Agito la cabeza y siempre lo haré…
¡capullo!

HeadbanGIF. Agito la cabeza y siempre lo haré… ¡capullo! – O Productora Audiovisual

“No bebo leche y jamás lo haré… ¡Capullo!”, nos escupe a la cara Lemmy mientras clava su bastón en nuestro entrecejo, todavía intimidante a pesar de los pesares… El anuncio de Valio, la principal empresa láctea de Finlandia, apareció en su canal de YouTube el pasado 7 de enero, cuando Mr. Kilmister ya llevaba once días aposentado en su taburete del Rainbow celestial, controlando con una mano su inseparable Jack Daniel’s con Coca-Cola y dándole a su tragaperras favorita con la otra. Tintineo de hielos eterno y jackpots garantizados, una más que merecida recompensa para un tipo que vivió (y bebió) como le dio la real gana.

A mediados de 2014, el prestigioso semanario médico The Lancet publicó un estudio titulado Chronic subdural haematoma secondary to headbanging en el que se relataba el caso de un paciente alemán de cincuenta años atendido en el Centro Médico Universitario de Hannover por intensos dolores de cabeza. El tipo ni consumía drogas ni tenía un historial médico que ayudara a dar con las posibles causas de su dolencia; pero, ¡ah!, comentó a los doctores que el mes anterior había estado disfrutando a tope –eso es, sacudiendo el cabestro- de un concierto de su banda favorita: Motörhead. Un escáner reveló un hematoma en la parte derecha de su cerebro; perforación de cráneo, extracción de coágulo, bien de grapas y a seguir disfrutando la vida de metalhead con un poquito más de calma. El estudio circuló como la pólvora, claro está, y los periodistas/tertulianos/agoreros digitales se divirtieron durante unos días pintando un futuro apocalíptico de sufrimiento y dolor para atemorizar a todos aquellos que practican (que practicamos) el irrefrenable arte del headbanging.

Comer carne roja, beber Jack Daniel’s con Coca-Cola, jugar al Assasin’s Creed, leer nuestros contenidos editoriales… Todos los placeres mundanos pueden perjudicar seriamente nuestra salud si los disfrutamos sin mesura, es obvio. Pero del mismo modo que un chuletón de vaca vieja gallega de dos quilos le escupe a nuestro hipotálamo “¡échame a la parrilla!”, el frenético ritmo que marca el estruendoso bajo de Lemmy en Ace of Spades nos agarra del pelo para que sacudamos la quijotera como si nuestra vida dependiera de ello. Es un acto reflejo, solamente evitable si uno posee el control mental de un monje budista o es muy fan de Papá Topo.

Pocos serán capaces de rebatir que el headbanGIF canónico es aquel que muestra a Tom Araya, bajista y cantante de los inclementes héroes del thrash metal Slayer, agitando como un poseso su melena al frenético ritmo de algún tema de Reign in Blood –nombrado disco más heavy de la historia por la revista británica Kerrang! en 2014– o Hell Awaits –cuyo tema titular protagoniza un vídeo en YouTube de revelador, nostálgico título: When headbanging was real. Cuando en 2010 Araya anunció que le ponía freno a sus sacudidas por prescripción médica –tres décadas de dedicación le obligaron a pasar por el quirófano para reemplazarle una de sus vértebras por una placa de titanio–, los headbangers de todo el mundo frenaron sus cabezas en señal de respeto y admiración.

Parecía el fin de una era. El cuerpo (nos) había vencido y hasta se hacía difícil revisitar las escenas más emblemáticas del audiovisual headbanger sin notar a Pepito Grillo pellizcándonos el cogote. Hablo, cómo no, del Bohemian Rhapsody a cinco cabezas de Wayne’s World, o de los mocosos Beavis y Butt-Head temblando como hienas, poseídos por el riff del War Machine de KISS. Pero el público heavy*, haciendo nuevamente gala de su inquebrantable (sic) fidelidad, tardó un nanosegundo en hacer oídos sordos a los talibanes de la salud cervical para seguir guiándose por las ciento cincuenta pulsaciones por minuto que marcan su ritmo de vida. Como bramaban Metallica: “Adrenaline starts to flow / You’re thrashing all around / Acting like a maniac / Whiplash!”. Todo volvía a la normalidad; aquí van tres recientes ejemplos de la buena salud del fenómeno:

El YouTuber Kranoc consiguió fama viral en 2014 con un vídeo, titulado Metal Construction, en el que aparecía realizando distintos trabajos en una obra –taladrar, enyesar, demoler o… sostener una lámpara– espoleado por el abrumador compás del War de Meshuggah y sacudiendo su melenón siguiendo esa variedad del headbanging conocida como “molino”, de la que George “Corpsegrinder” Fisher (Cannibal Corpse) es consumado maestro. Más de cuatro millones de reproducciones le ayudan a paliar la tortícolis…

El fotógrafo danés Jacob Ehrbahan inmortalizó con su cámara a headbangers en acción y en su hábitat natural: los festivales Copenhell (Dinamarca), Wacken Open Air (Alemania) y Metaltown (Suecia). Sus poderosas, coloristas instantáneas, recopiladas por Powerhouse Books en el volumen Headbangers, logran transmitir esa mezcla de enajenación mental y desorbitada joie de vivre que se apodera de los metalheads en pleno lodazal de barro y riffs pesados.

El pasado mes de noviembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia anunciaba el primer set de emojis lanzado por un gobierno estatal para promocionar la particular idiosincracia nacional y facilitar la comunicación con emoticonos entre sus conciudadanos. Los tres primeros que se presentaron fueron una pareja disfrutando sonriente de una sauna, el Nokia 3310 (el modelo más icónico del gigante finlandés) y un metalhead con los cuernos al aire y la melena cubriéndole el rostro en plena agitación masiva. El Whatsapp de Nightwish y Children of Bodom saca humo…

Rubriquemos esta oda al headbanging (que en el formato de movimiento infinito que se asocia a los GIFs funciona como advertencia: esto no se va a detener jamás) con las sabias palabras de Andrew WK –su debut I Get Wet de 2003 es un rompenucas de primera–, extraídas de su columna semanal en el Village Voice neoyorquino: “Algunos dicen que el headbanging es malo para ti. Dicen que causa daños cerebrales y que mata células del cerebro. Todo lo que puedo decir es: Las partes de mi cerebro que han sido dañadas por el headbanging son las partes que tampoco necesitaba. El headbanging mató las células cerebrales que me hacían sentir triste y deprimido, que me hacían pensar que la vida apestaba. El headbanging me practicó una lobotomía para dejarme solo con las partes buenas de mi cerebro. Las malas fluyeron fuera de mi cuerpo y de mi vida a través de la nariz. El headbanging me salvó la vida”.

Así pues, ya lo sabes: Bang your head! ¡Hazlo por Lemmy! ¡Hazlo por ti!

(*) Aunque históricamente el headbanging se ha asociado con la velocidad de las melenas heavy, huelga decir que es una disciplina no restrictiva, abierta a cualquier estilo musical que a uno le dispare la cabeza en modo looney tune. Que se lo pregunten a Taylor Swift