Desorden

Historias de una vida minúscula. Parcelas de tiempo con referencias cruzadas o espejos en los que mirarse, dentro y a pie de página.

HH:MM:SS

En mi casa

Esta tarde he planchado la ropa. Después la he doblado y la he colocado con cuidado sobre la cama. Ahora la contemplo. Es un collage casi perfecto: tres camisetas negras, una sobre otra, un pantalón vaquero, dos jerséis, cuatro pares de calcetines, dos camisas y tres calzoncillos. Abro la maleta y comienzo a trasladar el collage a su interior. Introduzco también un neceser y unas zapatillas. Cierro la maleta y la dejo junto a la puerta de la calle. Al regresar al cuarto reflexiono sobre la palabra “calzoncillo”. Es una palabra fea. En cambio, en inglés, esa misma palabra, en cualquiera de sus traducciones, “pants”, “underpants” o “boxer”, resulta un término más plano, sin connotaciones extrañas. Me meto en la cama. Apago la luz de la mesilla. El reloj despertador marca las cero horas y treinta y cinco minutos. Mañana me espera un viaje largo. Cierro los ojos, congelo una imagen de Isabel y trato de encontrar el sueño.

Antes

En su obra El Narrador, Walter Benjamin cita un dicho popular que dice: “Cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo”. Parece que quien está legitimado para narrar historias debe ser una persona que viene de muy lejos, porque es alguien que ha visto cosas nuevas que merecen ser contadas. Hasta los veintitantos años yo viajé mucho: China, Estados Unidos, Francia, Italia, Marruecos, Inglaterra, Irlanda, Alemania, Checoslovaquia, Hungría, Suecia, Dinamarca, Holanda y Argentina. Lo hacía siempre que podía y lo hacía siempre solo. Visitaba algunos reclamos turísticos y me perdía entre callejuelas. Pero, sobre todo, dedicaba mi tiempo a escribir reflexiones en una libreta y a dormir. Dormía mucho. Visto con retrospectiva todo aquello podría parecer algo absurdo: viajé cientos, a veces miles de kilómetros a lugares que desconocía para dormir once o doce horas al día y escribir en una libreta. Nunca conocí a nadie con quien mereciera la pena conversar. Salvo a Isabel, con ella sí.

En el aire

Estoy sentado en un avión de Ryanair. Ojeo una revista mientras la azafata da las últimas instrucciones. En quince minutos compraré un billete de lotería y comeré un Kit Kat. En una hora y media habré aterrizado en Londres. Me esperan dos días de feria. La semana pasada traté de convencer a mi editor para no ir, pero me respondió que aquello era innegociable. Es tu novela, Iban, me dijo, te necesito allí conmigo para venderla. Desde hace unos años trato de desplazarme lo menos posible. Ya no me gusta, me crea algo similar a la ansiedad. Ahora, al plantarme en una ciudad diferente a la mía, siento que la realidad dispara su velocidad, que pasa a ser incontrolable, que dejo de comprenderla. Hubo un tiempo en el que me asusté. Pensé que al dejar de conocer nuevos lugares, llegaría un día en el que me quedaría seco de historias, en el que no tendría nada nuevo que contar. Sin embargo, con el tiempo entendí que nunca más necesitaría desplazarme. Mis viajes siempre habían sido a lugares diferentes a los que me rodeaban. J.M. Coetzee explicaba en Diario de un mal año que existe una nueva vía que permite a las personas trasladarse sin movimiento, solo a través del pensamiento y de las lecturas. “La vía del quietismo”, la llama, la vía de la oscuridad voluntaria, de la emigración interior.

En la feria

Un señor de gafas gruesas y una acreditación colgada del cuello me entrega papeles que voy firmando. Mi editor está sentado a mi lado, no puedo ver su rostro, pero estoy seguro de que sonríe. Acabamos de vender los derechos de mi novela a una editorial llamada “Pomona”. Bioy Casares decía que escribir es como agregar un cuarto a la casa de la vida, que está la vida y está pensar sobre la vida, que de algún modo es como duplicar nuestra existencia. La primera edición en inglés saldrá con cinco mil ejemplares. El anticipo me permitirá seguir dedicándome a escribir durante los próximos meses.

En el hotel

Contemplo mi ropa doblada sobre la cama. Es mi segundo collage en cuarenta y ocho horas. Una a una, devuelvo todas las prendas al interior de maleta. Observo a través de la ventana. Ha oscurecido. Veo luces y coches pasar. Recuerdo que fue aquí, en Londres, donde vi por última vez a Isabel. Desde que nos separamos vivo encerrado en ese cuarto del que hablaba Bioy, tratando constantemente de emigrar a alguna parte. Sé que ella sigue viviendo en esta ciudad. Sé que si marcase su número nos veríamos esta noche.

Desorden

Salgo de mi habitación del hotel y camino hasta un restaurante. Ella me está esperando sentada. Sigue igual de sonriente. Sigue mirándome de esa forma demasiado atenta. Con los ojos muy abiertos. Recordamos nuestro primer día juntos. Me felicita por la venta de la novela. “Te vigilo de cerca”, me susurra. Ella me habla de su carrera como publicista en Londres. También de su marido y de su hijo de tres años. De lo difícil que fue el primer año y de lo maravilloso que es verlo crecer. Terminamos de cenar. Prometemos mantener el contacto más a menudo, chatear por Skype, volver a vernos en verano. Nos damos dos besos. El segundo muy cerca de los labios. Regreso al hotel. Siento que me he desordenado. Dice el protagonista de Sumisión de Michael Houellebecq que para él la nostalgia no es un sentimiento estético, sino que simplemente existe porque el pasado, fuera bueno o malo, siempre es hermoso, y también lo es el futuro. Lo único que duele, prosigue, es el presente, con el que cargamos como un absceso de sufrimiento entre dos infinitos de apacible felicidad. Nostalgia en inglés se dice nostalgia. Esta sí que es una palabra bonita.

Lectura infiltradas:

Walter Benjamin (2008). El narrador. Santiago de Chile: Editorial Metales pesados.
J.M. Coetzee (2007). Diario de un mal año. Barcelona: Random House Mondadori.
Adolfo Bioy Casares (1998). Sobre la escritura: conversaciones en el taller literario. Madrid: Fuentetaja.
Michel Houellebecq (2015). Sumisión. Barcelona: Editorial Anagrama.
Los Planetas (1994). Desorden (Super 8). BMG Ariola.