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O Magazine
2015-2017

Portmeirion,
ciudad de
vacaciones


por Enric Ros

Pongamos que están ustedes sentados ante el ordenador, dedicados a la tarea prioritaria del oficinista de hoy: tratar de escapar del Círculo (con mayúsculas, como le gusta a Dave Eggers) vicioso del correo electrónico corporativo o de la opresión de las celdas de Excel a través de las rendijas de Internet. Supongamos que, en esa errática huida hacia ninguna parte, dan con este modesto desvarío, que trata precisamente sobre cómo desaparecer. Quizá el título del texto evoque las vacaciones que ya han dejado definitivamente atrás; o quizá dispare la ansiedad por volver a evadirse cuanto antes de un kafkiano laberinto de archivos físicos y/o virtuales. Pero, ¿adónde ir en un mundo que, como dice Guy Debord, ha suprimido las distancias geográficas (aunque ello comporte un espectacular desarraigo interior)? Tal y como prueba el programa de televisión Españoles por el mundo, en cualquier rincón de la Tierra en el que nos hallemos, nos invadirá el recuerdo del terruño en toda su banalidad. El mundo es ahora un pegajoso continuum espacio-temporal que cualquiera puede recorrer a golpe de Google Earth o, peor todavía, volando (in)cómodamente en Ryanair. Como afirma el sociólogo de lo cotidiano Michel Maffesoli, las vacaciones están próximas a la “vacancia”; esto es, al “vacío de los valores”. O si lo prefieren a ese estado de inopia que permite abrazar por un instante la Eternidad. Pero el vacío es también una quimera. Vaya adonde vaya, acabará siguiendo una ruta al estilo de Lonely Planet, intercambiará miradas furtivas con otros turistas que arruinarán cualquier fantasía escapista y probablemente terminará convertido en el involuntario segundo plano de algún selfie vacacional. Ya no existe el Paraíso, ni la República ni la Atlántida ni Avalon ni Utopía. Ni siquiera la isla de Laputa, Erewhon o la Ciudad del Sol. Tampoco existe el Space Hotel ni las dos Neverlands (ni la de James M. Barrie ni la de Jacko) ni Graceland. Constatada la imposibilidad de la aventura rumbo a otra dimensión, solo quedan dos escapatorias posibles. La primera (la opción misántropa) es soñar con las estrellas sin moverse de casa, como hizo Athanasius Kircher en El viaje estático o Xavier de Maistre en Viaje alrededor de mi habitación. La segunda (tan engañosa como la primera, pero sin duda más divertida), hacerle una peineta a la realidad para adentrarse en aquellos rincones del globo que no ocultan su vocación de convertirse en territorios de ficción.

Portmeirion, ciudad de vacaciones – O Productora Audiovisual

Número Seis de vacaciones de sí mismo, en Portmeirion, un resort para espías en crisis de identidad

En la Disneylandia
del horror


Portmeirion, el escenario de la serie de culto El prisionero, es la “ciudad de vacaciones” ideal para todos aquellos que ya no creen en las vacaciones
; el enclave metafísico perfecto para los que saben que el mundo es, en sí mismo, un gran no-lugar. En el episodio piloto de la serie de televisión creada en 1967 por su actor protagonista, Patrick McGoohan, en colaboración con George Markstein, vemos por primera vez The Village, una especie de Guantánamo con pinta de Marina d’Or al que va a parar, tras haber sido secuestrado, un James Bond en crisis que responde al críptico nombre de Número Seis. Un escenario que se plantea como el único territorio posible (y que los mapas no se atreven a contextualizar), con un periódico propio y una moneda local, y que no mantiene ninguna comunicación con el resto del mundo, como Xanadú, el pueblo de la película El bosque de M. Night Shyamalan o la comunidad construida por la Iniciativa Dharma en la serie Perdidos. Puede que sea tan solo una cárcel para ex espías “antisistema”, pero, lo cierto es que, si uno es capaz de renunciar a la poco conveniente obsesión por la libertad, The Village es también un cómodo resort con una impagable estética kitsch, en el que dedicarse a il dolce far niente; como también lo son la Residencia Costasol, Estrella de Mar o Edén Olimpia (algunas de las más conocidas fantasías vacacionales de J. G. Ballard) o las (en teoría) algo más reales Las Vegas, La Grande-Motte, Lloret de Mar o la neópolis Antigone de Montpellier. Es un puro escenario mental en el que uno disfruta del placer de ser otro; o mejor todavía, de no ser ya nadie. Un limbo en el que, a salvo del infierno de los demás, el primer Elvis Presley, fallecido en Alemania durante el cumplimiento del servicio militar, pasa las tardes jugando a las cartas con el Paul McCartney que murió en accidente de coche.

En The Village, hay un permanente hilo musical, diversiones programadas, mensajes presuntamente tranquilizadores lanzados por megáfonos a todas horas y un delirante sistema de vigilancia que consiste en unos globos blancos capaces de abalanzarse sobre los amotinados. Se pueden leer carteles con advertencias y aforismos de autoayuda (estos últimos con un inevitable trasfondo de confortable ironía, que ayuda a deglutir el mensaje con mayor facilidad). Además, se celebran elecciones aparentemente democráticas para escoger a un dirigente llamado Número Dos que suele cambiar con frecuencia (Número Uno, en cambio, es el eterno “hombre tras la cortina” al que resulta del todo imposible acceder). Es decir, The Village es la simulación carnavalesca de nuestra sociedad. Quizá por eso, a medida que McGoohan avanza en su delirio, descubrimos que el gran simulacro se convierte en pura hiperrealidad, en una nueva Disneylandia del horror, tal y como la entiende Jean Baudrillard. Poco a poco, Número Seis empieza a habituarse a su nueva vida; sin embargo, persiste aún la voluntad secreta de escapar, como una forma de nostalgia, y de averiguar la identidad de su raptor, Número Uno. Las respuestas que recibe a esta última pregunta, You are Number Six” o puede que You are, Number Six” (la coma es, como ven, crucial), insinúan una terrible posibilidad: que nosotros mismos hayamos diseñado la cómoda prisión de la que soñamos con escapar.

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Portmeirion: la “ciudad de vacaciones” ideal para los que odiamos las vacaciones

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Dios no juega a los dados. Juega al ajedrez… con nuestras vidas

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Aceptémoslo: nunca vamos a salir de aquí

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Un nuevo inquilino acaba de llegar a The Village

Desaparezca aquí

El verdadero The Village es una población situada en Gwynedd, en el Norte de Gales; el sueño delirante que un arquitecto con ínfulas de Charles Foster Kane, Sir Bertram Clough Williams-Ellis, edificó entre los años veinte y setenta. Un pueblo “de autor” que responde a la pasión “italianizante” de su creador, empeñado en fundir la atmósfera mediterránea de la Riviera con el paisaje galés. Como buen espacio heterotópico, Portmeirion es un revoltillo de estilos e influencias (barroco, romántico, tradicional y pop a la vez) que evoca cierta atemporalidad camp; una mezcla de lugar primigenio y ciudad del futuro, de espacio pintoresco y escenario extraterrestre. Quizá por eso el sociólogo y urbanista Lewis Mumford lo convirtió en su “segunda residencia” (qué lugar mejor para encerrarse a pensar en otros mundos que un pueblo que parece una fantasía de Giorgio de Chirico o René Magritte). Mumford lo definió, en su libro La historia de las utopías, como el lugar que permitía culminar la necesidad humana de vivir simultáneamente en dos planos distintos: el mundo físico y el de las ideas.

McGoohan descubrió Portmeirion rodando un episodio de una serie de espías anterior mucho más convencional, Danger Man. Allí fue donde empezó a barruntar la posibilidad de crear El prisionero, pionero artefacto postmoderno que influiría en el diseño de otros posteriores escenarios televisivos como Twin Peaks o La Isla de Perdidos. Su conversión en producto de culto, con la consiguiente incomodidad para su escurridizo creador (que huyó a los Estados Unidos para evitar las airadas demandas de explicaciones de los fans sobre su psicotrópico final), propiciaría todo tipo de relecturas. Además del estruendoso tributo de Iron Maiden, que dedicaron a la serie la canción The Prisoner, en 1987, el músico y presentador televisivo británico Jools Holland se encargó de coescribir una parodia/homenaje titulada The Laughing Prisoner, en la que también intervenía como actor (él interpretaba a Número Siete) junto a intérpretes como Stephen Fry y Hugh Laurie, a la que más tarde seguirían otras como la de la serie más entregada a la “cultura de la cita” de todos los tiempos, Los Simpson. Además, Portmeirion ha aparecido en videoclips de grupos como XTC (The Man Who Sailed Around His Soul y The Meeting Place) o Siouxsie and the Banshees (The Passenger), e incluso alberga en la actualidad un festival de música llamado Festival Nº 6. El revisionismo pop ha transformado esta localidad en un destino de peregrinaje para los devotos de la ficción televisiva más bizarra de los sesenta. Hasta aquí todo normal. Pero esta “ciudad de vacaciones” para gente exquisita es también el lugar al que uno acude con la voluntad de olvidarse de sí mismo, de adentrarse por completo en los escenarios de la imaginación. No hay vida “real” en Portmeirion, de acuerdo; pero quizá tampoco la haya más allá de sus límites. Portmeirion es una bella construcción artificial que, con su desenfadada arquitectura galáctico-ancestral, nos confirma una sospecha terrible: que también nosotros estamos atrapados en otra permanente simulación a la que solemos llamar “vida real”; y que, ni siquiera en nuestras fantasías más dislocadas, vamos a conseguir escapar.

Portmeirion, ciudad de vacaciones – O Productora Audiovisual

¿Mapa ficticio de un pueblo real o callejero riguroso de una villa imaginaria?

Portmeirion, ciudad de vacaciones – O Productora Audiovisual

La fantasía mediterránea de un urbanista que remezcló toda la historia del arte