La canción triste
del trabajo en grupo.

Por Begoña
Gómez Urzaiz

En una canción country cualquiera, pongamos Coward of The Country, de Kenny Rogers, puede ocurrir lo siguiente: el padre del protagonista, Tommy, muere en la cárcel a los diez años. El vecindario ve a Tommy como una mala semilla de la que nada bueno se puede esperar. El tío de Tommy le prohíja y le cuenta las últimas palabras del padre, pidiéndole que no sea como él, que ponga la otra mejilla cuando le provoquen. Pasan unos años y Tommy conoce al amor de su vida, Becky. Con ella, puede comportarse como es y siente que no tiene que demostrar nada. ¿Dura mucho la felicidad? Oh no. Becky es víctima de una violación múltiple a manos de los tres hermanos Gatlin. Tommy se enfurece, viéndola a ella rota y con su vestido hecho harapos, y descuelga la foto de su padre, invocándolo. Va al bar, cierra la puerta y se enfrenta a los Gatlin, a los que mata uno a uno. A continuación, pide disculpas a su progenitor muerto. A veces no se puede poner la otra mejilla, padre, a veces hay que ser un hombre (verbatim). Y aun así, se considera a Tommy… el cobarde del pueblo.

Todo eso en ocho estrofas y una coda. Fiu.

El GIF que nos ocupa hoy viene a ser del género country y a la vez entra en el corpus de la canción protesta. Protesta laboral, además. Vemos un gráfico titulado “cuánto se tarda en completar una tarea”, con dos vectores: tiempo y personas que acometen la tarea. Por un lado, solo el titular. Por otro, un equipo de personas. Cuando a un individuo le cae un problema laboral, dice el gráfico, lo acomete en tres pasos: se enfrenta a él, encuentra una solución y testa la solución. Fin. El autor del GIF está siendo un poco optimista, porque ha olvidado las fases “procrastina un rato” y “pierde el tiempo hasta que llega su fecha límite de entrega”, y entonces “entra en pánico y lo acaba” como resume bien otro muy famoso y viral gráfico sobre el proceso creativo.

En cualquier caso, la alternativa es mil veces peor. Ahí es cuando las cosas se ponen verdaderamente hillbilly. Todo empieza con relativa normalidad, cuando el grupo se reúne, se divide las tareas, discute sobre la división de las mismas, empieza a trabajar individualmente en basura aleatoria que no acabará sirviendo para nada y se vuelve a reunir. Ah no, que falta Kevin. Se aplaza la reunión. Total, spoiler: que el responsable de la tarea deja el trabajo, abre un bar, se arruina, se da a la heroína y al final el mundo se acaba.

Cualquiera que en su vida diaria sufra la cruz de tener que trabajar en grupo o reunirse a menudo entiende que la hipérbole es muy moderada, apenas una pequeñita exageración. Los nacidos en los ochenta, como mínimo, llegamos preparados a esa realidad del mundo laboral. Nuestros años de escolarización coincidieron con el estallido del aprendizaje en grupo. Nada, ni lavarse las manos, se hacía en solitario. Todo tenía que estar discutido, consensuado y tallerizado y en esos infames grupúsculos de mesitas bajas se forjaban personalidades que casi todo el mundo ha mantenido hasta hoy. El líder inmerecido. El que cree que debería ser el líder pero es demasiado bueno para esta pandilla de perdedores. El que critica pero no propone. El que crea camarillas (y abre un grupo de WhatsApp alternativo, sin el líder). El que no dice ni hace absolutamente nada pero recoge los frutos. El que busca consensos y acaba liándola el doble.

Hay un profesor en Harvard -siempre hay uno, y cómo te visten un argumento-, J. Richard Hackman, de la Cátedra de Psicología Social, que insinúa que el descalabro económico de esta década estuvo causado no solo por la chaladura de las subprimes y por esto, sino también por las dinámicas del trabajo en grupo. “En una empresa que estudié –cuenta a la Harvard Business Review– ser un ‘buen jugador’ de equipo estaba tan valorado que los individuos autocensuraban sus contribuciones por miedo a corromper la armonía. El equipo, en un espíritu de cooperación y buena voluntad, se embarcó en un proceso que estaba llamado a fallar por razones que algunos miembros del equipo percibían pero no mencionaron mientras los planes se trazaban. Uno se pregunta si la crisis financiera actual sería tan catastrófica si más gente hubiese hablado a sus equipos de lo que sabían que eran prácticas incorrectas”. Ser un jugador de equipo comprometido, advierte Hackman, “ya sea un líder, un ‘desviado’ o un miembro ordinario, puede ser peligroso”. Y hasta llevar a la heroína. O al country, que no está claro qué es peor.