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O Magazine
2015-2017

“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire“Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Joan Pons

Capítulo XVII

En el que Miqui Otero comparte el juguete con Joan Pons y se ausenta de esta saga durante una entrega, aludiendo locura transitoria, baja por stress o cualquier otro motivo morboso que el lector tenga a bien maliciar. De cuando Zelda Fitzgerald vivía su matrimonio con Francis Scott como un ciclo montaña-valle emocional para acabar, años después, siendo recordada involuntariamente por yonkis de los videojuegos que nunca se leyeron El Gran Gatsby, pero que se pasaron todas las pantallas de The Legend of Zelda. Nicole Kidman entrará de refilón en alguna quiniela de las posibles adaptaciones cinematográficas de este juego, pero sí protagonizará de lleno escenas de comedia romántica en la vida real junto a Jimmy Fallon, el presentador que se convierte en rapero cada vez que Justin Timberlake pisa su plató y que, en España, igual acabaría presentando shows televisivos de variedades junto a un transexual o vistiendo una capa en nochevieja como la que llevaba Gene Chandler.

Al más puro estilo photobomb, Zelda Fitzgerald ya se colaba en los últimos párrafos dedicados a Francis Scott Fitzgerald del capítulo anterior. De hecho, Zelda siempre había gustado de la interrupción attention-seeking en la vida y en la obra de FSF: en aquella fiesta en la que el escritor llevaba demasiado tiempo riéndose las gracias recíprocamente con Isadora Duncan, Zelda se tiró, literalmente, por unas escaleras. Un “me has estado ignorando toda la noche” a posteriori hubiera sido poca cosa para ella.

Mientras fueron felices, Francis y Zelda desprendían el fulgor invencible de los tal para cual. Eran EL matrimonio de los felices veinte. Como Kanye y Kim, como Beyoncé y Jay Z, como Brangelina, pero marinados en ginebra, ilustración y afrancesamiento. Francelda fue la supercouple pre-crack del 29. Tan requeteguapos quedaban juntos que su recuerdo pudo llegar a frustrar carreras de hombres de letras venideros: Enrique Vila-Matas confiesa que las aspiraciones literarias de sus años jóvenes podían haberse truncado por la falsa impresión de que para ser escritor había que ser bien parecido, como Scott Fitzgerald o Giovanni Pontano, el novelista ficticio que aparece en La noche de Michelangelo Antonioni.

En los días hermosos, cuando socializaban y follaban como leones, Zelda (“la primera flapper” al decir de su maridísimo y de ella misma, que para algo escribió Eulogy on the Flapper en 1922) oficiaba mucho más como musa que como mujer trofeo: Francis reescribió el personaje de Rosalind Connage de su primera novela, A este lado del paraíso, para que se pareciera a ella tras conocerla, robó páginas de su diario íntimo y las hizo pasar por monólogos de sus personajes y disfrazó el instante en el que la conoció en el club de campo de Montgomery en un pasaje de El gran Gatsby.

Eso sí, en los días vencidos, aquel 7-eleven de celos, cizañas, emo-chantajes y, en general, todo el repertorio clásico del periodo vino y vinagre, Zelda también fue musa pero en otro estilo: a partir del crack sentimental, dejó de contagiar al escritor de su “pomposidad romántica” (su principal atributo según Nancy Milford en Zelda: A Biography) y pasó a inocularle demonios, tinieblas y frenopatías.

Suave es la noche no se entendería sin Resérvame el vals. Las impúdicas confesiones autobiográficas que se filtraban en las páginas del libro que Zelda escribió en cuatro meses cuando ya era inquilina bipolar de diferentes instituciones mentales enfurecieron a Francis. Eran los mismos secretos de un matrimonio que él planeaba inmortalizar en Suave es la noche, una novela con un cambio de humor a mitad de relato terrible: de las fiesta sin fin en la Costa Azul de los primeros episodios se pasa, por corte, a un sanatorio en suiza. ¡Pum! Se apagan luces de sopetón. A muy pocos libros les da un tabardillo ciclotímico parecido. A este sí. Porque este libro era como Zelda también en lo formal.

En realidad, tanto el vestido de musa-buena como el de musa-mala siempre tiraron de la sisa a Zelda Fitzgerald. No era una protoYoko ni una protoNancy ni una protoCourtney. Era la hija talentosa, soñadora y ambiciosa de un Juez de Alabama que se resistía a ser eclipsada por su pareja y, acaso también, a ser el icono facilón de la era del jazz y la generación perdida simplemente porque quedaba bien en la foto. Una musa, al fin y al cabo, tiene un rol pasivo y secundario. Y Zelda tenía demasiadas inquietudes y cosas en la cabeza (ideas, pasiones y pájaros) para interpretar solo el papel de consorte-concubina inspiradora. Así que, como el 29, ella también hizo crack.

“Era una mujer famosa y hermosa, y me gustó el sonido de su nombre. Así que me tomé la libertad de usarlo para el primer título del juego en 1986”. Al habla Shigeru Miyamoto, creador del mitiquísimo videojuego The Legend of Zelda. Quizá este no es precisamente el legado con el que soñaba la Fitzgerald cuando charlaba en sus delirios con Maria Estuardo, Cristo o Guillermo el Conquistador en su habitación del Hospital Highland de Carolina del Norte. Pero es el que la libera de ser solo carne de tesis feministas y la amnistía de la simbología roaring twenties.

Zelda hoy es también pop, verbigracia de Nintendo. Todos los gamers (algunos… ¡ciegos!) que han alimentando con gula su hambre de descubrimiento, exploración y asombro echando horas en la tierra de Hyrule hincan ahora la rodilla ante su nombre de resonancias fantástico-heroicas, de princesa a rescatar en una saga con multiplicidad de secuelas.

Ya es extraño, por eso, que de un título tan popular y con tanto culto encima no exista versión cinematográfica, ahora que la frase “esta peli parece un videojuego” ya no es despectiva, sino delatora de la edad y la estrechez de miras de cierta vieja guardia cinéfila. Nunca ha habido crisis de traición a la obra original porque nunca se ha adaptado. Como mucho se puede encontrar un manga, algunas tentativas anime o un spot muy flipado/flipante de los noventa, con un j-rap coreografiado cual canción del verano. Pero no hay versión Ghibli, que es lo que The Legend of Zelda pide a grito pelao. Se rumorea que para este 2016 habrá adaptación hollywoodiense… pero es un “que viene el lobo” que ya nos sabemos de otras veces y, al final, Nintendo siempre se encarga de frustrar la negociación por los derechos.

Los fans, por eso, se entretienen creando trailers de dudosa credibilidad utilizando fragmentos de otras películas que comparten imaginario con la saga Zelda, como por ejemplo Legend (influencia reconocida por los creadores del juego): aquel cuento de espada y brujería un poco moñas que Ridley Scott dirigió en 1985 para regocijo de tatuadores de unicornios, demonios y trasgos que iban cortos de repertorio. Hasta podría repetir Tom Cruise en el papel de Link, que en The Legend of Zelda el héroe también evoluciona y envejece y pasa de espadachín imberbe a señor guerrero con toda la barba. ¡Espera! ¿Tom Cruise no fue también mitad de una celebrity couple junto a Nicole Kidman? A ella, por eso, raro sería que le cayera un bolo en un hipotético casting para la adaptación del juego. Bueno, algunos seguidores de la saga sí le reservan algún papel, dos grados por encima del cameo, como gran hada.

Pobre Nicole. La maldición de la sequía de papeles para mujeres de mediana edad en Hollywood ha caído sobre ella (y sobre tantísimas otras) como un temible conjuro ancestral. Un scroll vertical en el IMDB delata que su última entrada relevante fue Stoker en 2013, aunque igual en términos populares (que el gran público no llena multicines para ver un Park Chan-Wook) hay que rebobinar hasta aquel empalagoso melodrama-tarta de Baz Luhrmann de 2008, Australia. Desde entonces y a la espera de a ver qué tal en la reciente Queen of Desert de Werner Herzog, su último gran momento en el Sol en una pantalla quizá fue el de esta entrevista en el Tonight Show:

Esta charla puede que sea la mejor escena romcom de los últimos años, sencillamente, porque ES VERDAD. Nicole y Jimmy Fallon podían haber “tenido algo juntos” (por utilizar la jerga de comedia romántica), si el tipo hubiera sabido “interpretar las señales” (más jerga romcom) años atrás. Pero Jimmy estaba en una etapa bajonera en la que si la chica que tenía delante no se levantaba la camiseta para enseñarle las tetas no se iba a dar cuenta del interés que podía despertar en alguien del sexo opuesto. Así que en esta entrevista, a pesar de que el arranque de la anécdota seguramente estaba pactado, es cuando realmente le cae el velo. Es como Anjelica Huston parándose a entornar los ojos y alzar el mentón en un descansillo de una escalera en Dublineses cuando escucha una remota melodía irlandesa que azuza su sentimiento de recança (hermosa palabra catalana de difícil traducción que define la punzada de nostalgia por alguna cosa que no se hizo). Pero, en su caso, delante del público en plató y de millones de espectadores en sus casa. Porque, después de esta confesión sentimental, la entrevista tenía que seguir, con normalidad, por otro lado. Pero no. Ni Jimmy ni Nicole pueden evitar la risa boba, el rubor teenager y el cosquilleo del ¡ay!, si me lo hubieras dicho antes, tonto. Tortolitos…

Si de una cosa no puede quejarse, por eso, Jimmy Fallon es de trenes en los que no se subió. El tipo, al menos profesionalmente, atrapó al vuelo la oportunidad de ser el host del The Late Show como un frisbee que te lanzan solo una vez en la vida. En el vibrante libro The War For Late Night de Bill Carter, o el momento en el que el prime time de la NBC se convirtió en una franja de Gaza de egos, puñaladas traperas, contratos redactados por Satanás y espantás millonarias con Jay Leno y Conan O’Brien como principales actores, se puede descubrir, como quien lee despachos de guerra, la cronología de carambolas absurdas que llevaron a Fallon a ser el presentador inopinado de The Late Show en 2009.

Al principio, nadie veía claro por qué el taimado Lorne Michaels había decidido que el gordo tenía que tocarle a él, que no era ni de lejos el miembro más carismático o más graciosos del cast del SNL de su generación (como mucho, se le recordaba por ser el comparsa al que se le escapaba la risa en directo en el mítico sketch de More Cowbell). Pero, poco a poco, se acabó haciendo suyo el estudio GE del centro Rockefeller gracias, precisamente a la aceptación sin vedetismos de su condición más de Carablanca que de Augusto. En él rebotaban las gracias mejor que en otro, que es el secreto de todo gran host: saber dar el pase de chiste, ser un frontón al que los invitados lanzan sus ocurrencias, modular el brillo un poco por debajo del guest.

Aun así, Jimmy también sabía reservarse momentos estelares como, entre otros, la demente sobreexplicación de la serie de sketches Head Swap, sus imitaciones maravillosamente calcadas de Bob Dylan, Neil Young o Bruce Springsteen y, por supuesto, sus capítulos de la Historia del rap junto a Justin Timberlake. Con este palmarés edificado paso a paso, cinco años después, Fallon ya capitaneaba el Tonight show por el que tanto se habían peleado Leno y O’Brien.

Rebobinemos un momento hasta las Historias del rap junto a Justin Timberlake. Oro puro televisivo. Lo que empezó como un homenaje sincero y lúdico a un estilo musical que ambos aman, se acabó convirtiendo en una enciclopedia discontinúa sobre el rap en seis entregas que era mucho más fuerte que ellos. La primera vez que lo hicieron fue la sorpresa (¡Qué química!); la segunda, el placer (tú me frotas la espalda a mí, yo a ti); en la tercera ocasión, Fallon ya ni se molestó en entrevistar o dar paso a Timberlake: directamente pillaron los inalámbricos y, hale, al flow se ha dicho. Ya no podían NO hacerlo. Supongo que a todo esto ayuda tener a The Roots (¡The Roots!) como banda de acompañamiento de programa. Y también contribuye, claro, que Justin, durante unos años, era el mejor invitado posible de un programa de televisión.

Desde que en 2002 apareciera Justified y hasta The 20/20 Experience en 2013, Timberlake se movía por el showbiz como Justin por su casa. ¡Como Justin por EL LAVABO de su casa! Se paseaba por los escenarios del estrellato con la chorra fuera. Todo lo que hacía molaba: canciones, conciertos, entrevistas, apariciones en distintas galas, incursiones en el cine, sesiones de foto… Todas las madres estadounidenses, de esas que aún son capaces de soltarte un equivalente yanqui del “¿Qué más quieres Baldomero? Guapo joven y con dinero” (digamos que What else do you want honey? Young, gifted and money”), lo consensuaban como yerno ideal. Y encima sin dar rabia. Quizá por eso, el radio de influencia de su estrella tampoco se limita únicamente a USA y al género femenino. Un amigo de Buenos Aires, con ese entusiasmo barrabravil tan argento, tan de fanático del fanatismo, me confesó que si Justin se presentara a presidente del mundo, él seguro lo votaba.

Aquel niño de The Mickey Mouse Club, aquel púber de ‘N’Sync, fue asesinado a machetazos de autoparodia (míticas My Dick in a Box o Motherlover junto a Andy Samberg y The Lonely Island), a ráfagas de fabulosos singles ciclostilados de Michael Jackson (Rock Your Body, SexyBack, Suit & Tie…) y a collejas cinematográficas inesperadas: su papel como Sean Parker, el creador de Napster, en La red social le reservaba líneas de diálogo como estas:

— “Perdona, tú no hundiste a la industria discográfica. Ganaron ellos.
— Sí, en los juzgados.
— Sí.
— ¿Quieres abrir un Tower Records ahora, Eduardo?”

No está mal para alguien del que se esperaba que tenía que vender millones de discos (y probablemente vendía). Solo hay un episodio de este periodo que pudo arruinar el momentum de Timberlake. Su visita al plató de El Hormiguero de Pablo Motos, precisamente, para presentar La red social. Ahí estaba Justin junto a Andrew Garfield y Jesse Eisenberg, los tres con cara de sala de espera, sin entender ni medio chiste del nanopresentador con barba pelirroja de velcro y sus hormigas. ¿De qué iba aquello? ¿Era un programa infantil? ¿Adulto? ¿Era en serio? ¿Era en broma? ¿Eran ellos las victimas de la broma? ¿Estaban repitiendo sin previo aviso la escena de Bill Murray-Bob Harris en el programa japonés de Lost in Traslation?

No es la primera vez que la televisión española ha sometido a este tratamiento de extrañeza a sus invitados internacionales. Mi momento WTF preferido, que me gusta pensar que tiene un barniz fundacional, es la visita de Scott Walker a Galas del sábado en 1969 (hacia el minuto 29.02, de este link). Los encargados de dar paso a la actuación son Joaquín Prat y Andrés Pajares haciendo de paleto con un sketch libre-asociado a la canción y una voz en off que ni se molesta en dar el nombre del artista.

La herencia de aquel programa de variedades fue Sábado noche, un show que funcionó de 1987 a 1989 en el que por los pasillos del backstage se podrían cruzar, darse la mano y pedirse pitis Nina Simone con Gila, Madness con Eugenio y Leonard Cohen con Juan Tamariz.

Tras una primera etapa cambiante con Toni Cantó y Paola Dominguín (después sustituida por Lydia Bosch), el programa estrella del prime time español del fin de semana se asentó en la heterodoxia mainstream con una pareja de hosts estelar: Carlos Herrera y Bibi Andersen. El pundit derechoso en ciernes y la jamelga con voz de Soberano flanqueaban a los cantantes invitados en unas breves entrevistas a pie de micro (con un inglés más que decente, eso sí) que a menudo mostraban a los artistas desconcertados ante semejante pareja de guardaespaldas. Seguramente no eran ellos los que elegían, pero a mí me flipa pensar que el señor con bigote de centrocampista vintage del Sporting era el que escogía los playbacks de los hombretones del country (Johnny Cash, Kris Kristofferson, Wilie Nelson…) y la jaquetona de nuez en cuello se pedía a los estetas del pop semialternativo con colorete (The Cure, Echo & The Bunnymen, Depeche Mode, Marc Almond…). O mejor: Bibi proponía a los Nashville rebels y Carlos a los poppies, que siempre hace más cosquillas fabular invirtiendo los papeles.

Más que pedir más programas musicales en TV (que los hay, pero a lo mejor no los ven los que se quejan), habría que exigir más música en programas no estrictamente musicales en TVE. Un playback incrustado, mal que bien, en un concurso, un magazine o un programa contenedor siempre aseguraba un raro destello de extravagancia que ahora parece desterrado, o peor, sustituido por cierto friquismo (que no es otra cosa que la rareza planeada, no espontánea).

Hoy parece como si el gran momento estrambótico que se puede permitir una televisión pública se redujera a Ramón García en nochevieja llevando una capa de señor de Burgos que sale a echar el aperitivo. Eso es un ranciofact de Pedro Vera, una extrava-rancia, no un chispazo de excentricidad inesperado.

La capa negra siempre ha sido una prenda distinguida, un manto de sofisticación que cubría a ilusionistas, dandis, vampiros y superhéroes atormentados. No puede llevarse como si tal cosa, como si fueras un miserable tuno no logo.

Cuando Gene Chandler aún se llamaba Eugene Dixon y se perfilaba como voz solista del conjunto de doo-woop The Dukays, estaba calentando la voz antes de ensayar repitiendo armoniosamente “doo doo doo…”. El estiramiento vocal se fue torciendo de “doo” a “duke” para acabar rematado con un “of Earl”, en referencia a otro miembro de la formación, Earl Edwards. Acababa de nacer Duke of Earl, un clásico doo-woop que en 1962 llegó al nº1 en EE.UU. El duque del conde, podría traducirse. Sangre azul por partida doble. Defender en público un título tan absurdamente aristocrático no podría hacerse de cualquier manera. Así que Chandler, ya convertido en solista por decisión de Vee Jay Records, se atavió con bastón de empuñadura noble, monóculo, chistera y, obviamente, capa negra. Esta vez sí que sí. Para merecer esta prenda hace falta título, aunque sea de pega.

En el tramo final de este texto, el jardín bifurca sus senderos y siento tentaciones de tomar la vereda que me lleva a la portada de Mr. M de Lambchop, un cuadro del propio Kurt Wagner que siempre he pensado que estaba inspirado en Gene Chandler pero nunca he podido corroborar. También podría reencaminar mi deriva (¡viva la contradicción!) hacia Rastros de carmín: una historia secreta del siglo XX de Greil Marcus, que dedica tantas páginas al punk, a la Internacional letrista y a los cátaros como a los millones de jóvenes que a principios de los sesenta se encerraron en sus garajes de suburbio estadounidense, no para crear ordenadores (me aburrooo), sino para empezar una carrera como banda de doo-woop con genuino espíritu DIY. ¡Toma link protopunk!

Pero, en aras de las rimas internas de este texto, vale la pena despedirse recordando aquel día que Jimmy Fallon invitó a Robert Plant a su programa para, entre otras cosas, testar una nueva app en su iPad: un jueguecito de secuenciación y superposición de sonidos que el presentador y el ex-Led Zeppelin pusieron a prueba con una versión, precisamente, de… Duke of Earl.