Open menu Open menu hover pink Close menu Close menu hover pink
O Magazine
2015-2017

El olvidado arte de guardar un secreto:
músicos enmascarados
 

Por Gerard Casau

Ya sean hacedores de hits o actores del underground, asumimos que cuando un músico se sube al escenario lleva a cuestas un ego que alimentar, y que busca un aplauso, o alguna clase de reacción que reconozca su trabajo. Pero, ¿qué sucede con aquellos artistas que han querido llevar una vida artística enmascarada? No son pocos los que prefieren actuar ocultos bajo disfraces, llegando en ocasiones al punto de borrar cualquier rastro que pueda vincular su producción con el nombre que aparece en su documento de identidad. El misterio que los rodea provoca especulaciones y leyendas urbanas, y casi podríamos asegurar que ha acabado formando un canon de lo enigmático.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Robert Johnson: Fausto blues

Quizá todo empezó con Robert Johnson. El icono del blues no es un personaje anónimo propiamente dicho, pero la época (principios del siglo XX) y circunstancias de su corta vida (falleció a los veintisiete años, supuestamente envenenado por un marido celoso de su carisma) no ayudaron a documentar debidamente su existencia. De él nos quedan unos magros apuntes biográficos, un par de fotografías y, claro está, sus grabaciones, que en 1990 fueron recopiladas en su integridad en un doble CD. Cualquiera que quedase fascinado por su voz y desease saber más sobre el personaje se topaba irremediablemente con un espeso muro de niebla. ¿Y cuál es el impulso reflejo del ser humano ante la falta de respuestas? La fabulación, por supuesto. Hubo quienes trasladaron las pesquisas sobre Johnson a un terreno más serio, disciplinado y académico, pero lo que nos importa ahora es el hecho de que se difundieran ampliamente teorías como la que hacía del músico una declinación del mito fáustico, cuyo genio se debería a un pacto con el Diablo. Así que, aunque sepamos su nombre y hayamos visto su rostro, Robert Johnson es, aún hoy, material de leyenda: una criatura más cercana a la ficción que a la realidad.

Finalmente, es esa cualidad esotérica la que hace del “caso Johnson” algo infinitamente más fascinante que proyectos como Buckethead, Slipknot, DOOM o, claro está, Daft Punk (otra historia ya sería lo del colectivo Underground Resistance, que se manejaban con la ética y estética de una guerrilla, acaso grupo terrorista, de la electrónica). Dejando de lado sus posibles (o no) méritos artísticos, ¿qué clase de aura irradian estos personajes? Poca, o ninguna. A Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Christo el concepto robótico se les ocurrió tarde, con Homework ya convertido en piedra de toque del french touch, por lo que a lo sumo les debe servir para poder pasearse por la calle sin que los avasallen a autógrafos. El mayor misterio que provoca su cibernética apariencia es saber si, cuando actúan en directo (algo que, por otro lado, tampoco sucede con mucha frecuencia), son ellos los que están bajo los cascos o si se trata de dos pipas sacándose un sobresueldo actuando en una farsa electro-funk. Su ficción es inofensiva y tranquilizadora, como la aclaración de que “todo era un sueño” al final de una película fantástica, porque en ningún momento ha pretendido ser otra cosa que un (vistoso) mono de trabajo. Aun así, sería interesante saber qué ocurriría si, de pronto, estos músicos decidieran que la broma se ha agotado y empezasen a actuar desenmascarados (de hecho, Damon Albarn ya lo hizo con Gorillaz, y no sé si fue del todo casual que fuera entonces cuando cierto sector de la crítica empezó a tomarse en serio al otrora grupo protovirtual). ¿Cómo reaccionaría el público? ¿Lo veríamos como una muestra de sinceridad o devaluaría nuestro aprecio por su música? A título personal, recuerdo sentirme ligeramente decepcionado cuando, al asistir a un concierto de Death in June, Douglas Pearce se quitó la máscara a las primeras de cambio, descartando la mueca turbadora del blanco avatar para defender su folk éticamente espinoso con una guitarra acústica y a mostacho descubierto. No, sin teatro no es lo mismo. Supongo que esa es una de las razones (si bien no la única) por las que Anna-Varney Cantodea se niega a dar conciertos de Sopor Aeternus.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Daft Punk: sin la robótica no es lo mismo

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Frank Sidebottom: de culto

Pese a lo anterior, no hay que ponerse quisquilloso con quienes solo quieren quedarse con la parte más superficial del enmascaramiento. A veces, este puede producir accidentes interesantes, como que el álter ego eclipse a la persona real: cuando creó a Frank Sidebottom como un número cómico para abizarrar programas televisivos, poco podía imaginarse Chris Sievey que esa caricatura de fibra de vidrio obtendría el reconocimiento que él no llegó a alcanzar bajo su propio nombre; ni siquiera cuando, en los setenta, voceaba adhesivas perlitas power pop en The Freshies, en puntual alianza con futuros héroes mancunianos como Billy Duffy y Martin Jackson. En esta alineación no llegó a figurar un adolescente Johnny Marr, descartado por ser excesivamente joven. Años después Frank Sidebottom se chotearía de los Smiths, pero es probable que, pasando calor bajo la máscara, Suivey supiera que la mofa caía sobre él, por haber dejado escapar la mano que iba a rasgar las seis cuerdas más valiosas de su generación. Convenientemente ficcionado, el caso de Frank Sidebottom daría pie al film Frank, de Lenny Abrahamson, donde Michael Fassbender encarnaba al personaje no tanto en modo biopic como en un destilado de la expresión ‘artista de culto’.

Sin documentos

Cultivar la oscuridad requiere tesón, y no todo el mundo está dispuesto a asumir una trayectoria a largo plazo sin nombres propios, como la de The Residents, el grupo por excelencia en lo que respecta al misterio. Desde la cubierta de su debut, Meet the Residents, que tuneaba a los Beatles, hasta su posterior encarnación como globos oculares vestidos de etiqueta, el colectivo estadounidense ha publicado una cantidad ingente de material y ha realizado multitud de espectáculos en vivo, sin que la identidad de sus responsables llegase a trascender la luz pública, ni siquiera traicionada por quienes han colaborado con ellos ocasionalmente. Sus primeros pasos iban dirigidos a distorsionar los mimbres de la cultura pop (particularmente en The Third Reich’n’Roll, un ‘what if’ de lo que podría haber sido la historia del rock si los nazis hubiesen ganado la guerra); quizá por eso, hay quien cree que debajo de los cascos oculares se hallaban grandes figuras del panorama musical, de Paul McCartney a David Byrne.

Pero con los años, su imaginario fue avanzando hasta adquirir una forma hermética, que apenas tiene sentido fuera de su mitología, en la que la figura humana ya ocupa un espacio puramente residual. En 2015, los Residents fueron objeto de un documental, Theory of Obscurity, que suplía la (lógica) imposibilidad de acceder a ellos directamente con buenas dosis de imágenes de archivo, y entrevistas a admiradores ilustres –Matt Groening (que se especulaba con que fuera uno de ellos), Les Claypool de Primus, etc.–, y a su entorno más cercano. Aunque el director Don Hardy no adopta un punto de vista inquisitivo, respetando el agujero que habita el centro de su película, para el espectador no debería ser muy difícil atar cabos, y relacionar el rostro de alguno de sus representantes en The Cryptic Corporation con las facciones de un joven que perpetraba barrabasadas sobre el escenario en una grabación seminal, hecha cuando aún no ocultaban su rostro. Todo está allí, ante nuestros ojos. El misterio de los Residents es, en el fondo, frágil, y si ha sobrevivido durante más de cuatro décadas se debe tanto al esfuerzo de sus componentes como a la voluntad de quien les quiere bien. No saber quienes son los Residents les da el don de la inmortalidad, los convierte en una idea con capacidad de regenerarse cuando sea necesario. Puede que alguno de los cuerpos que grabó sus primeras notas abandonase el barco hace tiempo, o incluso que ya haya muerto, pero el concepto se mantiene. Y pondría la mano en el fuego a que nos sobrevivirá a todos.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

The Residents: modelo de doble vida

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

John Talabot: identidad envuelta

En el fondo, nadie quiere arruinar una buena (e inconclusa) historia, sobre todo cuando puede jugar con ella. Los hay que, incluso, pretenden llevar la contraria a los autores cuando estos les dicen que la función se ha acabado. Es lo que le sucedió a Burial cuando, tras unos primeros años de anonimato total, dio un paso hacia los focos para revelar su cara y su nombre real. Decía que el ocultamiento de su identidad debía ser una manera de focalizar la atención de medios y público hacia la música, pero que esto se le volvió en contra en el momento en que los rumores acerca de su persona acababan comiéndose los titulares (síndrome Banksy, algo que también sufren Zomby o John Talabot). Pero a algunos les pareció inadmisible que detrás del insigne productor dubstep hubiera “simplemente” un tipo llamado William Bevan, por lo que multiplicaron y retorcieron las especulaciones con el fin de demostrar que la revelación no era más que una cortina de humo, y que Burial en realidad era otro alias de Kieran Hebden, en arte Four Tet.

“Sé todo lo enigmático que quieras, pero no nos vendas normalidad”, parecían decirle al pobre Will. Porque el misterio y la oscuridad también son una manera de alcanzar la espectacularidad total. Así lo entienden NǽnøĉÿbbŒrğ VbëřřĦōlökäävsŦ (pronúnciese ‘Nanocyborg Uberholocaust’), duo formado por Wavanova y Dark Dude y consagrado al ‘ambient cosmic extreme funeral post-drone metal’, como ellos mismo lo describen, estilo que adquiere la forma de discos que pueden llegar a superar las siete horas de duración. Lo más radical de lo radical. Un monstruo surgido de la pesadilla febril de un redactor de The Wire, o de un programador del festival Unsound. O, más probablemente, una gran broma.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

William Bevan aka Burial:
un tipo cualquiera

En el extremo opuesto del “misterio por acumulación” que representan los muy conscientes NǽnøĉÿbbŒrğ VbëřřĦōlökäävsŦ, hallaríamos el “misterio accidental” de Unknown Mystery 60s Group, nombre con que se identificó (por falta de otro mejor) a las canciones que contenían unas cintas que un coleccionista adquirió en un mercadillo de Filadelfia, y que no contenían más detalles identificativos que el título de los temas. El material se editó en CD por Distortion Records y, posteriormente, se intentó localizar a sus autores. La única pista que fructificó llevó a localizar al batería, que ahora reside (o residía) en España y que proporcionó a los interesados algunas canciones extra, que han permitido editar dos discos más, sin revelar nunca la autoría de una música que, en su anonimato pop-garage, encapsula el sonido de una época.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Unknown Mystery 60s Group: música sin cuerpo

Curiosamente, las razones de un músico para permanecer en el anonimato suelen ser poco trascendentales: desinterés, posición artística, comedia… Pero hay algunos casos en los que la oscuridad resulta una cuestión trascendental para los artistas. Es el caso de Les Rallizes Dénudés, agentes del caos psych-rock en el Japón de los años sesenta, y cuyo bajista Moriaki Wakabayashi participó junto a una facción comunista en el secuestro de un vuelo comercial en 1970, que terminó sin víctimas y con los perpetradores buscando asilo en Corea del Norte. Sea por la voluntad de mantener un perfil bajo después de este hecho, o simplemente por el elusivo carácter de su líder Takashi Mizutani, Les Rallizes Dénudés apenas editaron música de manera oficial, aunque sí siguieron actuando en directo (su culto se ha transmitido sobre todo a través de bootlegs) hasta desaparecer del mapa en 1997. Desde entonces, apenas ha habido noticias de ninguno de sus miembros, convirtiendo su silencio en una estruendosa (y, tal como explica este artículo, incómoda) ausencia en la escena nipona. Más recientemente, encontramos el ejemplo de Al-Namrood, blackmetaleros de Arabia Saudí que llevan cerca de una década operando en la oscuridad, por el simple hecho de que la música que practican está perseguida por las autoridades de su país. Bautizados en honor a Nimrod, la figura bíblica que representa el desafío a Dios, su nombre puede traducirse como el “no creyente”, lo que da la medida de la actitud de la banda ante los dogmas de fe. Si algún día cometieran la temeridad de aparecer en público, podrían enfrentarse a penas de cárcel o, incluso, de muerte. A menos, claro, que no sean más que un elaborado bulo con sede, por ejemplo, en Canadá (donde se encuentra su discográfica). Quizá sea frívolo o poco adecuado malpensar en este contexto. Pero, claro, ¿cómo evitar la sospecha? ¿cómo saber?

Finalmente, los grandes beneficiarios de lo misterioso no son tanto los artistas como nosotros, los que escuchamos. El enigma abre una red de contradicciones e inestabilidades para que juguemos con ella, y nos da la posibilidad de leer un relato sin atenernos a ninguna versión oficial. Quién sabe, puede que la muerte de Robert Johnson no fuera más que una pantomima. Podría seguir vivo, inmortal y eterno gracias a su acuerdo mefistofélico, y que los años lo hubieran vuelto agrio y soez, convirtiéndolo en Bob Log III. Hasta donde llegamos a saber, no hay ninguna evidencia que demuestre lo contrario.

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Al-Namrood: blasfemos y perseguidos

El olvidado arte de guardar un secreto: músicos enmascarados – O Estudio Creativo

Underground Ressistance: guerrilla tecno