EL HOTEL ATLANTA
(Y LOS CARTELES)

POR FERRAN CAPO

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La historia en corto:

Llego a un hotel bastante peculiar en Bangkok, les propongo hacer unas fotos y una entrevista para esta web que estás leyendo. Me contestan que el director odia a los periodistas, cito: le recuerdan a la Gestapo (luego hablaremos de esto), pero que mirando nuestra web ha visto que hago letterings a mano. Me pregunta si estaría interesado en pintarle unos carteles que necesita. Contesto que sin duda. Me quedo diez días en el hotel pintando una serie de carteles. El más grande mide tres metros y medio de largo y una vez acabado se coloca encima de la piscina. La primera piscina de hotel en todo Bangkok, construida en 1952.

El Hotel Atlanta (y los carteles). – O Productora Audiovisual

Imágenes por Charles Henn, Frank Carter and Oliver Spalt

El Hotel Atlanta (y los carteles). – O Productora Audiovisual

La historia en largo:

El Hotel Atlanta es un lugar especial. Tiene sin duda cierta magia, aunque decir que es mágico sería exagerar. Es un budget hotel que fue construido en los años cincuenta; por supuesto, en los cincuenta no existían los budget hotels, y mantiene desde entonces un interiorismo característico, entre art decó y Memphis. Es un hotel que ha mantenido, o tratado de mantener, la apariencia que tenía ya en los cincuenta.

Un hotel no se mantiene igual por más de medio siglo sin una personalidad atrás que empuje y mantenga ciertos principios. Digamos que se ha mantenido ajeno al paso del tiempo. Se ha conservado inalterado durante decenios. Al menos, aparentemente. La postal fotográfica que acompaña el artículo está tomada hace pocos años y sin embargo parece atemporal, un poco una mezcla entre El resplandor y El Gran Hotel Budapest.

El hotel ha sido escenario de películas en distintas ocasiones y se vanagloria de tener la primera piscina de hotel construía en Tailandia, así como el menú de platos vegetarianos tailandeses más extenso del mundo. No contentos con eso, dicen tener la mayor colección de films occidentales que versan o se han rodado en el sudeste asiático. El hotel tiene algunas peculiaridades, probablemente derivadas de la excentricidad de su director.

No solo mantiene la mayoría de muebles, decoración y estructura que ya tenía en los años cincuenta, sino que además pretende de alguna forma mantener una manera de hacer las cosas que se diría anacrónica. La música pop está prohibida y afirma que el hotel está inmunizado a la cultura moderna. Un breve paseo por el hall del hotel nos hace darnos cuenta de que tiene las paredes llenas de libros firmados por sus autores; todos han pasado o escrito los libros en el hotel. El hotel también propone una beca a artistas, ilustradores, escritores y demás creativos. Si tienes un proyecto y le gusta al director, quizá puedas alojarte gratuitamente mientras escribes tu libro o creas tus piezas. Llegué al Atlanta durante unas vacaciones un poco precipitadas que me tomé las navidades pasadas.

Para llegar al hotel, al final de una calle sin salida, hay que cruzar casi obligatoriamente una de las travesías más aberrantes de Bangkok, la infame calle del Nana Plaza, epicentro del comercio sexual, donde mayoritariamente viejos europeos en diversos grados de embriaguez, gordos y/o tullidos buscan un poco de consolación sentimental del tipo que sus abultadas (o vacías) carteras puedan comprar. No estoy en contra de la prostitución, pero el espectáculo es bastante deprimente. Tanto las mujeres que (se) venden como los hombres que compran parecen dejar bastante que desear y se diría que todos están contentos de jugar al juego de quién tima a quién.

Este parque temático sórdido implica que los hoteles alrededor reciben, en general de noche y con algunas copas de más, visitantes, casados o solteros, acompañados por mujeres que ni son sus novias ni están casadas con ellos; aunque quizá alguna tenga intención de pegar un buen braguetazo, y por lo que me cuentan más de una lo consigue; extrañas parejas pasean de la mano por los alrededores. Viva el amor, aunque sea de pago.

Esto es importante de cara al artículo ya que al llegar al Atlanta te reciben un par de carteles bien grandes con un aviso en letras rojas muy claro: “TURISTAS SEXUALES NO BIENVENIDOS”. Probablemente sea el único alojamiento de la zona con semejante aviso. Pero no acaba ahí: el hotel tiene toda una serie de gráficas y carteles avisando de las diferentes expectativas que se tiene si no se siguen las normas del establecimiento. Por ejemplo, se aclara que las actividades ilegales en la habitación serán reportadas a la embajada de turno inmediatamente “y sin aviso previo a la policía”, y que por parte del hotel se colaborará al máximo con las autoridades para conseguir que le metan a uno en el calabozo. Probablemente sea un aviso exagerado y no se tomen tanta molestia, pero causa su efecto. Pero en el tiempo que estuve ahí no oí a ningún guiri montar una fiesta en su habitación.

Hay que decir que no todo son avisos: hay montones de gráficas esparcidas por el hotel con advertencias, pero también recomendaciones, aclaraciones y explicaciones de las particularidades del lugar, del país, de su cultura y de su gente. Todo me recuerda un poco a la madre de un amigo, que dejaba notas pegadas por toda la casa con instrucciones precisas y detalladas de qué hacer y cómo en cada caso; eso sí, con una gráfica limpia y desnuda en negro y rojo sobre blanco.

El problema del turismo en Barcelona me recuerda a veces al desfase de la zona guiri de Nana Plaza. La manera de lidiar con el problema por parte del Atlanta quizá le sirva a alguien, ya sea un bar, un hotel o alguien del Ayuntamiento. Básicamente, el hotel trata de conservar su identidad y de paso explicarle a los pobres occidentales malcriados que hay una cultura ahí propia, la de Tailandia, la de los tailandeses, y que si bien están acostumbrados a hacer lo que les da la gana o a menospreciar a los autóctonos, no se lo van a permitir hacer en ese hotel.

La cosa sigue: hay una colección de posavasos fantástica con textos casi literarios que versan sobre el propio director del Atlanta. No se permite a los residentes hablar con él (a no ser que se esté dispuesto a pagar una suma de dinero absurda), nadie sabe quién es; la única manera de tener pistas sobre su personalidad es leyendo las notas de los posavasos. Esto hace que vivamos una especie de ficción, como si estuviéramos viviendo dentro de un libro o una vieja película. Uno de los posavasos me aclara algo sobre este personaje: “El staff es simpático. Yo no. Por eso el staff es simpático”.

Volviendo al proyecto. Una vez acepto la propuesta de pintar los carteles, les digo que OK, pero que deberíamos vernos para negociar los detalles. No va a resultar tan sencillo. Ver a alguien que se esconde detrás de textos literarios resulta más complicado de lo esperado. Me cuesta tres o cuatro emails más, pero finalmente me contesten que el manager del hotel se lo está pensando, que me buscará y me hará un par de preguntas, y que en cinco minutos sabrá si soy ¡la persona indicada para el trabajo!

Empiezo a bocetar y empiezo a buscar quién debe ser la persona que se esconde detrás de esa figura imaginaria. Estoy casi seguro de que es un señor con una pinta un poco peculiar, medio thai, medio occidental quizá. Pasan veinticuatro o cuarenta y ocho horas hasta que finalmente se me acerca el director y me pregunta por los bocetos. Se los muestro y empezamos a hablar y a negociar el trato. Estoy dispuesto a hacerlo casi gratis, aunque no se lo digo. El hotel es fantástico, y si se mantiene cincuenta años más sin alterar significa que mis carteles también estarán ahí otras cinco décadas. Una buena razón para pintarlos. En cualquier caso, el manager me dice que soy joven y que necesito dinero, así que me ofrece quedarme diez días gratis, con desayuno, comida y cena, y pagarme algo simbólico.

Empieza la búsqueda de los materiales por Bangkok. No está nada mal. Tienen Japón al lado y los centros comerciales (olvídate de tiendas pequeñas de barrio en Bangkok, me dicen) parecen tener secciones de Bellas Artes llenas de pinceles y demás materiales necesarios. Hago acopio de esos superpinceles-rotulador japoneses. No puedo ser más feliz. No consigo encontrar los famosos stripping brushes que me harían el trabajo de pintar con enamel más sencillo. Habrá que mantener el pulso.

Me parece interesante destacar del proyecto que se realizó todo a mano, tanto el pintado de los carteles como el bocetado y diseño de los sketches. Sí que disponía de un ordenador para buscar referencias en Internet a la velocidad del wifi local. Así que busqué tipografías e imágenes de carteles de los años cuarenta, cincuenta y sesenta que me cuadraran con lo que quería hacer. Al mostrarle los primeros dibujos, el manager del hotel me comentó que antes, cuando él era pequeño, tenían un cartel similar en la entrada del hotel. En él aparecía una muchacha en un bikini estilo años cincuenta en posición de estar a punto de saltar a la piscina, y le gustaría que yo pusiera una. Así que la chica rubia que aparece en el cartel final me la tuve que inventar tirando de la memoria formal del manager sobre esa chica. Al no disponer de ordenador, lo tuve que diseñar todo a mano, por primera vez en muchísimo tiempo no tenía ordenador para pasar a limpio los diseños, proponer mil posibilidades de opciones de color, hacer las cosas milimetradas, ni rectas ni perfectas. Es redundante en el discurso del mundo del diseño, pero no por eso menos cierto que no hay peor enemigo para la creatividad, ni mejor arma al mismo tiempo, que una computadora. Fue un placer diseñar e ilustrar todos los bocetos a mano. Al final, no poder tirar de Cmd+Z para tapar los fallos y demás maravillas de la vida digital no resultó ningún drama.

No recuerdo haber pintado en mi vida bajo un calor tan húmedo. Me chorrean las manos a los quince minutos de empezar a pintar. Pinto en la piscina durante diez días, así que los residentes se acercan y preguntan. Cualquier actividad artística que se realiza a pie de calle, o de piscina en este caso, implica recibir feedback, positivo o negativo, de la gente que se pasea, en bañador, eso sí. Me hace recordar cuando patinaba en skate o acompañaba a algún amigo a pintar grafiti: había viejitos a los que les encantaba lo que hacías y otros que te maldecían. En este caso, los residentes del hotel son todos agradables y no se quejan del olor a disolvente que importuna sus descansos en la tumbona.

No descanso demasiado. Parece fácil, pero pintar carteles de tres metros y medio con enamel no es rápido. Paro a mediodía y aprovecho para visitar los magníficos cines de los centros comerciales. Hago este breve inciso porque son unos cines fantásticos, gigantes, con pantallas inmensas. La más pequeña debe ser como la del Phenomena, para que nos hagamos una idea. ¡Eso son cines y no lo que tenemos en Barcelona!

Los carteles van mejorando. Aprovecho que baja la temperatura por la noche para pintar. Si habéis visitado el sudeste asiático podéis imaginar el suplicio de mosquitos que se aprovechan de mi decisión. Tengo tres ventiladores a tope alrededor mío mientras pinto. Igualmente sigo sudando, como nunca. Los guantes de látex me duran nada y una gota de sudor cae de mi frente justo encima de esa maldita línea de pintura fresca que estoy estirando pacientemente.

Al final hago cuatro carteles para el hotel, tres para la zona de la piscina y uno pequeñito para la entrada del restaurante. El de tres metros y medio es una pasada. No recuerdo haber pintado a mano algo tan grande. No tenía cámara de fotos, así que solo tengo algunas imágenes tomadas con mi iPhone una vez acabados. Al día siguiente me fui de Tailandia. Cuando llegué al aeropuerto resultó que me había excedido con la fecha de visado. La multa que me tocó pagar equivalía a lo recibido por el pago de los carteles; el dinero se lo llevaba íntegro el estado tailandés… Cómo me recuerda esto a pagar autónomos en España. Una vez de vuelta a Barcelona, recibo por email algunas fotos de los carteles ya colgados hechas por el director; al irme el día después de acabar no los había visto en su sitio. El día antes de irme conozco a un fotógrafo que se queda en el hotel, él también me manda un par de fotos que podéis ver aquí.

El personal del hotel, que me había recibido al principio con cara de inmutabilidad, como a todos los demás huéspedes, se va relajando viendo el trabajo que hago. Es divertido verlos actuar, porque de verdad actúan, mientras están trabajando. Supongo que son ordenes de su director. Nada de hacerse el simpático, todos con su uniforme, orgullosos de su posición; nada de Thais que te sonríen y te dicen que sí a todo, más bien al contrario. Parece una película de un hotel antiguo, y si bien a veces se hace un poco pesado, espero que sigan así por mucho tiempo. Si alguna vez visitáis Bangkok no dudéis en pasaros por el hotel. No esperéis lujo asiático, el wifi va y viene, pero es una experiencia de esas que recordaré toda la vida. Es un budget hotel pero con un encanto que no vais a encontrar en ningún otro sitio. Se nota el peso de la Historia.

Otra historia es qué hacían ahí unos alemanes a principios de los cuarenta montando un hotel. Todo este rollo estricto tiene que venir de algún lado, pero no me atreví a insinuarlo. No quería acabar en el calabozo. Estaban siendo muy hospitalarios conmigo y tenía que terminar unos carteles.

El Hotel Atlanta (y los carteles). – O Productora Audiovisual

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