No sé si ustedes lo habrán notado, pero existe un acto reflejo bastante generalizado que consiste en, ante la duda, echarle la culpa a Walt Disney. De casi todo: de la infiltración de reprobables arquetipos de género, de la sentimentalización global, de los triunfos de la América republicana, del antisemitismo… y hasta del movimiento antitaurino. Esto último, por ejemplo, se lo escuché a un caballero célebre y de obra creativa irreverente y seductora: un tipo que empezó siendo (creo, porque por lo menos lo parecía) ácrata y catalán y, en un momento dado, decidió convertirse en neoliberal y español. Este estado final de su evolución, conquistado quizá por el puro y obsesivo empeño de convertirse en el negativo perfecto del catalán (al que se le supone el separatismo), le ha llevado en los últimos años –¡y qué digo últimos años: en realidad últimas décadas!– a ejercer de valedor de las esencias patrias de mayor raigambre nacional: entre ellas, los toros. Su argumentación era la siguiente: la culpa de que existiera una conciencia antitaurina era –faltaría más– de Walt Disney, dado que a él le debemos esa representación antropomórfica del reino animal que nos lleva a atribuir, irreflexivamente, propiedades anímicas a quienes no son más que bestias (y, por tanto, carne de cañón o de banderilla). Ya saben: quienes se manifiestan contra la celebración del Torneo del Toro de la Vega es porque han visto Bambi.

La verdad es que esa acusación –a Disney le dan por todos lados: desde la derecha o desde la izquierda, su cocorota supuestamente congelada posee un gran poder de imantación para la colleja simbólica– es relativamente fácil de desarticular. No fue Walt Disney el primero en antropomorfizar animales. Ni siquiera si nos limitamos al campo de estudio de la animación, donde hubo nombres ilustres que trabajaron en esa dirección mucho antes que el creador de Mickey Mouse: la secuencia que lleva a Steamboat Willie tiene varias estaciones (menores) de tránsito, pero parte de una Estación de Origen realmente esplendorosa –la Gertie, the Dinosaur de Winsor McCay, el primer personaje animado con personalidad: el primer atisbo por parte de un creador de la necesidad de que la figura animada contuviese un alma para aspirar a la inmortalidad– y pasa por un icono insoslayable: el Gato Félix de Otto Messmer y Pat Sullivan, que fue la primera superestrella de la animación, condición que le llevó a ver multiplicada su efigie en surtidos objetos de merchandising, gozar de la distinción de ser el primer dibu en participar, en forma hinchable, en el desfile del día de Acción de Gracias organizado por Macy’s, y vivir una doble (y fructífera, y hasta triple) vida en los ámbitos paralelos de la historieta y la televisión.

Se dice que los gatos negros traen mal fario y lo cierto es que Félix, negro como el carbón pero con morro y ojazos de blanco mimo, nació envuelto en las turbulencias de la desigual relación creativa entre Pat Sullivan, que se atribuyó la autoría y propiedad del personaje, y su verdadero artífice en la sombra, Otto Messmer, cuyo papel fundamental en la creación del felino fue reivindicado y finalmente restituido ante la opinión pública gracias al empeño de expertos en animación como John Canemaker –autor del influyente estudio Felix: The Twisted Tale of the World’s Famous Cat– y de artistas como Joe Oriolo, que fue compañero de fatigas de Messmer tanto en el ámbito de la animación televisiva como en el de la historieta.

La Viñeta (aquí) robada pertenece a Felix in Vegeteria, una de las historietas dibujadas por Joe Oriolo en 1950 para Dell Comics y recogida en el volumen Félix el gato. Un cómic que traerá cola, que editó y diseño el exquisito Craig Yoe y que tradujo y publicó en España Ediciones Kraken: en ella, el gato viaja, montado sobre su alfombra mágica, a un planeta únicamente habitado por vegetales antropomórficos, que no dejan de reprenderle y castigarle tanto por su descuido a la hora de pisar esa tierra profusamente sembrada como por los hábitos alimenticios de nuestra planeta, donde, como dice un airado tomate, lleváis años haciéndonos rodajas”. El gato es perseguido, abroncado y golpeado por una familia de tomates, por una patata adulta, por una vaina que saca pecho antes de ametrallarle con los guisantes que guarda en su interior, por calabazas soliviantadas por las costumbres de Halloween (el Toro de la Vega de las cucurbitáceas), por una judía de asfixiante abrazo y por unas militarizadas mazorcas de maíz, antes de que Su Majestad la Reina Zanahoria (se diría una guiño anticipado a Gonzalo Suárez) decida someterle a juicio ante un jurado de otras catorce zanahorias que, como puede verse, pronuncia un veredicto unánime e inapelable. He aquí, pues, una imagen para la reflexión: un gato antropomórfico juzgado por unas hortalizas antropomórficas, extraña confluencia que nos invita a imaginar hasta qué punto se hubiese desplazado el sentido de culpa de la mayoría carnívora si las estéticas dominantes de la animación hubiesen privilegiado el antropomorfismo vegetal frente al animal.

Viajemos, por un momento, a ese Universo Paralelo: el activismo antivegetariano, articulado en torno a la crueldad del ser humano en su trato con las verduras y hortalizas, levanta la voz ante la celebración inminente de la Tomatina de Buñol. El canal, pongamos, Intereconomía invita al célebre opinador a un debate sobre el asunto. ¿La culpa sería, en ese caso, de Joe Oriolo? No, déjenlo, seguro que en ese Mundo Alternativo, Disney también se hubiese consagrado a cultivar almas en el seno de tomates, berenjenas y otras variedades de mercado… y la culpa seguiría siendo suya.

Viñetas robadas

La culpa vegetariana

Por
Jordi Costa