Ideas blancas sobre músicas negras – O Productora Audiovisual

KENDRICK LAMAR – Kendrick Lamar, la Casa Blanca en color negro

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D’ANGELO – D’angelo, el angel caído del soul ha vuelto

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KAMASI WASHINGTON – Kamasi Washington, saxofonista épico

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THEO PARRISH – Theo Parrish, gritando, no bostezando

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To Pimp A Butterfly: marcha sobre Washington

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Black Messiah: Si Kanye es Yeezus, D’Angelo es…

por Roger Roca

Algo pasa últimamente en la música negra norteamericana. O eso parece. Hay muchas señales. Tras catorce años de silencio, la estrella caída del soul, D’Angelo, lanza un tercer disco que parecía que nunca llegaría, Black Messiah, a finales del año pasado. Y es sensacional. Política vestida de síncopa y mensajes que se mecen sobre el pellizco del ritmo de la mejor música negra. Casi al mismo tiempo, el rapero de Los Angeles Kendrick Lamar ultima su tercer trabajo, To Pimp a Butterfly. Otro álbum fuera de lo común. Hay tantas ideas en esos ochenta minutos que administradas con un poco de racanería darían para una carrera artística entera. En otra realidad, indetectable para la gran industria pero no para los opinadores musicales, el productor de techno Theo Parrish, que durante dos décadas ha dado forma a una obra singular en la música de baile a base de maxis y remezclas, también tiene algo importante que decir en formato largo y publica en este 2015 el triple vinilo American Intelligence. Forma y fondo en perfecta sincronía para un disco de música de baile que no siempre es bailable y que en conjunto funciona como un alegato sobre la identidad. Aún hay más casos: el joven saxofonista Kamasi Washington, que aparece en los últimos álbumes de Lamar y Flying Lotus, debuta recientemente con otro triple disco, The Epic, en el que todo parece fuera de escala; todo es desmesura: dos baterías, dos bajos, tres horas de música.

Para poner en valor esos y otros discos recientes se repite como un mantra una idea: “black music masterpiece”. Lo dicen los creadores de opinión, lo corroboran incluso algunos de los propios artistas y lo repite la industria, que parecía que había vuelto de nuevo a los tiempos del single, del éxito construido sobre una única canción: “este es el gran álbum de la música negra de los últimos tiempos”. Lo anuncia Kanye West a cada nuevo disco; lo reclamaba para sí un excéntrico soulman que dieron a conocer The Roots, Cody ChesnuTT, en el doble The Headphone Masterpiece ya hace trece años (un debut fascinante porque era tan precario como ambicioso); lo decía a su manera también el trompetista Wynton Marsalis con su oratorio en clave de jazz sobre la esclavitud, Blood on the Fields ya en 1995, con el que incluso ganó un premio Pulitzer.

Es este. Este es “el álbum”, nos dicen y nos decimos. El heredero de A Love Supreme de John Coltrane, de What’s Going On de Marvin Gaye, de Thriller de Michael Jackson, de Sign O’ The Times de Prince, de It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back de Public Enemy, de The Score de The Fugees… El canon no está consensuado, pero sí hay un acuerdo en el hecho de que existe. Hay consenso en que la música negra norteamericana necesita afirmarse a través de una obra mayúscula y total en forma de álbum concebida como un todo, con vocación de explicar por completo la identidad negra, sus vivencias, su tiempo y su lugar en el mundo.

Pero la idea tiene muchas zonas oscuras. ¿Qué la hace “negra”, qué le da carta de naturaleza? ¿La genética de sus autores y autoras o el lenguaje musical que utilizan? ¿Qué identidad refleja? ¿Y qué vivencias? ¿Las del gueto? ¿Las de quienes montan en el ascensor social y cambian de estatus? ¿Llega esta música al entorno que la inspira? ¿Cuaja el mensaje de D’Angelo entre “los suyos”, sean quienes sean esos suyos? ¿Es Kendrick Lamar un artista relevante para la música negra porque importa en ese barrio del que nos habla o es relevante porque su discurso impacta en otros círculos? ¿Quién legitima esa negritud? ¿Y su relevancia, está sujeta al impacto social y artístico? ¿Se la otorga la crítica, generalmente blanca?

“White music masterpiece”. La categoría no existe y a nadie se le ocurriría nunca utilizarla. Hasta finales de los años 40, cuando el productor discográfico Jerry Wexler acuñó la expresión “rhythm and blues” para la revista Billboard, en Estados Unidos existían discos y emisoras de “race music”. Música racial. La raza era la negra, por supuesto. Y la noción del “gran álbum de la música negra” refleja el mismo esquema de poder. Categorías de pensamiento blancas para músicas negras. Pero que lo cortés no quite lo bailable: menudos discos los últimos de D’Angelo, Kendrick Lamar, Theo Parrish y Kamasi Washington.

Ideas blancas sobre músicas negras – O Productora Audiovisual

American intelligence: enciclopedia techno

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The Epic: la música del cosmos

¿El canon de la black music masterpiece?