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O Magazine
2015-2017

¿Por qué

nos gusta castigar

a los famosos?

Por Óscar del Pozo

El año pasado, cualquier extranjero que pasara por nuestro país y encendiera la televisión debió quedarse sorprendido, extrañado y anonadado ante la cobertura mediática que se dio a los permisos penitenciarios de Isabel Pantoja. La vida de la cantante, que fue condenada a dos años de cárcel por blanqueo de capitales e ingresó en prisión en noviembre de 2014, es una obsesión nacional que resulta difícil de entender para alguien que no haya vivido aquí en los últimos 30 años. Los medios cubrieron dichos permisos como si fueran un acontecimiento, pero la locura llegó al paroxismo los días que la intérprete de Se me enamora el alma volvió a la cárcel por tercera y cuarta vez: la televisión matinal retransmitió en directo el trayecto en coche desde su finca Cantora hasta el centro penitenciario de Alcalá de Guadaira. Todo lo que el espectador podía ver era un vehículo circulando por una carretera.

¿Por qué nos gusta castigar a los famosos? – O Estudio Creativo

Ilustración por Guillem Dols

Durante su estancia en prisión, Pantoja fue noticia cada día, aunque no trascendiera casi nada de su vida entre rejas. No solo se hablaba a diario de ella en Telecinco, la cadena que más ha explotado el interés por su figura, sino en todas las televisiones. El programa Corazón de La 1 de TVE (un medio público que pagamos entre todos, no lo olvidemos) abría a menudo con el titular “Ya falta menos para el primer permiso de Isabel Pantoja”, o “Ya falta menos para el segundo permiso de Isabel Pantoja”. Es decir, no tenían absolutamente nada que contar, pero sus responsables consideraban que eso era más interesante que cualquier noticia de otro famoso español o internacional. La duda razonable es: ¿por qué?

Hace dos años se celebró en Sudáfrica un juicio convertido en circo mediático. El atleta Oscar Pistorius estaba acusado de asesinar intencionadamente a su novia, la modelo Reeva Steenkamp. Él había reconocido que disparó cuatro balas a la puerta del baño de su casa, pero pensaba que detrás había un intruso y no Steenkamp. Sin embargo, tanto el fiscal como millones de personas en todo el mundo creían que mentía y sí quiso matar a su pareja. Cuando el juicio acabó no parecían existir pruebas concluyentes que apoyaran esa tesis, y Pistorius fue declarado culpable de homicidio involuntario. Pero la opinión pública sudafricana y los medios sensacionalistas querían una condena más contundente. En las crónicas que escribió sobre el caso en El País, el maestro de periodistas John Carlin describía así el estado de ánimo en Sudáfrica: “La gran mayoría de los blancos no solo están convencidos de que Pistorius quiso matar a Steenkamp, sino que exigen, generalmente con rencor, que se le castigue con la pena máxima: cadena perpetua”. En diciembre de 2015, el tribunal de apelación anuló la sentencia y le declaró culpable de asesinato. El pasado 7 de agosto se intentó suicidar en la cárcel.

Antes de estos hechos, Pistorius era un héroe nacional y un ejemplo de superación (nació con una deformación genética y le amputaron las dos piernas cuando era niño), pero ahora el público lo veía como un monstruo. Su caso, como el de Isabel Pantoja y otros muchos antes (la cantante mexicana Gloria Trevi encarcelada por corrupción de menores, el jugador de fútbol americano O. J. Simpson acusado de asesinar a su esposa, la actriz Lindsay Lohan juzgada por conducir borracha y bajo los efectos de las drogas…), demuestran hasta qué punto nos gusta presenciar la caída en desgracia de un famoso: en nuestro fuero interno queremos que sean castigados, queremos verles sufrir. ¿Pero por qué? La clave la tiene un filósofo francés que murió a principios de los ochenta y no conoció ninguna de estas historias: Michel Foucault.

En una de sus obras, Vigilar y castigar, el francés explica que vivimos en una ‘sociedad disciplinaria’. Desde niños se nos impone la disciplina en la escuela, en el seno de nuestras familias y, ya de adultos, en los lugares de trabajo. Así aprendemos a obedecer a nuestros padres y nuestros jefes, ser limpios y aseados, no tratar a la gente con descortesía o insolencia, no faltar ni llegar tarde al trabajo… y mil cosas más. A través de la disciplina se endereza nuestra conducta, se jerarquiza a las “buenas” y a las “malas” personas. Y para que esta disciplina siempre sea efectiva, nos vigilamos los unos a los otros. Todos somos, a la vez, vigilantes y vigilados.

Cada día, la mirada del otro te observa, te registra, te controla. Y al mismo tiempo, nuestra mirada observa, registra y controla a los otros. Sentimos la presión del control ajeno en todo momento: ese jefe borde que no te pasa ni una, ese compañero de trabajo que sabes que te critica a tus espaldas, esa madre o ese padre que cuestiona tus hábitos y tu forma de vida, ese novio que te recrimina que lleves ropa demasiado ajustada, esa persona que te odia y no sabes muy bien por qué, ese amigo con el que discutes y te reprocha tu egoísmo… Todos los que tienen poder sobre nosotros nos castigan para hacernos pagar nuestras “faltas”, aunque sea de forma sutil, con la frialdad o el desprecio. En otros casos intentan reducir nuestro estatus, nos degradan en nuestro rango (laboral o cualquier otro) o sencillamente nos humillan.

Mi teoría es que la televisión y los medios de comunicación nos permiten liberarnos un rato de esa constante presión, siendo nosotros los que vigilamos y castigamos en la intimidad de nuestra casa, desde la seguridad de nuestro sofá. Allí nadie nos observa y podemos proyectar nuestra dañada autoestima en la del famoso de turno, podemos ser nosotros los que juzgamos y condenamos por otras afrentas que no son las nuestras. Además, cuanta más gente es testigo de la mortificación, más dura resulta. Lo nuestro implica a pocas personas, no es nada al lado de la humillación pública del famoso. Y eso reconforta.

Cuando en programas como Sálvame Deluxe someten a un invitado al detector de mentiras y, a continuación, al interrogatorio implacable de sus colaboradores, sus responsables buscan provocar ese efecto en la audiencia. Es como un juicio improvisado y teatralizado: unas veces el famoso sale indemne y otras es arrastrado a la humillación pública (eso sí, con su consentimiento, porque acepta ir al programa y cobra por ello). Lo llamamos ‘telebasura’, sospecho que porque el show nos enfrenta a una faceta de nosotros mismos que no nos gusta reconocer: nuestra necesidad de proyectarnos en la desgracia ajena. Estoy seguro que el día que deje de emitirse el Deluxe, otro programa similar llegará para tomar el relevo. De hecho, este tipo de formato se inició con Tómbola, allá por 1997. Además, el castigo público ha sido una constante a lo largo de la Historia: desde el suplicio (la tortura a los herejes por parte de la Inquisición) a las cadenas de condenados que existieron hasta el siglo XIX, donde los delincuentes eran sometidos a los insultos y amenazas del pueblo llano.

En The Walker, una de sus películas menos conocidas, Paul Schrader lo resumió todo en una sola línea de diálogo: “Antes, si cogían a un hombre mintiendo, le colgaban por los testículos. Hoy le invitan a la televisión”. Creemos haber evolucionado mucho, pero seguimos siendo, en esencia, los mismos.