Mark E. Smith
y The Fall.
Una experiencia
orgánica

Por Quim Casas
Ilustración de Juaco

Mark E. Smith y The Fall. Una experiencia orgánica – O Productora Audiovisual

Para algunos, su forma de cantar es una letanía inquietante. Para otros, un sonsonete indescifrable y airado que puede aburrir tanto como hipnotizar. Para muchos, creó un estilo único e inimitable en su momento; después ha habido un considerable número de músicos que se han basado en su métrica cortante y en apariencia monocorde. Si ese estilo y entonación son únicos, no lo es menos la personalidad de Mark E. Smith, un tipo coherente e insobornable como pocos en la mercadotecnia del rock, alguien que ha permanecido fiel a sus ideas durante los treinta y nueve años que lleva existiendo su banda, The Fall; porque es suya y de nadie más, por mucho que durante estas cuatro décadas hayan desfilado por la misma músicos importantes en la configuración y evolución de su característico sonido.

Smith no canta en el sentido estricto y melódico de la palabra. Tampoco lanza exabruptos pulmonares a lo Mike Patton, ni rapea, susurra a media voz como Nick Drake o realiza filigrana alguna. Relata, recreándose tanto en el ritmo de las palabras y prosodia de las frases como en su contenido, por lo que antes que músico es una suerte de storyteller de los tiempos modernos. Porque cierta modernidad empieza definitoriamente con el punk, y Smith forma The Fall en enero de 1977, aunque su singladura será bien diferente a la de Sex Pistols, The Damned, Buzzcocks –que ya eran de por sí distintos– o The Clash –con estos coincide algo en la proclama política, nada más–, y tampoco habrán imperdibles, pelo pincho y escupitajos en directo.

Si hay provocación en los ritmos casi tribales del grupo y la voz monocorde e hiriente de Smith, lo es tanto por el retrato social de una Inglaterra siempre en crisis que procura el contenido de las canciones como en ese desaire al cantar. Aunque se registra algún que otro malabarismo de guitarras y teclados en sus primerísimas grabaciones –Live at The Witch Trials, Dragnet – a cargo de Yvonne Pawlett (la primera “chica Fall” de una larga serie de mujeres instrumentistas que acabarían teniéndoselas con Smith, incluida la que sería su esposa durante años, Brix Smith, responsable de una cierta “dulcificación” de su sonido básico), Martin Bramah, Craig Scanlan y Marc Riley (¿qué ha sido de todos ellos, sepultados bajo el peso homérico de Smith?), The Fall surgen, crecen y se consolidan a través de un bajo taladro, una batería machacona y repetitiva y la letanía de Smith, imperturbable ante el micro ya sea en el estudio de grabación o en las actuaciones. Hasta que algo, en directo, le pasa por la cabeza y la rebelión se convierte en desconexión.

El replicante encarnado por Rutger Hauer en Blade Runner decía haber visto cosas maravillosas más allá de los anillos de Tannhäuser. Sin ser replicante alguno, yo podría decir que he visto a Mark Smith caerse en un escenario sin antes, en plena canción, dar señales de agotamiento, desconcierto o borrachera, para presenciar después cómo desaparecía detrás de los altavoces tras discutir airadamente con uno de sus músicos. Ver un concierto de The Fall y escuchar alguno de sus discos es ante todo una experiencia orgánica. No por la espantada tras los bafles, la caída libre en el escenario tras tropezar con un cable en epifanía etílica o quedarse en blanco en plena canción, ya que eso forma parte del circo rockero y lo han hecho antes desde Jim Morrison hasta Lou Reed, pasando por Jon Spencer, Lux Interior y la larga corte de venerables estrellas autodestructivas del rock. Hay en la puesta en escena nihilista de Smith una especie de verdad, si se me permite esta expresión en este contexto. Forma parte del show, cierto, pero sus desaires y caídas son dignos porque surgen de su propia concepción de la vida y de la música. No hay impostura ni fingimiento. Lo hacía en 1977 y lo ha seguido haciendo hasta hoy. Alguien que canta de la manera que canta Smith no puede salir a un escenario y ya está. Su puesta en escena es auténtica. Se mueve como canta, inclinando muy poco el cuerpo a un lado y otro al ritmo de su propio espasmo vocal, la vista perdida en algún punto que solo él imagina. De Manchester al infinito.

Antes de la aparición de Joy Division, antes de New Order y Happy Mondays, antes de Tony Wilson, del sello Factory y The Haçienda, la escena mancuniana registró el nacimiento de The Fall. Ya nadie se acuerda, pero es así. Coincidiendo en el tiempo con Ian Curtis y Warsaw (formados cuatro meses después que The Fall), el grupo de Smith le dará un considerable revolcón a la música británica del momento: agresividad, contundencia rítmica, proclama política e incontinencia verdaderamente revolucionaria en otros tiempos en los que la revolución era una pose antes que una actitud. Discordantes con todo, no pararon de grabar (no han parado: he perdido la cuenta de los discos editados por The Fall, aunque diría que contando álbumes, 12”, 10” y lives varios, y sin incluir recopilatorios de rarezas y caras B, rondan los ochenta como poco) y de ir de sello en sello: Step Forward (la primera compañía que confió en ellos), Rough Trade, Kamera, Beggars Banquet y Cog Sinister (los que les aguantaron más tiempo), Permanent Records, Received, Artful y Domino son algunos. Entre tanto cambio de discográfica y de formación (más de una treintena de músicos han desfilado por la banda) emerge siempre la voz de Smith a modo de cordón umbilical y grito reivindicativo: la coherencia sigue estando en su voz y si el itinerario ha sido tortuoso, lo es por su carácter y su negativa radical a cualquier atisbo de conformismo.

No han perdido fuelle combativo, por mucho que los tiempos hayan cambiado. Uno de los trabajos más definitorios de The Fall, como concepto ideológico y relación entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, sigue siendo su quinta grabación, un 10” con seis temas titulado Slates by: The Fall. Las canciones se enuncian como Middle Mass, Prole Art Threat, Fit And Working Again… Los temas giran sobre la idea de que la religión cuesta mucho pero la irreligión cuesta mucho más, el plagio (una de sus obsesiones) infesta la tierra, el academicismo sesga los libros y las bandas musicales, las formas burguesas del arte son la gran amenaza para el proletariado. En aquel momento de verdadero esplendor que los años no han apaciguado (pocas bandas de tan larga andadura pueden jactarse de esa independencia y fidelidad a unos principios), Smith y compañía podían hablar del estado industrial, de la rebelión implícita en una determinada música o de una visita papal, pero también componer brillante himnos de cuasi pop bailable (a la manera de Smith) como Psycho Mafia, Marquis Cha Cha, Vixen, Cruisers Creek, C.R.E.E.P., Spoilt Victorian Child o Hit The North; homenajear al krautrock cuando aún no era tan reivindicado (una de sus canciones se titula I Am Damo Suzuki en honor al cantante japonés de Can, que también entonaba y sigue entonando como le da la gana, una letanía psicodélica de textos improvisados), versionar a los Kinks (Victoria) y a un grupo tejano de garaje (Mr. Pharmacist, de The Other Half), dejarse producir por Robert Gordon –Shift-Work o hacer experimentos teatrales como Hey! Luciani, en torno al Papa Juan Pablo I.

El recorrido se ha visto alterado por la propia personalidad de Smith, ese carácter huraño (o la máscara introspectiva del carácter huraño: alguien que se refugia del mundo como puede) jalonado de malas experiencias que no tienen nada que ver con los habituales excesos con el alcohol y las drogas sino, directamente, con el maltrato: varios de sus músicos le han interpuesto demandas por pegarles y humillarles. Así se entiende que cada escaso tiempo haya un cambio completo en la formación del grupo. De hecho, desde hace muchos años The Fall no es un grupo sino una serie de músicos que tocan con Mark E. Smith. Todos quieren colaborar con él, pero (casi) todos acaban odiándole y dejando de tocar en el grupo. Ha seguido inasequible al desaliento ideológico –a mediados de los noventa volvió a cristalizar/renovar su ideario con el disco Middle Class Revolt, conocido también como The Vapourisation of Reality– y fiel al ideario estético que tan bien definían las notas de contraportada del lejano Early Years 77-79: hacen “music-storie-song-poemtry”.

Así es el personaje, lo tomas o lo dejas. No lo tomaron para nada en vano Sonic Youth (es de los pocos grupos contemporáneos a ellos a los que consideraban una gran influencia y versioneaban), Pavement, Girls Against Boys, Urusei Yatsura o Art Brut entre otros. Tampoco grupos recientes como los canadienses Ought –quienes también chupan de David Byrne– y el dúo post-punk (¿post-pub?) británico Sleaford Mods, muy influenciados en algunos temas por la métrica vocal de Smith, quien también, de manera más alambicada, ha influido en el James Murphy de LCD Soundsystem: en todos ellos late de manera total o intermitente la pulsión y el carácter repetitivo de unas palabras que se comen unas a otras, el distintivo de Smith. Tampoco lo tomaron en balde Andi Toma y Jan St. Werner (Mouse on Mars), quienes formaron en 2007 con Smith el trío Von Südenfed: dos métricas sonoras distintas que colisionan admirablemente. Ni David Simpson, el autor del libro The Fallen de 2009, que asumió la misión imposible de desentrañar los misterios del que considera el “most insane group” de Gran Bretaña. Punk, post-punk, art punk, pop con rabia, repetitivo, siniestro, proletario, mancuniano, huraño, antipático, carismático… Smith, una idea, una voz, una forma de cantar, un sonido.