La fortaleza de la materia
y su esplendor estético

Por Alexandre Serrano

Figura entre los hallazgos más grandes del genio humano, pero ninguno se asemeja a él. Es obra de un barbudo ruso con un carácter de mil demonios y aspecto de profeta milenarista. Tiene poderes asombrosos, como la capacidad de predecir su propio futuro. Se trata del censo más completo del mundo que se haya confeccionado, aunque quepa en una cuartilla de papel. Y, además, su encanto visual seduce hasta a los más insensibles a los goces científicos. Hablamos, es fácil adivinarlo, de la tabla periódica de los elementos.

La gloria de su autor, Dmitri Mendeléyev, no se limita a haber propuesto un esquema gráfico capaz de ordenar los elementos por su estructura atómica y sistematizar en un mismo plano la información que de ellos disponemos, con las ventajas pragmáticas y pedagógicas que eso supone. Reside, sobre todo, en haber descubierto en el proceso una pauta de repetición tan poderosa como para identificar vacíos y pronosticar las características de elementos que en aquel momento todavía no se habían identificado. También para advertir aquellos que se habían calculado erróneamente, pues de haber sido correcto el número atómico que hasta entonces se les atribuía hubieran quebrantado la ley de la periodicidad que precisamente la tabla ponía de relieve. Un patrón tan preciso y visionario que casi ciento cincuenta años después sigue vigente, sin que en lo esencial se haya alterado la estructura que, según es leyenda, se le apareció a Mendeléyev en sueños. Una mezcla muy rusa de rigor metódico y exaltación numinosa que no ha dejado de prestar servicios a la química moderna.

Como tantas grandes historias de la ciencia, la de la creación de la tabla periódica cuenta con sus actores secundarios y hasta con sus héroes olvidados. En realidad, Mendeléyev no fue una lumbrera aislada que vio claro donde antes solo había oscuridad, y otros colegas como Alexandre Béguyer de Chancourtois habían estado trabajando antes o a la vez que él en una clasificación de parecido signo. Uno de ellos en concreto, John Newlands, se acercó bastante a precederle, si bien ciertas imprecisiones le privaron de reconocimiento y hasta tuvo que soportar que sus contemporáneos ingleses le tomaran a chacota. Alfred Werner es otro de esos ilustres subalternos, pues a él debemos el característico diagrama en forma de almena que todavía hoy es la plasmación más célebre y empleada de la tabla. No es que hayan faltado las alternativas, algunas tan sugerentes como la helicoide de Franklin Hyde o la espiral tridimensional de Charles Janet, el amateur francés cuyos trabajos pasaron desapercibidos en su día para ser luego muy reivindicados. Pero es la versión de Werner, con su sencillez clásica, la que ha quedado como matriz generadora de la mayoría de tablas actuales.

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Dmitri Mendeléyev tenía un aspecto fácil de caricaturizar, pero ni de lejos con el potencial gráfico de su Opus Magnum.

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El camino hacia la limpieza y claridad de las formas puede ser emborronado y tortuoso. Pero en el primer borrador de la tabla manuscrito por el propio Mendeléyev ya anidaba la semilla de un hermoso orden.

Y no es poca cosa, porque se trata no solo de un hito infográfico y del más icónico de los diseños científicos, sino de uno de los pocos que se han popularizado mucho más allá de su ámbito y reconocen a primera vista incluso quienes optaron por el griego y el latín a la primera ocasión que tuvieron de escapar de las fórmulas. Con tenaz impermeabilidad a los hitos de la ciencia, la cultura popular ha sido casi siempre poco ágil a la hora de apropiarse de sus realizaciones y llevarlas al propio terreno.  La tabla periódica es una notable excepción, lo que no resulta extraño porque cuenta con muchos elementos para serlo: su composición modular, las cajas de información que combinan una austera funcionalidad con la fuerza simbólica de la notación química, las opciones de combinación tipográfica y de color que permite o su valor emblemático como síntesis exhaustiva de la materia. Es con ella que se han estampado fetiches de la moda geek y se ha dado rienda suelta a la creatividad repostera. Cuando una iniciativa de divulgación necesita un reclamo, suele haber pocas dudas de que nada desvelará más la imaginación de los profanos que su danza de números y abreviaturas. Y todos tenemos presentes sus cameos televisivos más ilustres –los créditos de Breaking Bad y la cortina de baño de The Big Bang Theory– o musicales –la composición marca de la casa de They Might Be Giants. Merece también la pena explorar sus encarnaciones ilustradas, desde el experimento de creación de personajes de la dibujante Kaycie D. a la estrategia de convertir los elementos en voluptuosas heroínas de manga para mejor aprendizaje de los estudiantes japoneses. O bien la que forma parte de la serie de imágenes de la ciencia que el fotógrafo Kevin Van Aelst compone a partir de objetos ordinarios. El hecho de que incluso circulen bulos como el que pretende que la tabla periódica se inspiró en las casillas y fichas del Scrabble demuestra su grado de imbricación en la trama de nuestra cotidianidad.

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La distribución de los elementos en grupos y periodos es otro aspecto aprovechado en los múltiples reciclajes de la tabla periódica: aquí, los personajes de la saga de Star Wars clasificados según su filiación.

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Por obvio que resulte su empleo en una serie que cuenta las andanzas de un profesor de química, los títulos de crédito de Breaking Bad sacan buen partido de la elegancia esquemática de las cajas que contienen los elementos.

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La bat-tabla: instrucciones de uso para partitura pop. Homenaje químico-cómico al Batman Theme de Neil Hefti.

Sin embargo, la producción al respecto más prolífica de la cultura de masas ha sido la elaboración de tablas periódicas alternativas. En ellas cobra plenitud la noción tan interiorizada que tenemos de su referente como catálogo estricto y pormenorizado de un campo de conocimiento y, a la vez, juego permutativo de inagotables posibilidades. Así, las hay más o menos convencionales, como las que listan concienzudamente tipos de cerveza, clases de cereales, personajes de Tolkien o hasta términos del hip hop. Algunas, sin traspasar ese marco completista, muestran una fineza observacional y agudeza lingüística sorprendente (véase la tabla periódica de los tipos de clase media americana).  En otras asoma un orgullo nerd, consciencia autoparódica o intención provocativa que las torna aún más divertidas, de la tabla periódica de los mandos de videoconsola a la de pseudociencias y creencias irracionales. Incluso tenemos las que llegan a hacer una relectura útil de la original –ahí está la tabla periódica de los elementos según su abundancia relativa– o las que son realmente interesantes como obra conceptual autónoma, como es el caso de la tabla periódica de los recursos narrativos.

Aun así, dos se imponen como mis favoritas por encima de las demás. La primera por lo que tiene de gracia especular y artificio redondo: la tabla periódica de los elementos…ficticios. Un recorrido por todos aquellos gases y minerales imaginarios que han salido de las páginas de películas, libros, tebeos y videojuegos, tratados como si fueran reales y homologables a berilio, mercurio y compañía. La segunda, en cambio, incide en esa potencialidad para la expansión ilimitada que ya distingue a la original. Es la tabla periódica de las tablas periódicas, que en un guiño escheriano se incluye a sí misma y se proyecta así hacia ese infinito que es el verdadero horizonte del invento de Mendeléyev. Especialmente ahora, después de que haya fructificado con fuerza tan incontestable en el imaginario popular.

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La tabla se comprime y su forma de “castillo” deja paso a la de una mano que hace la señal de los cuernos: es la fuerza del metal.

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Las espirales y helicoides han sido una de las alternativas más propugnadas para desbancar a la tabla en su formato clásico. Sin gran éxito, hasta la fecha.

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La antropomorfización de los elementos químicos ha sido una idea recurrente en la ilustración y la historieta. Y el atuendo victoriano les sienta particularmente bien. A fin de cuentas, es la época en que muchos de ellos fueron introducidos en sociedad.