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O Magazine
2015-2017

SCOPITONES

El mundo por
una moneda de
cien francos.

TEXTO POR
FELIPE CABRERIZO

Cuando aquella tarde los curiosos se comenzaron a arremolinar en torno a las puertas de un café parisino, no faltó quien recordó aquella otra sesión del Grand Café de la ciudad, ya tan lejana, en la se había hecho reír al público con El regador regado antes de asustarlo con Llegada de un tren a la estación de La Ciotat. Habían pasado sesenta y cinco años de todo aquello, pero el componente iniciático hizo que muchos pusieran en paralelo aquella velada con la puesta en largo del invento de los hermanos Lumière.

La cosa terminaría teniendo resultados mucho más modestos, pero aquel 23 de diciembre de 1960, cuando la televisión era solo un sueño consumista al alcance de una minoría que de tan minoritaria era casi inexistente, la presentación del scopitone tenía algo de bautismal. Un aparato inmenso, elefantiásico, de dos metros de altura y casi doscientos kilos de peso, que la empresa Cameca estaba convencida de que podría vender a cualquier local con ínfulas de toda Francia. Y que además tenía el anzuelo de lo ya conocido. Porque aquello era como un viejo jukebox, pero con un añadido mágico: una pantalla de cincuenta y cuatro centímetros, un lujo casi inconcebible en época pretelevisiva, en la que a cambio de una devaluadísima moneda de cien francos se podía no solo escuchar una canción sino ver imágenes en movimiento del cantante o de la banda que la interpretaba. Y a elegir, pues el aparato almacenada treinta y seis filmaciones en 16mm. con otras tantas canciones diferentes. ¡Y en color!

Y cuando se hicieron los honores y se introdujo la primera moneda, se produjo la magia. Ante los asombrados ojos de los asistentes allí se materializó Salade de fruits, un tema de vagas sonoridades hawaianas de Annie Cordy, la muy popular reina belga del music-hall. Y en efecto, era ella en persona quien cantaba el tema mientras la cámara la perseguía entre árboles y juncos de atrezo. Se había abierto la caja de Pandora.

Las primeras filmaciones recogían a las grandes estrellas de la época. Por lo general, los llamados ‘chanteurs de charme’, aquellos crooners franceses con un pie en la opereta y las varietés y particular querencia por las fantaisies espagnoles (Henri Salvador y su Juanita Banana; Danyel Gérard y Le petit Gonzales), pero también las grandes figuras de la chanson (Jacques Brel con Madeleine) y hasta los pioneros del rockabilly en Francia (Les Chats Sauvages versionando a Ray Charles o Les Chaussettes Noires haciendo lo propio con Gene Vincent).

La realización era raquítica: una única cámara, escenario normalmente natural, presupuesto chirriantemente tercermundista, nunca más de dos horas de filmación. Casi obligatorio por lo tanto el plano único y un director joven e imaginativo que pudiera cubrir la posible ausencia de recursos del intérprete. O directora, pues mujer fue la auténtica pionera del asunto: Daidy Davis-Boyer, antigua promotora de conciertos para Django Reinhardt, Édith Piaf o Charles Aznavour e improvisada realizadora tan prolífica como para ser rebautizada “Mamy scopitone” tras filmar contrarreloj varios cientos de piezas con lo más granado de la música francesa de aquellos años. Pero a su sombra se filtran también nombres fundamentales del cine, la televisión e incluso la vanguardia, como Claude Lelouch o Jean-Christophe Averty, en sus primeros pasos aprendiendo a manejar una cámara.

El éxito es inmenso. El scopitone ejerce de reclamo inmediato para el público y muy pronto no hay local francés a la moda que no cuente con uno. Cahiers du Cinéma da incluso aura de prestigio al formato dedicándole un artículo en sus páginas. El aparato se exporta a Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, y los italianos, siempre tan querentes a la fantasía y tan poco a apoquinar derechos, desarrollan un clon autóctono denominado Cinebox. Los scopitones filmados en Francia para el mercado de emigrantes no tardan en saltar a sus colonias de procedencia, dando lugar a disparatadísimas filmaciones locales que, a medio camino entre el trash y el bizarre, ejercen de inesperados documentos sociológicos de primer orden: modélico para el machismo más cipotudo y medieval el que filmaría el argelino Salah Saadaoui para su éxito Hebit mera enezewej whedi.

Y la idea termina explotando definitivamente en 1964, cuando la ola ye-yé estalla en Francia. Los adolescentes, que por primera vez en la historia comienzan a tener dinero de bolsillo a rebufo del consolidado boom económico desarrollista, acuden en masa a los bares, las cafeterías y los bistrots para dejarse sus monedas de cien francos viendo en movimiento a aquellos idoles a los que hasta entonces solo podían contemplar en imagen fija gracias a revistas como Salut les copains. El primer disparo lo lanza Françoise Hardy con el famoso scopitone de Tous les garçons et les filles que filma montada en la noria del boulevard de Rochechouart. Los de Noir c’est noir, con Johnny Hallyday versionando a Los Bravos sobre un escenario ajedrezado, de Loco-motion con Sylvie Vartan interpretando a Little Eva en el tren chu-chú del Jardin d’Acclimatation parisino, o de France Gall interpretando joyas de orfebrería de Serge Gainsbourg como Laisse tomber les filles, se convierten en imágenes icónicas de la juventud francesa de la época y de la propia Francia del gaullismo. El formato se consolida definitivamente y los realizadores no tienen límites para dar cauce a cualquier idea, por enloquecida que ésta sea. Si un día se filma un melting pot de horror y comedia con la chica contestataria Stella en el tren de la bruja (Le vampire), otro se mete a Dalida en un campo de obuses de opereta y se mezclan inverecundamente estas imágenes con otras, documentales, del desembarco de Normandía (Le jour le plus long). Los tres minutos de duración del rollo de celuloide parecen el único límite a la hora de rodar. Por encontrarnos, nos encontramos hasta una de las obras maestras más disparatadas del scopitone, el del cantante cómico Georges de Giafferi enhebrando su oda al amor extremo Sado maso.

Todo huele a dinero, a mucho dinero. Y la SACEM, la SGAE francesa, no iba a dejar escapar la oportunidad. En 1965 los scopitones, libres de pago de tasa hasta entonces, se van a ver gravados duramente y el negocio deja de ser boyante. En pleno auge del ye-yé, cuando la proyección del scopitone parece lanzada hacia la estratosfera, el negocio deja de dar dinero. Las grabaciones comienzan a escasear y los dueños piensan en retirar de sus locales ese trasto que tanto espacio ocupa y cada vez atrae a menos clientes.

El golpe de gracia llega con el terremoto de mayo del 68. Los ajetreados cambios que traen las revueltas parisinas dinamitan la res política, pero a modo de pieza de dominó también los hábitos musicales. Los jóvenes ya no parecen buscar canciones lúdicas y hedonistas, sino cantautores con mensaje, temas que evolucionan hacia el progresivo con largos desarrollos instrumentales que no caben en un simple rollo de celuloide. Los propios idoles buscan caminos más ambiciosos: Serge Gainsbourg realizará sus piezas para que sean proyectadas en los cines (ningún distribuidor las comprará: ay, ese físico vampírico…), Johnny Hallyday, siempre bigger than life, comienza a pensar en 5+1, una filmación de uno de sus conciertos con la que conformar una completa película alternando el metraje con el de la grabación del concierto en Hyde Park de los Rolling Stones. Atacada por todos los frentes, la realización de scopitones desciende bajo mínimos. La Cameca termina cerrando ese mismo año su factoría y el negocio se desvanece con la misma levedad con la que había llegado. O no, pues aunque agónicamente el invento del scopitone iría mutando y sobreviviendo hasta el mismo inicio de la década de los noventa: este cronista aún recuerda cómo amenizaba sus recreos escolares en un bar que tenía una máquina de vídeos musicales a golpe de LaserDisc, ese formato. Pero ya nada tenía mucho sentido. El scopitone había devenido tiempo atrás en videoclip y la generación MTV, que tenía la posibilidad de verlos a cualquier hora del día con solo cambiar de canal, no necesitaba ya una moneda de cien francos para tener el mundo al alcance de su mano.