ME PIRO.
NARRACIÓN EPISTOLAR AUTOBIOGRÁFICA FICCIONADA.

Capítulo 2:
Sobre Salvation Mountain.

por
Maite Muñoz

¡Joan! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te escribí. Tres viajes furtivos a Barcelona, otros tantos a México, y entre uno y otro voy intentando asentarme en esta ciudad que ahora me acoge. Paso los días entre aeropuertos y aviones, acompañada siempre de dos o tres libros, de mi ordenador, de gotas para los ojos y de un cómodo chandal azul marino que me ha provocado más de una situación cómica (la última ayer, cuando una señora me preguntaba si venía a México a competir, convencida por mi atuendo y por la comida vegetariana que me sirvieron en el avión).

Entre idas y venidas ha habido muchos encuentros maravillosos; gente y proyectos inspiradores de los que quiero hablarte.

Pero vayamos por orden. Hoy te escribo para hablarte de Salvation Mountain. ¿Te suena? Mi aproximación no va a ser lacrimógena, ni aprovecharé para hacer elogio o apología del amor. Es más bien un intento de compartir el descubrimiento de una curiosa historia, la de un hombre y una montaña, la fascinación estética que me produjo y las reflexiones sobre la creación artística que me ha invitado a hacer esta excursión en caravana a ciento noventa millas de la casa que me aloja en Los Ángeles.

Tras más de tres horas por interminables carreteras rectas y una breve parada en Salton Sea (un lugar marciano bien retratado por Alma Har’el en su documental Bombay Beach) llegamos a Salvation Mountain. La visión del colorido montículo, de carácter lisérgico, en medio de la gran nada del desierto del sur de California y bajo un sol abrasador, me dejó alucinada. Alrededor de ella nada salvo desierto y unos cuantos vehículos en desuso que alguien ha ido abandonando y decorando a juego con la montaña, y que ahora parecen producto de una mimesis natural. Surrealista, technicolor, psicodélica, kitsch, folk, disparatada y maravillosa al mismo tiempo.

El amor parece ser el tema central, con un ‘God Is Love’ coronando la montaña. Corazones, ornamentación vegetal, flores, pájaros, puntos y líneas orgánicas. Las citas bíblicas se mezclan con el imaginario hippy en esta montaña artificial hecha de adobe de barro y pacas de heno y de kilos de pintura plástica blanca, azul, rosa, amarilla, roja y verde que brilla bajo el sol.

Unos pocos turistas más nos acompañan en esta visita por la montaña. La rodeamos, subimos por las escaleras hasta la cima, estocada por una cruz blanca. Visitamos las galerías interiores de la montaña, nos hicimos fotos y nos dispusimos a preparar la comida en la caravana y comer bajo el toldo y mirando con la boca abierta hacia la montaña. Esta atracción turística dejada de la mano del gobierno y de cualquier gran empresa de entertainment se rige por el sentido común y ninguna regla nos impide asentarnos allí, a pocos metros de la montaña durante unas horas.

El por qué de esta montaña es una historia de pasión, de inutilidad y de obstinación. Leonard Knight, norteamericano retirado del ejército del que formó parte durante la Guerra de Corea, tiene una experiencia mística que le acerca al dios cristiano. A partir de ese momento decide dedicar el resto de su existencia a comunicar su mensaje de amor universal. Tras una tentativa poco exitosa de elevar a los cielos, donde todo el mundo pudiera verlo, un gran globo de helio mostrando su mensaje, decide iniciar un montículo en medio del desierto californiano. En 1986 inicia su primer monumento, una montaña de cemento, arena, ramas de árboles y chatarra, la mayoría de ellos elementos encontrados en medio del desierto. En 1989, tras casi cuatro años de intenso trabajo, la montaña se cae por falta de una estructura estable, construida a base de acumulación orgánica. En una muestra más de su empeño y del empuje de su fe, emprende la aventura de levantar una segunda montaña partiendo de los escombros de la primera. Habiendo aprendido de sus fracasos, mejoró su técnica y se centró en el uso del adobe, cubriéndolo después con una colorida y densa capa de pintura. Diez años después de iniciar el proyecto, la montaña empieza a ser conocida por los alrededores. El gobierno norteamericano empieza a sentirse incómodo de que esta actividad esté siendo realizada en su territorio sin su permiso, supervisión y beneficio. Declara la zona tóxica y ordena la demolición de la montaña, alegando contaminación de la tierra por los componente metálicos de la pintura. A pesar de las presiones, Leonard no ceja en su empeño, consigue firmas de apoyo y un análisis de un laboratorio independiente que demuestra que el impacto negativo de los materiales usados en la construcción de la montaña para el medio ambiente, son insignificante. Gana la batalla, sigue su proyecto a base de donativos y del trabajo de voluntarios contagiados de su entusiasmo.

El año 2001, Salvation Mountain es declarada National Folk Art Site, por la Folk Art Society of America. Un año después es declarada tesoro nacional de los Estados Unidos de América. Un cambio radical de estatus.

Durante todo este tiempo y hasta el año 2011, tres años antes de fallecer, Leonard vivió en su camión, a los pies de la montaña, en la que trabajó sin descanso bajo el implacable sol del desierto.

La montaña tiene también un anexo, una casa de techo abovedado de inspiración india que Knight construyó pero decidió no habitar. También tiene un museo, un ambicioso proyecto en curso consistente en una serie de galerías con cúpulas sostenidas por pilares de neumáticos, en un entramado de árboles y adobe. En estas galerías Leonard pretendía mostrar a los visitantes la documentación del proceso de gestación de la montaña, de su historia.

La montaña me maravilló estéticamente, pero es en su historia en lo que pienso con más insistencia desde que visité la montaña. Leonard, como un Sísifo que incesante construye a mano una montaña que se autodestruye, que insistente pinta capas y capas de pintura que van siendo absorbidas por el barro hasta desaparecer. Más de veinte capas decía que le había dado ya, y las que se le siguen dando desde su muerte. Pienso en Sísifo, pero no parece haber aquí un componente de castigo, de condena, de la tragedia propia del mito griego. Se acerca más al absurdo, al heroísmo, a la inutilidad y a la dicha, temas sobre los que habría que preguntar a Albert Camus en relación a sus reflexiones sobre el mito griego.

Leonard se declaraba feliz haciendo su montaña. Su convicción y su fe daban razón a su tenacidad, a su perseverancia y su proyecto daba sentido a su vida.

En Yelp hay más de setecientas cincuenta fotografías de personas que han visitado la montaña; apareció en la película de Sean Penn de 2007 Hacia rutas salvajes; también en el videoclip Birds de Coldplay y en millones de editoriales de moda (esto último a juzgar por los resultados arrojados por una búsqueda rápida en Pinterest). Una historia de fe, un monumento al amor, convertidos en icono pop.

Este mundo de fantasía creado por Knight aparece también citado en numerosas referencias sobre outsider art, dentro de ese saco de difícil definición que algunos denominan también art brut (en palabras de Dubuffet) o ignorant style (para los entendidos en graffiti). Me meteré en este tema de puntillas, con la precaución de quién ha leído en diagonal la Historia de la locura de Foucault, y sabe dudar sobre lo que a lo largo de la historia se ha calificado como enajenación mental.

Se habla de este arte en oposición al arte culto, con lo complicada y errática que esta oposición es ya de por sí. A partir de los análisis que leo sobre el tema me quedo con una idea: la del arte liberado. El artista no siente la presión constante de la innovación, la necesidad de reconocimiento y tiene desconocimiento total de la historia del arte y del contexto del arte contemporáneo. Los artistas tildados de ‘outsider’ son autodidactas, amateurs, no tienen formación artística, ni doctorados, ni másters, ni residencias, y se ven empujados por la imperante necesidad de crear sin descanso. A veces no tienen ni pinturas, ni materiales, y rayan paredes con piedras o bordan con hilos arrancados de sus sábanas. En muchos casos su actividad se inicia a partir de un suceso traumático, de un acceso místico o de una visión. En sus obras, la ornamentación crece de forma orgánica y es evidente la falta de planificación previa. Espontáneamente, las formas van deviniendo hasta construir un todo, en una improvisación constante en la que la composición es la suma de las partes. Un horror vacui les lleva a llenar el espacio de formas vegetales, formas orgánicas y redondeadas, conquistando todo el espacio sin saber cuándo acabar. La escritura aparece también con frecuencia en las obras que son clasificadas como ‘outsider art’, una escritura con un gran componente plástico y visual, cercano al graffiti, de características casi escultóricas, como en la montaña de Leonard. El reciclaje, el uso de los materiales al abasto de la mano y la construcción escultural y laberíntica me recuerdan a la Merzbau de Kurt Switchers, un collage en tres dimensiones. La dificultad de distinguir entre los elementos estructurales y los decorativos, con preeminencia de la ornamentación, son elementos comunes al proyecto de Leonard y de otros artistas calificados de ‘outsiders’.

Los elementos comunes de lo que se ha venido a llamar outsider art con Salvation Mountain son evidentes, pero sea una obra de arte de este tipo o simplemente un maravilloso disparate, detrás de esta montaña se esconde la historia de una labor creativa incansable, un proyecto vital de gran entrega y devoción, de carácter alegre y vitalista, desinteresado en términos de éxito social y económico, y con la única misión de transmitir al mundo una idea de amor universal. Viniendo de la ciudad del paseo de las estrellas, de la ensalada de kale, de los cold press juices, del networking sin descanso y de las inauguraciones de red lipstick y champán del caro, el encuentro con la montaña resulta, como poco, alucinante.

Que la Bienal de Venecia del 2013, en sus edición 55ª, incluyera una muestra sobre la obra de Carlo Zinelli, artista clasificado dentro de esta categoría; que el MoMA coleccione algunas de sus obras y que el mercado haya puesto la mirada en estos artistas en un ansia de nuevo boom comercial, no solo da que pensar sobre el contexto del arte contemporáneo, sino también sobre la condición creadora, al ver a algunos de estos incansables artistas trabajar, para abandonar su obra una vez acabada, sin más pretensión que el propio acto creador, que la vivencia del proceso. Sin principio ni final. ¡Larga vida a Salvation Mountain! ¡Salud, Capitán! ¡Has ganado la batalla!*

Un fuerte abrazo,

m_m

*(Nota al pie): Palabras de Moreno Villa al hablar de las aventuras y desventuras del extraordinario Dr. Atl en su obstinado estudio del volcán Paricutín.