Goddamn, Comic Con.
El Comic Con como Franja de Gaza entre lo nerd y la histeria.

Por
Juan Manuel Domínguez

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Ilustración por Manuel Clavero

Estoy detrás de un velociraptor. Lo odio. No por nuestras obvias diferencias a la hora de los saltos evolutivos. Tampoco por ser yo, mamífero, un “gallina” que sabe que tiene de Chris Pratt tan solo un Lego a su imagen y semejanza colgando de su llave. Lo aborrezco, salvajemente, porque ambos esperamos nuestro turno para usar el baño con nervio animal. Y recién son las 12 p.m.  del primer día en el  New York Comic Con. Delante nuestro, Spider-Man resfriado (al menos su cosplay sacado de The Amazing Spider-Man 2 lo muestra así) termina su rutina nada amigable en el nada pop cubículo (claramente, la digestión no está ayudando en nada a este  Spidey amateur). Detrás nuestro, un hombre de color que asociamos, por su traje, a un cazafantasmas. No. Es un empleado de limpieza. No todo es franquicia en el NYCC. Nos habla. A mí y al raptor. “Down the hall”, dice el cazafantasmas. Nos lleva como si fuera alguien que entiende más que cualquiera de nosotros nuestra misión en el mundo (al estilo del Morfeo de Matrix , pero pensando en nuestros esfínteres, con suerte) a un baño distinto, uno que está del otro lado de las improvisadas salas de prensa con panelería de exhibición itinerante. Entramos al baño. El raptor escupe un ser humano que necesita usar el baño. Hacemos lo nuestro y de la nada entra una celebridad clase D (Brian Azzarello, guionista de cómics que hacía unos minutos bromeaba, cool y a lo Tom Waits,  codo a codo junto a Frank Miller, celebridad clase C, en un panel sobre The Dark Knight III: The Master Race). Salgo del baño, veo a Azzarello y mientras el dino sigue en lo suyo, me mira con su look que mezcla a Walter White con Alan Moore: “¿Había un dinosaurio cagando? Goddamn Comic  Con.”

Indeed , Mr. Azzarello. Un “goddamn”  Comic Con, de los colosales, como el que cumplía diez años en NY entre el ocho y el once de octubre de este 2015 , es realmente una experiencia entre alucinante, aturdidora y patética. Un dinosaurio cagando. La multitud, y siempre hablamos de multitud (incluso cuando caminamos hacía el Javits Center antes de entrar o queremos comprar un peluche de Edgar Alan Poe), oscila entre la horda beatle y la utópica comunión de necios a los que Hollywood, al final, les dio la razón (y se juntan para regodearse en ello). Ya sabemos, antes incluso de entrar, que en este tablero de juego podemos cruzarnos, como si fueran coordenadas pop a lo Pac-Man, con cualquier franquicia “súper” con la que contrabandeamos durante décadas de consumo troyano contracultural (bueno, ni tanto ni tan poco) o que los actores de The Walking Dead se pasean estrenando su nueva temporada por el Madison Square Garden, por los mismos pasillos que Muhammad Ali o Joe Frazier.

Las dinámicas del Comic Con son simples de entender incluso para el neófito: hay robots, muchos, incluso un Hulkbuster (en muggle: el  Iron Man que pelea contra Hulk en Los Vengadores: La era de Ultron). No hay Roboter de Kraftwerk o María de Metrópolis. En palabras de Seinfeld: “No es que haya nada de malo en ello…” pero entendemos hasta donde sí y hasta donde no. Hay cuanto personaje haya pasado incluso como un relámpago por cualquier serie, cómic, película, show de televisión o lo que sea de los últimos cincuenta años. Pero no hay un Mortadelo. Aun así, apenas se pone un pie en el Comic Con es difícil no mezclar curiosidad a lo Doc Brown, síntomas lascivos a lo Robert Crumb, ánimo bully a lo alumno de Cobra Kai y alegría casi radioactiva a lo Teletubbie que ganó la lotería.

Si tuviera catorce años, estaría en algo parecido a Oz, Woodstock y la Comarca todo junto. Tengo treinta y cuatro, resaca, tendinitis, tarjetas de créditos anémicas y me desespera más conseguir wi-fi que correr a conocer los nombres que me cosieron como el Frankenstein, ya no tan moderno pero sí  recargado, que soy. Maldito cospl ay. Pero, bueno, el infierno está incluso encantador… y lleno de tortugas ninja. La furia amable de la urgencia, de mostrar lo que despierta fanatismo o deudas siderales, es hasta respirable.

Imaginen ir a un estadio, o estar en una feria del libro, o cualquier evento de miles de miles de personas que conozcan. Ahora muten los rostros, en, por ejemplo, una fila de sujetos con el chaleco de Marty McFly en Regreso al futuro 2 esperando para sacarse una foto con un DeLorean, doce amigos caracterizados de  personajes secundarios de Pokemon, alteraciones quirúrgicas a ultras demasiado conocidos (Superman zombi, por ejemplo, o el campeón chatarra de la globalización, un Ronald McDonald mezclado con Thor), imitaciones de lujo o conscientemente de pacotilla. Aún así, no están ni cerca de entender ese espacio. Quizás porque está más cerca de un limbo, donde todos merodean y aunque haya objetivos a corto plazo (charlas, proyecciones, desfiles, cientos de autores de cómics ordenados como si fueran productos de supermercado firmando ejemplares), lo importante es certificar consumos y modos de vida. O quizás simplemente esa condición extraña, de plaza medieval, se da porque la muchedumbre adora su condición y no para de crecer, amontonarse, mostrarse, admirarse, regocijarse. Se bañan en su propia religión. Es solo un cu mshot de pop mercachifle, pero nos gusta.

Cada rubro, desde el stand enorme de DC, Marvel o Capcom, genera un cuadro digno de un ¿Dónde está Wally? (había, de facto, un Wally) que consumió cocaína y ahora está superpoblado de camaradería, conocimiento enciclopédico de trivial s, costuras caseras y sobrepeso; por allí caminan hasta tres generaciones nerds con el mismo ADN. Ya sea en una charla que anticipa los próximos Expediente X  o Marvel Comics regalando un ejemplar gratuito, la sensación es la de ser parte de una colmena. Es un caos organizado, amable (si fuera un bar, algunos roces terminarían sin duda en una visita al odontólogo), pero ansioso. La libido está en la captura: de fotos con los cosplayers, de ver tal capítulo en estreno, de conseguir esa firma, de comprar ese  hot dog (cola de cuarenta y cinco personas para un perrito  caliente). Es un orden distinto, otra forma extraña de civilización: completamente instalada en el capitalismo, pero de movimientos hippies, al menos a la hora de comuna. Y de peeping tom , claro.

Hay, sí, una constante pornográfica: todo es XL. No existe el XS (salvo quizás, en las porciones de comida a la venta: somos todos iguales, excepto cuando estamos delante de un mostrador). El tamaño importa. Todo es tremendo y urgente. No va ni una hora y muchos me chocan con bolsas de “Juguetes Exclusivos ” que parecen llevan dentro a un ser humano (no preguntar). Peor: falta una hora para el final y a lo  walking dead las ofertas obligan a empujones menos agresivos y más obsesivo-compulsivos. Todo se vende. No olvidar: aquí hay setenta millones de dólares en ganancias (no por nada el mejor truco del diablo es el merchandising). Páginas soñadas al alcance de la mano y amontonadas como lechugas de temporada, números imposibles que tienen costos demasiado norteamericanos (Batman #1, a un valor obsceno), modos maniqueos e inmundos de categorizar cómics (sujetos que hacen cola para embalsamar tebeos, de modo que  tengan un valor excepcional dentro de cuarenta-a-quien-le-importan años), muñecos de oficina y de estudio de Hollywood, videojuegos, estatuas de colección, vestimentas, réplicas de espadas, fotos con celebridades: la lista es gigante, godzillesca. La mirada no se frena, la gente tampoco. Sí, es un limbo. Definitivamente.

Pero aquí las deidades se esconden. No por vergüenza, sino por grandiosas. Quieren nuestro sacrificio: harás fila para defecar o ver a Stan Lee de forma infrahumana. Todo da igual en el Reino de San Batman. Oh, sí, Señor Pop. Consumirás tres salarios en montañas de juguetes sin sentido (que no sin alma, eh). Por supuesto, Amo Merchansiding. ¿Es ese David Duchovny bromeando junto a Chris Carter y Robert Kirkman? Gracias por el rejunte y dejarme respirar su mismo éter, San Celebrity y San Marketing. Atención: no es una queja, es una realidad concreta como nunca y eso es lo que impresiona. Palabras como Cthulhu se leen aquí demasiadas veces por día. Es otra forma de vida. Una donde los dinosaurios cagan conmigo.  Goddamn.