FALSOS AMIGOS

7. MICHEL HOUELLEBECQ
POR RUBÉN LARDÍN

Un falso amigo es una traición del vocabulario. Escribir cartas abiertas a desconocidos puede llegar a ser una imprudencia.

En esta sección, Rubén Lardín lanza todas las semanas una misiva no deseada al proceloso mar electrodinámico.

Estimado Michel;

Voy a poner aquí un texto y luego ya lo recojo para decirte que estoy viendo muchas películas de amor. Es para una cosa pero tampoco quita la otra, ya te iré contando. Te pongo sobre aviso por si acabo sonando muy mío en esta mañana de abril, aunque lo que va a escribirse a continuación no puedo saberlo como no sé todavía qué hay destinado para la jornada, qué es lo que va a ocurrir ni qué residuos van a determinar mis sueños de esta noche, si tal vez se presentarán como heraldos del futuro o si serán mero depósito. Mi deseo, en cualquier caso, es que se alcen como construcción autónoma y experiencia completa. Tampoco es necesario justificarse en esta mañana que está siendo de resurrección, de recordar antiguas amantes, alguna vieja y otras más jóvenes, pero antiguas todas al fin y al cabo.

Aquí habíamos dado muchas fiestas, Michel. Se vieron panteras negras ojeando libros en cuclillas, incorporando rasgos duros, casi viriles, en alguna parte del rostro. Seres muy acostumbrados que nos confundían la noche con miradas sin intención. También chochos para entrar a vivir y patinadoras en zigzag como serpientes erguidas, puro nervio, carne sin oleaje a la que en cualquier arista le amanecía el esqueleto como un recuerdo del porvenir. Cuerpos que fueron nuevos y de poco discurso, incandescentes, niñas potras que cagaban fresas pero también físicos de mujer gastada a los que en su día nos pareció inevitable rendirse. Vanidades, ya sabes. Fieras opulentas de piernas montaraces pero tocadas de alguna duda y animalitos estancados en edades tempranas en el lodazal de nuestra memoria; seres que hoy, de no haber envejecido como envejecen los hoteles, nos abrumarían. Pero los buenos hoteles acaban siempre convertidos en señoras.

Hubo piedra y hubo almíbar, Michel, en aquellas fiestas sin cobertura donde lo que ocurría ocurría solo en ellas. Eran fiestas a las que se iba para estar, lapsos francos donde extinguirse un rato, nada que ver con esas fiestas que son casi todas, todas las demás, paripés a los que se va para luego haber estado. Pero de todo esto hace mucho tiempo, mi ciudad era otra y tú tendrás cosas que hacer. Yo hoy no sé. En aquel entonces me resistía a entrar en garitos donde las mujeres no pagasen entrada porque me parecía un insulto y una ganadería. Luego llegué a entenderlo, entendí por qué en lugar de entrar salía yo de noche, pero durante un tiempo seguí presentando resistencia ante aquellas políticas tan sobrentendidas y ahora ya me da un poco igual todo, en esta mañana de miércoles en que me encuentro, escribiendo estas líneas en tu ciudad llena de cuervos, si es que París puede llamarse tu ciudad, que de nuevo me acoge como siempre lo ha hecho, con un sospechoso exceso de educación.

Aquí no hay reproches para mí porque para mí aquí no hay nada, pero me gusta mucho flanear París sintiéndome una premonición de mí mismo, con el hombre por armar. Trato de aventajar a las tradiciones aventurándome por calles pequeñas, pero por muy lejos de casa que me encuentre voy a seguir respondiendo a mi honra. ¿En qué consiste ser un buen ciudadano, Michel? Esta mañana he visto a dos mujeres feas como demonios haciéndose fotos en la puerta de una tienda Adidas. Alzaban un palo. Más tarde, en un parque, un hombre miraba las soluciones de los autodefinidos.

París tiene una luz muy sensata que lo hace todo comprensible. No tengo muy claro que aquí se pueda ser un apátrida intelectual y diría que en Francia a la ficción se le piden razones. O no, al revés: los franceses a la ficción le otorgan razones. En Francia se sabe que la realidad solo puede entenderse mediante la ficción, la imaginación o la fantasía, que son tres cosas muy distintas. Que la verdad solo puede explicarse con la mentira porque la verdad no tiene nada que ver con la realidad, aunque ambas cosas son un constructo, una paparrucha, errores de paralaje. ¿Sabes lo que es un error de paralaje? Búscalo en un diccionario.

Espera, aquí se ha dado una interrupción, la realidad me interviene. Me ha llamado una persona de una agencia inmobiliaria para decirme que quieren adecuar mi alquiler al mercado y que por ello en adelante voy a tener que generar más dinero para entregarles. No sé encontrarle la diversión a este juego, no entiendo que estas personas se levanten temprano y se aseen y procedan a esto cada día, ¿qué modo de vida es ese? Si acepto, además, deberé cubrir una mordida en concepto de trámites, honorarios, gastos de gestión. Le menciono a esta persona un pájaro autóctono de Madagascar que se alimenta de unas bayas concretas. De sus heces se recuperan las semillas, se trituran y se sirven a precio de oro como infusión. Son nuevas liturgias, ceremonias baratas pero muy laboriosas para pijos sin luces, ritos incontestables en su enunciado exótico que deberían ayudarnos a devolverle el significado a la vida en común. Sobre esa imagen estoy a punto de exponer una teoría que me parece reveladora pero esta persona no me hace mucho caso y con un lenguaje plenipotenciario insiste en lo beneficiosa que es para mí su gestión en este asunto, el tema de mi alquiler. Son estas hienas quienes perpetúan el mundo así, como es, y esto es algo que jamás va a cambiar mientras en la tierra respire un solo ser humano. Somos la especie más despreciable e incorregible que ha caminado nunca este planeta, ¿te das cuen? ¿Lo del paralaje lo has buscado? ¿Y el mindfulness, sabes lo que es? ¿no? eso yo te lo digo, eso es una trampa para mediocres.

Como puedes ver, me tienen contento. Por eso te he tomado hoy aquí como excusa para soltar mi carrete. Estas personas amables y seguro que algún gilipollas (parece ser que en internet hay dos o tres gilipollas) se han congregado aquí para leer sobre tu figura, pero ahora les podemos volver a recordar que siempre que se escribe se habla de uno mismo, que las causas, las temáticas, las informaciones y los manifiestos son razones de farsantes, y si quieren leer, primero, que apaguen internet, que esto está hecho para otra cosa, y si quieren saber de ti, Michel, que lean tus novelas, que, por cierto, ya empiezan a ser menospreciadas entre los impostores intelectuales de siempre, molestos por antes haberse dejado deslumbrar. Qué pena de gente.

Por lo demás, hoy te he visto, con tus libros caminando, cerca del puente de Tolbiac, un lugar que para mí es imposible disociar de Tardi y Léo Malet. Paseabas arrumbado por Choisy con los cabellos al viento. ¡Y qué pelos, Michel! Siempre he creído que en esos pelos tuyos vive la primavera, que llevando ese peinado no se puede escribir nada fuera de lugar. Me pregunto si sabrás lo que es un calvo. Calvos solo hay en España, pero diría que somos conocidos en el mundo entero. Existe el calvo resignado, el que se deja, los que encajamos esa responsabilidad sabiendo que no conlleva poder alguno, y luego está el calvo categórico, que es aquel que no acepta su alopecia y la ataja afeitándose el cráneo. Yo no voy a decir nada, pero raparse la cabeza creo que viene a ser el llevar peluquín de hoy en día. El caso es que hoy te he visto, colgado de tu mochilita en busca de aventura y oportunidad, y mirándote se me ha ocurrido que tu circunstancia en el mundo y en la vida se reduce a la de un perrito joven que no sabe subir escaleras y tiene miedo de bajarlas. Es un problema frecuente que solo presenta una solución: cargarlo en brazos. Esta imagen, en el fondo, resume muy bien al escritor, al hombre que escribe con esos pelos, alguien a años luz de ese otro tipo de mamífero varón poco hecho que hoy se lleva, capaz en ocasiones de unas barbas prehistóricas que ocultan muy efectivamente la ausencia de carisma.

Pero let the music play, Michel, tú no te preocupes por nada, estoy contigo, yo asumo mi alopecia y yo si quieres te peino, yo asumo todas las pasiones de los hombres, sus manifestaciones violentas, la tentación imperiosa del sexo e incluso la del humor, que, si te fijas, es muchísimo más poderosa que ninguna otra. ¡La tentación del humor!

Estos días he vuelto a Reiser, dibujante que fue muy querido en tu país. Quienes le conocieron se refieren a él como alguien tierno y amistoso, una persona dulce y el anti macho perfecto, y, sin embargo, la mayoría de sus viñetas hoy le iban a generar problemas. En una de ellas, una mujer desastrada y con la ropa hecha trizas solloza frente a un gendarme que rellena un atestado. “A ver, recapitulemos”, dice el policía, “le abrieron las piernas, le arrancaron las bragas, la violaron repetidamente y le obligaron a mamar… Ehm, ¿también la sodomizaron?”, pregunta mientras con la mano libre se la pela debajo de la mesa. Este chiste está contenido en un libro maravilloso que se titula Locos de amor, y en cuyas páginas el sexo y la muerte se hacen simultáneos. Reiser da con el fango esencial, destila nuestra miseria más verdadera y poniéndola sobre la mesa nos pone en evidencia, nos aniquila en una, dos, tres viñetas feroces, de dibujo histérico. Nos reduce a cenizas para explicarnos, y tras la carcajada nos sentimos como nuevos, nos hemos comprendido, somos mejores.

A tu ciudad siempre vengo a buscar libros. Me he comprado también uno de Laplace pero ya es otra cosa. Jean Laplace vive en Annecy y tiene tranquilo hasta el nombre, y ni tú ni yo ni nadie vamos a ser nunca tan legibles como él porque sus dibujos suceden en un lugar preverbal. Laplace propone su juego de observación y entrega ocho errores, no se somete a las palabras ni pretende domarlas. El tío hace un dibujo, lo fotocopia y con tinta y gouache se enmienda a sí mismo, digamos que se boicotea y de tal forma sale duplicado todos los días en cien mil periódicos. Periódicos de papel, claro, porque atiende a esto y saca tus conclusiones: ¡en la prensa digital no hay página de pasatiempos!

Me voy a ir yendo pero escucha lo que te iba a decir: que no fumes tanto, Michel. Tengo que reconocer que ningún libro tuyo me ha atravesado el alma porque tu literatura es de emociones pasivas, tiene la tristeza como lecho y está muy basada en la tragedia de vivir, pero en general me han satisfecho todas tus novelas y varias me han gustado mucho. En ellas no se puede descansar de uno mismo pero tu precisión para dar la temperatura ambiente es asombrosa. Me gustó incluso tu película, hombre, ahora me acuerdo; en España nos gustó a tres personas y tengo sus teléfonos, por eso me tomo la confianza con lo del fumar. Entiendo que en cuanto te sueltas del cigarro te precipitas al vacío, te caes a la vida, pero yo llevo un par de meses y se nota, el riego sanguíneo toma velocidad y de pronto te encuentras la picha bárbara, sin timonel, saludando al tiempo que nos quede. Digamos que la propia falta te entrega una furia. Es así.

Y ya. Estos días tengo mucho trabajo, un sinfín de naderías como escribirte aquí esto, cuatro mierdas para reunir un dinero y entregárselo a esa puerca que me ha llamado hace un rato. Solo espero que sus hijos mueran presas del dolor, algo que ocurrirá sí o sí ya que su madre es gestora inmobiliaria; en esa casa no puede haber alegría. Tengo tanto trabajo que me dejaré abrumar por la idea y no daré ni golpe, me conozco, pasaré la jornada remirándome el ombligo en busca de alguna respuesta atávica, preguntándome por mis orígenes, cómo hemos llegado a esto. A veces pienso que me gustaría tener una relación estable, Michel. Conmigo mismo, quiero decir.

¡Me voy! No aparques nunca tus sueños, amigo, la vida es maravillosa, asómate a Instagram. Instagram tolera fotos de mastectomías y madres amamantando a sus bicharracos pero nunca una teta contenta, eso ni se te ocurra. No olvides nunca que el demonio está en los detalles. Que viene del fin de la noche y de los apartes del sexo. Que es en los últimos vagones, en las colmenas afuera de las ciudades, en las retaguardias y al final de esas hileras de hombres impacientes donde se origina, donde colea la víbora y se solaza el dios ciego e idiota. Es por ahí que entra el mal.

Dicho esto, te aseguro que a mí tampoco me gusta el mundo pero sueño cada día con la igualdad, la fraternidad y la libertad para estos hijos de la gran puta. Y sé que volveremos a vernos porque al baile de fin de curso vamos a ir todos.