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O Magazine
2015-2017

Malditas sean
las suegras

Por Jordi Costa

Sé exactamente dónde nació Doña Urraca. En mi barrio. En el mismo inmueble donde viví hasta que me independicé. Allí mismo, un piso por debajo de donde siguen viviendo mis padres, en el barrio de Sant Andreu. Miguel Bernet Toledano –Jorge para el arte– fue algo así como el vecino mágico que cayó, como un benigno color caído del espacio, sobre la adolescencia de posguerra de mi madre, que no tardó en idealizar a ese caballero que, según me cuenta, vivía pegado a la mesa de dibujo, con una calavera humana a su vera, y que, siempre que podía, acababa escapándose al cine por las noches, en compañía de su esposa, a fin de relajarse del implacable ritmo de trabajo brugueriano y, también, de perder temporalmente de vista a su, al parecer, muy avinagrada suegra. Mi madre siempre ha estado convencida de que Doña Urraca fue la destilación gráfica de la suegra real de Miguel Bernet. Nunca he sabido si esta revelación sobre el origen de Doña Urraca en el limo de las tensiones con la familia política tiene algún fundamento o bien era una leyenda autoconstruida por mi madre, pero eso no le resta singularidad a ese personaje que, bien nacido como venganza personal doméstica, bien forjado con otros mimbres, fue una aislada nota expresionista en el seno de un humor brugueriano, que, a menudo, explotaba la crueldad –la del hambre, la desilusión y la miseria compartida–, pero no la conjugaba en la angulosa clave gótica de ese personaje de nariz ganchuda y anatomía evocadoramente arácnida.

Mi madre me contaba muchas historias de Miguel Bernet, de su cinefilia desbordada –que encontró sus ecos en las historietas de esa Doña Urraca capaz de odiar (o de gozar sádicamente) los melodramas de Libertad Lamarque, de mentar a Esther Williams y Greta Garbo o de jalear el Cyrano de Bergerac de José Ferrer por pura cuestión de empatía nasal–, de su capacidad para transformar cualquier tarde de esa España deprimida en un espacio para el vuelo mitómano y la fabulación, de cómo le bastaban su voz y una linterna para, por ejemplo, improvisar una convincente imitación de Vincent Price, de cómo replicaba sotto voce y con finísimo humor a los extrovertidos improperios de esa suegra que pudo ser o pudo no ser el germen de Doña Urraca, de cómo se desvivía por su hijo, que se convertiría en ese maestro del trazo dinámico realista, heredado de Frank Robbins y Milton Canniff, que conocemos por Jordi Bernet y que, de hecho, empezó en esto heredando el personaje de Doña Urraca, que fue su salvoconducto para entrar a trabajar en Bruguera a los tiernísimos quince años de edad. La misma edad que tenía mi madre en 1948, cuando nació Doña Urraca. Por entonces, Jordi Bernet –que, con el tiempo, acabaría ejerciendo para mi yo infantil el mismo poder de fascinación que tuvo su padre para mi madre, aunque el creador de Clara de Noche ya no vivía en ese inmueble cuando yo empecé a tener uso de razón– tenía tan solo cuatro años.

Para mí, pues, Doña Urraca es casi de la familia, aunque cuando yo la conocí ya había pasado por demasiadas manos, demasiadas alteraciones y demasiadas domesticaciones. Le debo el verdadero descubrimiento del personaje en su forma más pura al tercer volumen de la colección Maestros del Comic de Ediciones B que indagaba en la prehistoria del Universo Bruguera con cierta vocación arqueológica y que, ¡maldición y recontraataúdes! (que diría la estilizada arpía), dejó de publicarse (si no estoy equivocado) tras esta tercera entrega. Siempre se ha dicho que el genio en la sombra, el Mago de Oz de Brugueralandia, era Rafael González, hombre al parecer agrio y de ánimo sombrío que, no obstante, llevaba en su interior los fuegos artificiales de una verba capaz de extraer lo tronchante a partir del estiramiento de lo culterano y su constante hibridación con lo popular. No sé si se deben a él o a un Jorge bajo el influjo de González muchas de las barbaridades que suelta Doña Urraca en esas primeras historietas, pero lo que sí sé es que ese uso cómico de la expresión verbal siempre fue para mí una de las principales fuentes de seducción del toque Bruguera y estoy seguro de que alguna incidencia tuvo que tener en la adquisición de un cierto caudal léxico en mis primeros años lectores. “¡Recontraataúd!”, “¡Abajo los filántropos!”, “¡Alcanfor y feldespato!”, “¡Cipreses y sarcófagos!”, “¡Recafiaspirina!”, “¡Es que me desencuaderno!”, “¡Repolilla y cornucopias!”, “¡Tumultos y neotafias!”, exclama, entre otras cosas, Doña Urraca en esas primeras historietas.

No obstante, en la teoría de mi madre sobre la génesis de Doña Urraca hay un cierto punto débil, porque el personaje no parece una cristalización de ningún humo negro que el autor nutriese al calor de las tensiones domésticas propiciadas por su madre política… porque Jorge parece sentir, de manera clara, una franca simpatía por esa diablesa vestida de luto que, sí, terminaba en muchas de sus historietas recibiendo merecida estopa por sus retorcidos excesos, pero, a menudo, se convertía en figura victimizada por los prejuicios de una comunidad paranoica, pacata y potencialmente linchadora. Por otra parte, es muy aventurado pensar que Jorge estuviese canalizando a través de esa escuálida figura ningún tipo de discurso feminista, pero es cierto que, en su relación con la comunidad, Doña Urraca cumple la función de la bruja entendida como aquella fuerza femenina que es sancionada como otredad y diferencia y, por tanto, demonizada por un orden imperante que aquí era el de la mezquina tibieza del español medio de posguerra. Cuando mi madre quinceañera vio nacer a Doña Urraca todavía no intuía que, en su futuro, iba a lidiar con su propia suegra, a la que también conceptualizó como centro de todos los males que planeaban sobre su paz doméstica: alguna tensión y afrenta hubo, como en toda las familias, pero doy fe de que la paranoia de una mirada deformante también campaba a sus anchas. Y mucho menos podía intuir mi madre quinceañera que, en el futuro, ella misma iba a convertirse en suegra por partida doble, encarnando en ojos ajenos toda esa energía oscura suegril que ella, en su momento, creyó ver en Doña Urraca. De lo cual, quizá, pueda extraerse una lección moral: todos acabamos siendo, en algún momento u otro, la Doña Urraca de alguien.

Esta Viñeta Robada pertenece a la primera aparición de Doña Urraca en el número 77 de la revista Pulgarcito, publicado en 1948. La historieta, a doble página, se titulaba Día 13, que era ese día de desgracias y sinsabores que, en la primera quincena de cada mes, delimitaba la jornada predilecta de la sádica protagonista. Se cuenta que la censura obligó a moderar el carácter del personaje. Lo cierto es que nunca más hizo nada tan sádico como lo que hace en esta Viñeta fundacional: sentarse en la acera, para contemplar cómo un invidente intenta cruzar una calle de densa circulación automovilística. Hay en esta viñeta una crueldad purísima e irrespirable que más tarde será matizada y neutralizada, en un proceso que culminará cuando a la brujilda le coloquen al lado a su particular payaso de las bofetadas, el infeliz Caramillo. Toda una decisión de orden público (al parecer): que un chivo expiatorio reciba toda la irradiación maligna de esa feminidad problemática, en suma. En el fondo, Doña Urraca y Jorge libraron el mismo combate y a ambos les paró los pies un poder que no tenía altura para ser verdaderamente maligno, porque solo era cicatero y tan mezquino como la normalidad misma de esos ciudadanos de Bruguerópolis que, ante cualquier desgracia, no dudaban en señalar, delatar y, a la postre, apresar y condenar a una Doña Urraca que, sobre todo, jamás se hubiese sumado a los coros de sus himnos (de iglesia o desfile militar). Quizá Doña Urraca fue básicamente eso: una activa renuncia a la mansedumbre imperante, una Bruja de tomo y lomo en tiempos de Sección Femenina. Nota al margen: en el entresuelo del mismo inmueble donde nacieron mi madre y Doña Urraca tenía sus oficinas la Sección Femenina de la Falange, que ahí siguió… hasta poco después de la muerte del Caudillo. Eran unas señoras muy bien educadas, por cierto. De las que podrían señalar a una bruja sin que se les desmontara un rizo.