El día en
que te conocí

Historias de una vida minúscula. Parcelas de tiempo con referencias cruzadas o espejos en los que mirarse, dentro y a pie de página.

HH:MM:SS

Ayer

La finca tiene seis pisos y tres puertas en cada piso. A veces, me paro a leer los nombres de mis vecinos en los buzones. Sin embargo, nunca he conseguido casar estos nombres con sus rostros. Llevo ocho años viviendo en esta casa y aún no he logrado saber quién es quién, y en qué piso vive cada uno. Por supuesto, tampoco en qué puerta.

A primera hora de la mañana bajé con una vecina en el ascensor. Es una chica rubia. Vive sola. En algún piso superior al mío. Me saludó. Buenos días. Yo balbuceé: hola, buenos días. Miré al suelo y nos quedamos en silencio. Pasaron quince segundos, el ascensor se detuvo y los dos salimos a la calle. Ella lo hizo delante de mí. Frente al portal, un grupo de obreros taladraban la acera. Ellos giraron sus cabezas y la miraron sin reparos.

A veces la construcción de una historia me lleva a callejones sin salida. En su primer libro, Papeles falsos, la mexicana Valeria Luiselli compara las obras urbanas con la apertura de “la grieta de una idea, la fisura de una nueva palabra” . Pasé la mañana paseando por el parque, observando, apuntando, buscando un hilo del que tirar, una percepción concreta que me ayudara a continuar con mi escritura. No lo encontré hasta regresar de nuevo a mi portal, precisamente junto a la acera recién levantada. Las herramientas de los obreros yacían ahora en el suelo. Inertes. Ellos conversaban divididos en parejas. Parecían esperar algo: a un capataz, a un camión de escombros, o a una excavadora. De pronto, tres empleados de la funeraria municipal salieron del portal cargando un féretro. Aquello paralizó el paisaje: los obreros se apartaron, los viandantes se detuvieron, los coches ralentizaron su marcha. Las camisas de los tres empleados de la funeraria eran iguales. Las tres tenían un logo blanco y dorado en la solapa. Me pregunté cómo habrían conseguido bordar con tanta precisión un dibujo tan pequeño. Imaginé una máquina de coser gigantesca, conectada a un ordenador por USB.

Las suposiciones

Observé cómo el ataúd salía por la puerta y cómo los tres empleados lo cargaban en un coche fúnebre aparcado al otro lado de la manzana. No me atreví a preguntarles a quién transportaban. Pensé primero en cómo lo habrían bajado por las escaleras. En la fuerza que debían de tener y en los golpes sordos que se escuchan cuando el cadáver se golpea con la madera. Después desplegué mis suposiciones.

Además de un nuevo orden social, Huxley propone en Un mundo feliz, la muerte repentina a los sesenta años para evitar así la aparición de la vejez y, sobre todo, una vida dentro un cuerpo decrépito y roído. Recordé que en mi finca viven tres ancianas. Dos son lesbianas y son pareja. Una amiga me contó que ellas fueron las primeras lesbianas de la ciudad en vivir juntas, que eso fue en los setenta y que durante años todos las miraron con extrañeza, con asco o con temor. Son dos señoras muy parecidas. Las dos tienen el pelo blanco y corto, y unas gafas minúsculas colgando del cuello. Si la muerta es una de ellas la otra se va a morir de pena, pensé. Morirse de pena, dejarse morir por mimetización con el otro, abandonarse al precipicio porque te falta la persona que ves cuando te contemplas en el espejo. Porque ellas son una. Son una sola mujer. Sí, si la muerta fuese alguna de ellas, pronto lo serían las dos. La tercera anciana que vive en mi finca va en silla de ruedas. No sostiene bien la cabeza. No habla, solo gruñe. La silla la empuja siempre una chica boliviana. No se si esta anciana tuvo o no un marido. Tampoco sé si tiene hijos o nietos. Verla hace que se me revuelva mi propia vida. Este es el final. Seguro que así será mi final. La propuesta de Huxley siempre me ha parecido atractiva: vivir con un 100% de facultades hasta llegar a un punto de no retorno. El futuro que nos espera es desolador.

Al llegar a casa me percaté de que mis suposiciones no eran correctas. El muerto no tenía por qué haber sido una mujer mayor. Podría haber sido un hombre y podría haber sido una persona joven. La finca es grande. Y somos muchos vecinos. Esto fue lo que pensé. Después, lo abandoné todo y me sumergí en la escritura. Como hago todas las tardes.

El veredicto

En Los viernes en Enrico´s, de Don Carpenter, uno de los personajes, llamado Stan Winger, utiliza su estancia en la cárcel para desarrollar una imparable capacidad narrativa. Es allí, en mitad de la nada, cuando su imaginación despega hasta lograr generar historias completas y cuando se convierte de verdad en escritor. De alguna forma, yo intento hacer lo mismo. Trato de crear un mundo claustrofóbico para así ver crecer mis novelas. Es la única forma que he encontrado para conseguirlo. Muchos días creo firmemente que esta finca es una cárcel, que el parque en el que paseo es el patio, que mi celda es el cuarto piso, la puerta derecha.

La esquela ha aparecido esta mañana. Era una fotocopia y estaba pegada con celo en la puerta del portal. Mis suposiciones eran acertadas. La muerta es una mujer y es una mujer mayor. Tenía setenta y cuatro años. En la foto en blanco y negro he distinguido el rostro sonriente de una de las dos señoras lesbianas. He salido deprisa del portal. La cita con mi editor era a las 10:30h y eran las 10:32h. He leído el nombre de la muerta y he empezado a correr calle abajo.

He pasado el resto del día pensando en asistir o no al funeral de esta tarde. En escuchar o no la misa y en dar el pésame o no a la lesbiana viva. Soy el del cuarto, lo siento mucho. No he hecho ninguna de las dos cosas. Me he quedado en casa y me he sentido culpable.

Eva

Fuera es de noche. Elijo una camisa blanca y una americana negra. He quedado con una chica en media hora. Nunca la he visto en persona. So lo he visto tres fotos suyas de perfil. Hemos chateado dos veces. Tiene los ojos pequeños. Ese detalle hizo que me atreviese a pedirle una cita. Mi padre decía que las personas con ojos pequeños son entrañables, y a mí me gustan las personas entrañables.

Bajo al portal por las escaleras. No quiero encontrarme con mi vecina rubia. Me da vergüenza que me vea tan elegante. Tampoco quiero cruzarme con la viuda. No sabría que decirle. No me atrevería a mirarla a los ojos. Mientras bajo las escaleras, unos aparatos en el techo detectan mi presencia y hacen que las luces se enciendan solas a mi paso, iluminando el camino que me espera. Todo está automatizado, me digo, todos mis movimientos de hombre vivo son previsibles. Eva. La chica con la que tengo una cita se llama Eva.

Fotografías de Arnau Blanch extraídas de Fantasmas.

Lectura infiltradas:

1. Valeria Luiselli (2010). Papeles falsos. México D.F: Editorial Sexto Piso.
2. Aldous Huxley (1932). Un mundo feliz. Barcelona: Penguin Random House.
3. Don Carpenter (2014), terminada por Jonathan Lethem. Los viernes en Enrico´s. México D.F: Editorial Sexto Piso.