Maldito embargo.

Por
Sergi
Sánchez

Estamos atados de pies y manos, porque el Diablo del Capital sabe manifestarse con disfraces inofensivos. No por tener una apariencia más benigna o más frívola resulta menos nociva para el aire que respiramos. ¿Qué es un embargo? Un papel por el cual un periodista se compromete a no publicar nada sobre la película que ha visto en un pase de prensa hasta la semana del estreno (los días varían a gusto del consumidor). Preguntadle a un informador cinematográfico cualquiera, hoy mismo, y probablemente encontrará esa falta de oxígeno como algo innato a su profesión. Cuando uno de nosotros firma una nota de embargo escrita por un diligente jefe de prensa o un miembro del departamento de marketing, está firmando un contrato de silencio, y está vendiendo una porción (pequeñísima pero significativa) de su código deontológico. La palabra ‘embargo’ lo lleva implícito en su ADN: Hacienda te embarga una cuenta, un banco embarga tus bienes, un estudio o distribuidora cinematográfica embarga tu opinión sobre una película hasta que la considera útil o inevitable. Es la vieja y temible puesta en escena del poder sobre el individuo: firma y yo me quedo con lo tuyo si quieres seguir jugando. Unos mandan, otros obedecen.

Os lo cuenta alguien que ha gastado la tinta de varios bolígrafos (a ser posible, de la distribuidora en cuestión) obedeciendo las reglas del juego. Antes los embargos estaban reservados para las películas de los grandes estudios, las franquicias y las superproducciones. Ahora, las cosas han cambiado: para asistir al dudoso privilegio de ver Malas madres con una semana de antelación, había que cumplir con el clásico ritual. Se presentaban dos opciones posibles: o la película era tan espantosa que sus responsables querían detener la mala prensa en redes sociales (en festivales, los hay que tuitean durante la proyección, convirtiendo la sala en una galaxia de luminosos puntos suspensivos) o pretendían no defraudar las expectativas de todos aquellos que estaban esperando como agua de julio una película dirigida por los guionistas de Resacón en Las Vegas o, en su defecto, temían reacciones incendiarias de las AMPAS de media España. Es evidente que, con la viralización en tiempo real de cualquier opinión, sea de un crítico o de un fan, la paranoia controladora de los estudios ha aumentado en progresión geométrica, y hasta las películas menos merecedoras de ese control han caído en la trampa de creerse más grandes de lo que son.

Los embargos son pantagruélicos cuando hablamos de una franquicia, una saga con una legión de admiradores detrás o una película que puede desmoronarse a base de spoilers. Es comprensible que Alfred Hitchcock, ese gran pionero del marketing, prohibiera los pases de prensa de Psicosis así como la entrada de los espectadores a la sala si ya había empezado la proyección. Era una manera de garantizar las expectativas sobre dos de los giros de guion más radicales e innovadores de la historia del cine. Es curioso que el departamento de promoción de las películas de Pedro Almodóvar, si hacemos caso a la rumorología, sugirieran embargar la opinión de los periodistas sobre Julieta durante dos días para que pudieran reflexionar con serenidad sobre la película, dirigiendo incluso los ritmos del proceso de pensamiento y escritura de los críticos desde el sillón de su despacho. Los embargos, en todo caso, nunca son democráticos. En muchas ocasiones solo sirven para satisfacer acuerdos, tácitos o explícitos, entre el estudio y el medio de comunicación con más lectores del país. El medio en cuestión puede plantarse cuando considera que la información con la que comercia, bien sea en formato entrevista o crónica de “yo la vi primero”, no puede esperar a ser publicada, porque eso significa ponerse al nivel (mirar en plano picado) de los medios que no le llegan ni a la suela del zapato. Este periodista recuerda con escalofríos un desagradable rifirrafe con motivo del estreno en Cannes de Vicky Cristina Barcelona, en la que el bloqueo a la publicación de una entrevista con Woody Allen incendió el tiempo de espera de una de esas mesas redondas donde los periodistas preguntamos lo que se espera de nosotros. A veces los embargos no despiertan precisamente el lado más solidario del oficio de plumilla, y la amenaza de un medio de postín (no hace falta dar nombres) de saltarse el embargo desató una reacción en cadena de reproches mutuos.

Si en España algunos medios (uno, dos a lo sumo) pueden sortear los embargos, al menos en lo que respecta a películas de talla M, arriesgándose a recibir alguna colleja menor, en Estados Unidos no se andan con chiquitas. Fue causa célebre el cabreo que se cogieron el productor Scott Rudin y el director David Fincher cuando David Denby, crítico del New Yorker, publicó una crítica de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres una semana antes del estreno, violando el embargo que había firmado en un pase previo organizado para la Asociación de Críticos de Nueva York. Rudin tachó a Denby de la lista de invitados a los pases de prensa de sus películas, y le acusó públicamente de deshonesto y poco profesional. Por supuesto, Fincher, que no se caracteriza por su simpatía con los críticos, se puso de lado del productor, afirmando que, si por él fuera, ni siquiera enseñaría la película, o lo haría el día antes de su estreno. “Los críticos más valiosos –declaraba en su momento a The Miami Herald– son aquellos que van a ver la película con su Blackberry y, al salir del cine, textean ‘Es una mierda’ o ‘Mola’”. El modo en que se defendió Denby fue lo más preocupante: después de echar las culpas al poco espacio editorial que había en su revista para encajar el alud de críticas en época navideña, dijo que nunca se habría saltado el embargo si no le hubiera gustado la película.

De lo que se pueden deducir varias cosas. La primera, que la prensa no necesita un embargo para poner la otra mejilla o, en su defecto, para demostrar que la libertad de expresión es, ahora, autocensura. La segunda, que la obsesión de Rudin porque Denby, o cualquier otro de su calaña, publicara su crítica el día del estreno, era, por supuesto, una cuestión de marketing: ese día, a nadie le hubiera importado que la crítica fuera buena o mala, porque el estruendo provocado por la artillería pesada de anuncios en prensa y televisión apoyando la película la habría convertido en ruido de fondo, en una nota a pie de página, en una pata más de un ciempiés animado por las mal llamadas “reglas del juego” que hay que respetar. Hablar, pues, de los embargos es acabar hablando de la salud agonizante de la profesión que nos ocupa, tan pendiente de satisfacer a intereses ajenos que termina olvidándose de su raison d’être: informar, opinar, dar una visión del mundo.