impulso instintivo siempre doblega a la razón y un anhelo permanente de embriaguez y maravilla lo gobierna todo. Tal vez un Meanwhile in Pontevedra, por poner un ejemplo cualquiera de lugar con adeptos a la conducción extrema, pudiera ofrecernos registros igual de espeluznantes si tuviéramos el foco puesto allí. Pero es la “rusianidad” lo que realmente cotiza y actúa como imán de clics cuando se trata de garantizar anomalía genuina de la conducta.

Es un relato al que, por supuesto, estorba cualquier contexto. Si las carreteras de Rusia parecen una fuente inagotable de incidentes se debe en buena parte a que quedan grabados gracias a la costumbre de llevar cámaras instaladas en el salpicadero. Las picarescas de una policía corrupta y de unas compañías de seguros poco fiables han llevado a millones de conductores a servirse de ellas para contar con pruebas en caso de conflicto. Y la ignorancia del idioma ruso permite escamotear que muchas de estas imágenes no tienen nada de inocente “meanwhile”: no proceden como se pretende de webs de citas online o bien se tomaron ya con una intención auto-irónica y festiva. Ayuda asimismo, en especial en sociedades tan remilgadas en cuestiones de raza y corrección política como las anglosajonas, que los rusos no representen un “otro” radical. Europeos blancos en gran medida, permiten un principio de reconocimiento que hace aceptable la burla: los vemos solo como una versión descabellada y aberrante de nosotros mismos. El placer vicario que nos proporcionan no nos incomoda como si lo obtuviésemos de nuestros vecinos o de culturas del todo ajenas.

Este filtro deformante tiene efectos contradictorios en quienes son percibidos a través suyo. Los rusos viven su peculiar reputación online con una mezcla de embarazo y exaltación; entre la mortificación por el reflejo esperpéntico que les devuelve ese espejo, el agravio que justifica su paranoia respecto a un oeste incapaz de tratarles con ecuanimidad y empatía y la reafirmación de la diferencia como reacción defensiva. Pero me parece que Meanwhile in Russia revela más del fuera de campo que de lo que hay dentro de él. Ese “Mientras tanto en occidente” que se soslaya es, en realidad, el que sale peor parado del paralelismo. Porque hace vislumbrar la realidad roma, narcisista, mojigata, autocomplaciente y adicta a los simulacros que hemos ido construyendo. Nuestra sonrisa condescendiente apenas disimula que su orden social, si a menudo desaforado y con serias averías, late más desinhibido, anárquico y abierto a lo distinto y extraordinario que aquel del que nos jactamos. Y me hace entender mejor a esos amigos ucranianos que, pese a estar sólidamente instalados fuera de su país y satisfechos con sus respectivas vidas, padecen regulares arrebatos de nostalgia por volver a casa una temporada. Allí, como me dice uno, “sabes que en cualquier momento puede ocurrir algo impredecible y divertido”. Mientras tanto aquí, con triste suficiencia, nos contentamos con ver cómo les ocurre a ellos.

ASTRACANADA
Y DESBARRE 24/7