FALSOS AMIGOS

6. ROCCO SIFFREDI
POR RUBÉN LARDÍN

Un falso amigo es una traición del vocabulario. Escribir cartas abiertas a desconocidos puede llegar a ser una imprudencia.

En esta sección, Rubén Lardín lanza todas las semanas una misiva no deseada al proceloso mar electrodinámico.

Te voy a hablar de tú a tú, Rocco, de hombre a hombre. Te voy a hablar de igual a igual sin importarme cómo te llames. Los actores porno soléis poneros sobrenombres de broma para mantener a resguardo vuestra identidad secreta, que vendría a ser la civil, la de paisano, la de ir vestido por la calle. Os ponéis nombres de chufla porque el erotismo se desmorona en los términos medios: o es filosófico o es burlón. Luego está el tema de lo ereccional de que hablaba Berlanga, pero eso ahora es lo de menos. Lo que importa del porno es que en los títulos rimados se conjuga alegremente con la comedia, no hay ningún otro género que se permita el ripio, piénsalo. Tú, sin embargo, te tomaste muy en serio desde el principio y decidiste evocar en tu nombre artístico un cine más grande, más perdurable. Que si Alain Delon, que si Visconti, que si Jacques Deray. Desde entonces has tenido un oficio basado en el imperativo al que has ido entregando tu intimidad, y ahora, pasado el tiempo y el arroz, has hecho un documental sobre tu persona para recuperarla, porque supongo que te sientes convertido en personaje y más aún desde que has varado en el cementerio de elefantes que es la televisión. La italiana, nada menos.

No tengo ni idea de qué escribirte. No encuentro nada que confesarte aquí a cambio de tu generosidad de tantos años, de toda esa impudicia, de esa gimnasia de dominio que de alguna manera –ay– nos inculcaste. Acaso que a veces llevo granos de café repartidos en los bolsillos y mientras paseo los chupo, como el eucalipto de un viejo o un psicoactivo de rango humilde, y en ello voy rumiando que el único deporte que alguna vez me ha interesado un poco ha sido el tenis, donde no hay contacto físico, y de ahí extraigo que lo tuyo me parece una profesión muy expuesta y con picos de trabajo psicológico impracticables, que de ningún modo querría para mí.

Le escuchaba el otro día a Santana (el músico, no el tenista) que las personas somos tres cosas: animal, humano y divinidad. Muchos porros. Yo creo que somos un conmovedor error evolutivo, pero siendo el sexo un asunto embarazoso y del que nadie podemos desembarazarnos, los individuos que os entregáis a él sin cuestión tenéis toda mi simpatía. En el mercado de la carne que es tu profesión (y lo llamo mercado porque considero la pornografía, desde que nos la explicó Ballard, como la forma más política de la ficción, donde se muestra de manera diáfana de qué manera nos usamos y explotamos unos a otros), en ese mercado, digo, se mueven personajes de una perversión completa y natural, individuos sin ninguna atadura que ríen el sexo, lo celebran sin rastro de tormento y en su conducta pueden llegar a ser no solo temerarios sino temibles. Aventureros en un mundo de fantasía. Exploradores del infinito. Aunque tú creo que no has sido así. No te conozco, pero lo tuyo me parece más una animalidad violenta, una rendición a la naturaleza y puro instinto desencadenado, prácticamente un drama. El éxtasis, al fin y al cabo, es efímero, inaprensible y siempre termina en decepción. El orgasmo no es más que un pequeño embargo del sentido que los hombres ni siquiera podemos programar en bucle. Luego olvidamos el chasco deliberadamente, claro, por la cuenta que nos trae, para que el deseo vuelva a regenerarse porque no es en la consumación donde nos hallamos, sino en el deseo. Es en el deseo donde somos. Salvo si sucumbes a internet, a las redes, entonces será en el deseo de los demás donde habrás decidido construirte.

Como sea, vamos a decir que lo tuyo es un oficio de sota, caballo y rey. Más que un empleo, una obstinación entre la autoindulgencia y el don de gentes, y un ámbito profesional donde todo el rato se es uno mismo. Trabajar no sé si es. La etimología de ‘trabajo’ la busqué un día en que estaba muy cansado y me salió ‘tortura’, yo lo tengo claro y por eso escribo. Los que de ningún modo queremos trabajar nos dedicamos a escribir, es nuestra manera de hacernos perdonar. Y luego está lo tuyo. ¿Conoces Dillinger ha muerto, de tu compatriota Marco Ferreri? No es un porno pero como si lo fuera, porque en esa película se da el hombre completo. En serio, sé perfectamente cómo y qué piensan los hombres porque yo mismo soy uno de ellos, soy por tanto todos los hombres y estoy convencido de que solo trabajando lo más íntimo se puede alcanzar lo universal. Mírate esa peli.

A diferencia de los que buscamos dentro de nosotros, tú has buscado mucho fuera. De las pasiones has hecho voluntad y con el vicio y la virtud has trenzado un hilo de Ariadna para orientarte en este lugar que es a la vez valle de lágrimas y templo de los placeres. La vida entera la has entregado a la lujuria por mantener el lecho florido como cuando te acabas de enamorar sin remisión, de verdad, de manera inconveniente como se enamoran los gitanos de familias contrarias. Todo el día dándole, Rocco, ¿tenemos que colegir de eso que eres un sentimental? Volvamos a lo que te decía, el porno y la poesía. Tú en cierto modo has sido nuestro Cyrano de Bergerac. Tu característica, como la suya si aceptamos el desplazamiento, ha sido a primera vista la desproporción de un apéndice, y mientras él enamoraba con las palabras tú lo has procurado en la ausencia del verbo. Cyrano vivió instalado en esa consonancia que es la única magia genuina con la que cuenta el hombre, la certeza del pareado que se sostiene en el aire y en el tiempo y de pronto aniquila toda congoja. La rima que se posa y nos lo da a comprender todo. ¿Has podido ver Paterson, la última de Jim Jarmusch? El personaje va de aquí para allá en su autobús, con sus palabritas, y en los trayectos va viendo gemelos con una frecuencia improbable, se cruza ahora una pareja y luego otra, personas equivalentes, ¡pero es que son rimas que le salen al paso! Esas pequeñas ideas suelen ser las más grandes, Rocco, aunque en tu caso estaríamos hablando, más que de rima, de repetición, incluso de rutina y derroche. Hasta de penitencia, me dirás. Para que luego digan.

El sexo, es verdad, cuando más se hace notar es cuando no comparece. Leí hace tiempo en tus memorias que descubriste la masturbación a los diez años, y que tu madre te sorprendió un día en ello y te dijo que fueras terminando, que se enfriaba la pasta. En aquellas semanas de convulsión decías haber ganado siete u ocho dioptrías en cada ojo, y en el dato se ve muy claro el latino, el mediterráneo siempre enredado con la noción de pecado. ¿Sabes cuál fue la primera película de la historia del cine italiano? Yo te lo digo: El infierno, una adaptación de Dante que en 1911 lo petó muy seriamente en taquilla. Así sois, tío, por mucho traje de lino. Yo no soy italiano pero me siento muy satisfecho con mi maldita educación católica porque gracias a ella dispongo de una mitología, tengo dentro un demonio. En Dios creo que no he creído nunca pero me gusta mucho llevarlo en la boca, ir hablándolo así en minúsculas como a la virgen y a todos los santos, una cosa coloquial por hacer honor a sus martirios y tribulaciones, que me cautivan. Nada que ver con la masturbación, pero al final sí se reduce todo a las epifanías.

Sé que ampliaste por primera vez la gama de emociones asociada a tu sexualidad gracias a una novia que tuviste con la que os abofeteabais en faena, encabronados, queriéndoos cómplices hasta en la circunscripción de la ira. La idea, en esos casos, es hacer del ayuntamiento un asunto de gravedad, elevarlo a algo mucho más serio, se puede entender. Esa chica, celosa, te apartó del porno cuando todavía no eras conocido en la calle, y como alternativa, pocos lo recuerdan, intentaste ser modelo de catálogo. Pronto comprobarías que te tiraba la sisa, pero antes de arrojar la toalla llegaste a promover una primavera para El Corte Inglés. Esto sucedió en Madrid. Traigo el dato como anécdota y porque los de Barcelona estamos todo el tiempo con Madrid en el vocabulario. A menudo pienso que un día me acabaré yendo de Barcelona porque es fuera de ella donde me siento más de aquí. En esta ciudad me recorre el cuerpo una vergüenza tenue pero constante porque me veo mucho la idiosincrasia, que es tal vez la palabra más fea del castellano, pero tampoco puedo ser otra cosa, Rocco, soc de Barcelona i em moro de calor. Italiano no me habría gustado ser aunque francés me haya podido pensar a veces, es un aldeanismo que hemos cultivado mucho en la península, una envidia del libertinaje, pero, ¡bah!

Tú has contrapuesto mucho la escuela norteamericana del cine equis a la escuela francesa, que fue en la que primero bregaste. La pornografía europea, decías, es de una mecánica sin sensualidad, mientras la americana se caracteriza por una profesionalidad apasionada. Y que la teatralidad estadounidense, anotabas, casi te había hecho perder la erección más de una vez. Aquí eso no te llegó a ocurrir porque empezaste junto a grandes mujeres, Moana Pozzi o Karin Schubert, y luego sería otra francesa enorme, Catherine Breillat, quien te llevaría de la mano al cine convencional aunque el suyo suele ser un cine extraordinario. A los dieciséis años, antes de hacer películas, Catherine Breillat escribió una novela que fue prohibida para menores de dieciocho, así que ella no podía leerla. Adoro a esa mujer.

En Estados Unidos, de todos modos, siempre hubo una tradición de pornógrafos de ascendencia italiana, y pienso ahora en John Leslie o en John Stagliano. La pornografía consensuada, el porno chic, como se llamó, se instaló en la meca del cine en los años setenta como reemplazo inerte de unos idealismos, de la utopía del amor libre y la revolución sexual. Hoy se pretende legislar aquel fracaso, acomodarlo a las necesidades del capitalismo neoliberal y hay quien lo ha llamado poliamor, que es una quimera muy antigua y que responde únicamente al placer de chupetear una palabra nueva, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que en un pispás quedará al descubierto el palo de la chupachús. El poliamor es imposible, ¡el poliamor solo puede hacerlo Nina Hartley!

Ah, el amor, Rocco, hacer el amor, fíjate que expresión tan bonita y tan clara, confeccionar el amor, y así es: el amor con amor se paga. Entretanto, vamos viendo el porno en el ojo ajeno, nos despistamos en el vaivén del émbolo, nos entretenemos en polinizar el planeta en directo o en diferido y olvidamos que lo que educa a cada generación es la atmósfera erótica y el sentir gastronómico, dos cuestiones que nos resumen y se emparentan en el bajovientre. El erotismo hay que cuidarlo mucho. Ahora, hazte a la idea, vivimos tiempos de biococina y gastrobares, y eso sí creo que es pornografía de la peor ralea, casi alemana. Pero bueno, ya está, no quiero cansarte, entiendo que puedas haber llegado hasta aquí agotado, así que vamos a ir echando persiana.

Te diré que España es un país de envidiosos pero al que le gusta mucho aplaudir. O al menos dar palmas. Por eso te he escrito hoy a la vista de todos, por ponerme a la altura de alguien que ha vivido la vida de cien hombres y porque ya nunca vamos a ser tan jóvenes como hoy. Quién nos ha visto y quién nos ve, Rocco, la madre que nos parió.