Cuando uno menciona 1978 quizá lo primero que acude a la cabeza del español criado o madurado en democracia sea la Constitución Española, creada el 31 de octubre, ratificada el 6 de diciembre y, según parece, momificada desde entonces en forma de axioma de nuestro Estado de Derecho. Otros preferirán recordar ese año como el del estreno de Como humo se va, la primera comedia de Cheech y Chong, pareja cómica que podríamos considerar como la modulación porrera de Abbott y Costello, más o menos. Que un estudio como Paramount produjese y estrenase una película como esa, cuyos personajes viajaban de México a California a bordo de una furgoneta hecha enteramente de marihuana, puede ser interpretado como un triunfo de la Contracultura o como una señal inequívoca de su fin (o de su abducción por el mainstream). Cheech y Chong no eran los primeros iconos alternativos que se convertían en mercancía: años antes, pese a las buenas intenciones de Ralph Bakshi, al gato Fritz de Robert Crumb le había pasado lo mismo y el historietista no tuvo otro remedio que matar a su creación.

En el 78, un servidor, con doce años de edad, no estaba ni para leerse la letra pequeña de la Constitución, ni para fumar cigarrillos de la risa, pero era evidente que algo estaba pasando. El humo de la contracultura parecía recorrerlo todo, como esa neblina verde mata-primogénitos de Los diez mandamientos (esa película sí que veía, mira tú por dónde, casi una vez al año y bien que me gustaba). Los vapores multicolor del underground incluso se infiltraron bajo la puerta de la que era la más ingenua y en principio circunspecta publicación del mercado infantil: el TBO, ese lugar en el que la familia Ulises seguía en el mismo sitio donde la habían dejando mis padres cuando dejaron de leer el TBO. Una nueva generación de dibujantes empezó a alterar el orden de esa casa ilustre: eran Tha y su hermano TP Bigart, el futuro miembro de El Tricicle Paco Mir, Sirvent y Esegé. Su trazo era de ruptura, pero también lo era su humor, que casi siempre partía de algún retruécano metalingüístico. Los nuevos bárbaros reclutados en TBO acabaron reuniéndose en una sección propia que, bajo el título de La Habichuela, funcionaba como patio de recreo de ese grupo de individualidades singulares que disfrutaban barrenando los límites de la viñeta y demoliendo la tradicional arquitectura de la página: cada entrega de La Habichuela era una acotada celebración del caos controlado que emergía, con la belleza de un hongo atómico de humo lisérgico, en el centro de una publicación donde los más venerables del lugar –Coll, Sabatés, Muntañola, Arturo Moreno, etcétera– seguían a lo suyo, dando constantes muestras de brillante perseverancia y, con ello, ilustrando la eterna vigencia de las formas clásicas. Años más tarde, algunos de los miembros de La Habichuela trasladaron el mismo formato a la revista El Jueves, creando la sección Los Miércoles, mercado, en la que, como en su precedente, todo podía tener lugar: eran páginas donde cabía el collage, la apropiación irónica, el chiste incompleto e incluso las moscas parlantes. Pero antes de ese salto desde las páginas de la historiada publicación infantil hasta la sección en la revista satírica que salía –y creo que sigue saliendo, aunque ahora es, fundamentalmente, otra cosa– los miércoles, esa célula de humor patafísico vivió su particular momento de gloria cuando los editores del TBO decidieron encargarles la confección de una serie de especiales que, bajo el título de El Habichuelo, demostraron que, con la misma alegría con que esos cinco tipos revolucionaron el concepto de página, también se podía poner patas arriba la más o menos estable y consensuada idea de lo que era una revista.

Los grandes referentes de la historieta contracultural española –Nazario, Mariscal, Gallardo y Mediavilla, Max, Martí, etcétera…– acabaron siendo muy importantes para mí… pero mucho más tarde, precisamente cuando El Víbora visibilizó en los quioscos toda ese energía que hasta el momento había nacido y se había desarrollado en circuitos a los que no había tenido acceso. Pero lo importante es que una cierta aproximación a la sensibilidad contracultural se había infiltrado por los canales de difusión de la cultura popular para los niños de la época. Hay una cierta manera de mirar las cosas que a mí, personalmente, me la enseñaron algunas páginas y secciones de la revista Strong, algunas firmas de Trinca (fundamentalmente, Ventura y Nieto y Miguel Calatayud) y, sobre todo, las entregas de La Habichuela y los especiales de El Habichuelo.

El primer especial de El Habichuelo, identificado como Especial TBO nº11, apareció en 1978, al precio de cincuenta pesetas, con una portada multicolor de Paco Mir en la que varios pintores subidos a una escalera discutían sobre el color de la portada, mientras uno de ellos se entretenía en reproducir Las Meninas a un lado. En la página tres, un lobo mostrando los colmillos increpaba al lector diciéndole: ¡¡¡Atrévete a leer este extra!!!”. Quizá el equivalente para la EGB de esa histórica y agresiva portada del National Lampoon donde una pistola encañonando a un adorable chucho ilustraba el agresivo titular “SI NO COMPRAS ESTA REVISTA, MATAREMOS A ESTE PERRO”. En las páginas del especial de El Habichuelo podía pasar cualquier cosa: el dibujo mutaba de humorístico a realista en un incesante choque de tonos. Páginas enteras discurrían en completa oscuridad, había chistes protagonizados por huellas dactilares, viñetas en blanco, falsas noticias, una sección que mostraba el monólogo interior de esos personajes –una familia con madre, padre, dos niños, una niña, un bebé y una abuela– que aparecían semanalmente en el logo de cabecera del TBO–, horóscopos delirantes… No se puede decir que el especial de El Habichuelo fuese un sueño hecho realidad, porque nadie podría haber soñado eso antes de verlo: hasta tal punto alteraba la percepción infantil de lo que debería ser un tebeo.

La Viñeta Robada de esta semana pertenece a una página que, bajo el epígrafe de Página Denuncia, firmaba Sirvent en esa publicación revolucionaria. Al principio de la historieta, el plano detalle de dos cigarrillos consumiéndose sobre un cenicero daba paso a una inesperada conversación entre los dos fumables que, en un giro sorpresivo propio de un relato de Pere Calders o de una iluminación visionaria de Fredric Brown, acababan revelándose extraterrestres de incógnito en pleno desarrollo de su particular concepción de una invasión sutil. Esta viñeta, la décimo segunda de la página, muestra al humo de los cigarrillos dando forma a dos ultracuerpos que, en la tira final, se encarnarán y saldrán a la calle con el fin de suplantar a los humanos. En cierto sentido, estos dos seres gaseosos me recuerdan a los propios miembros del colectivo Habichuela, supuestamente camuflados bajo una forma teóricamente inocua –el TBO– para revolucionarnos las cabezas sin vuelta atrás. ¡¡¡Gracias por hacerlo!!!

Jordi Costa

Viñetas robadas

Humo contracultural