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O Magazine
2015-2017

Limes Tenebrarum.

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Vantablack o la quimera hacia la oscuridad total

Un “material extraño, alienígena”, que es “como mirar al interior de un agujero negro”. Los esfuerzos por definir el Vantablack se estrellan en el muro de la analogía, porque los símiles que nos proponen remiten a realidades aún más indescifrables que aquella que pretenden iluminar ¿Quién ha mirado dentro de un agujero negro? (que ya es de por sí un tropo para enunciar algo cuya existencia nos desafía).

Se entiende, aun así, que los creadores del Vantablack porfíen por encontrar la manera más intuitiva de presentar su invención; una sustancia formada por nanotubos de carbono capaz de atrapar el 99.96% de la luz que incide sobre ella. Un reflejo tan mínimo de la radiación visible que la convierte en la materia más oscura que existe sobre la faz de la tierra. Sus propiedades son tan insólitas que engañan incluso a la vista y consiguen que al utilizarse para cubrir objetos con relieve estos nos parezcan bidimensionales. El Vantablack solventa algunos problemas de composición que dificultaban el uso comercial de sustancias parecidas precedentes y que una vez resueltos permiten muy distintas aplicaciones, de la construcción de telescopios más sensibles a camuflajes militares térmicos. Sin embargo, lo más interesante de esta historia es la persecución larga, obstinada y no del todo desprovista de comicidad que deja adivinar: un puñado de físicos e ingenieros empeñados en dar con ese material “más negro que el negro” y al que solo pueden aludir luego mediante catacresis escurridizas.

Y es que la de la búsqueda quimérica y obsesiva es una de nuestras narraciones esenciales, un arquetipo que nos ha cautivado e impulsado desde los mismos albores de la historia humana, si no desde antes. No importa tanto que aquello que la motive sea un emblema espiritual, un lugar legendario o una construcción intelectual –el Grial, las siete ciudades de Cíbola o la demostración del último teorema de Fermat– como el hecho de que esa caza obligue a cruzar umbrales, a confrontarse con lo ignorado y hasta a poner en riesgo la integridad física y mental. Pero mientras que algunas de estas búsquedas tienen un vuelo épico universalmente comprensible, otras pasman por su aspiración a un logro ininteligible o absurdo para quien no esté embebido de su particular lógica. El desajuste entre el tiempo y esfuerzo dedicados y lo aparentemente esotérico del objetivo es lo más seductor que hay en ellas.

Las subculturas populares, sin ir más lejos, ofrecen abundantes muestra de esas exploraciones tan limítrofes como marginales y hasta en ocasiones caricaturescas. Quizás por influjo del Vantablack piense ahora en todos esas bandas de black metal y de funeral doom, de música drónica y dark ambient, obcecadas en obtener sonidos cada vez más densos, opacos y saturados, en conseguir atmósferas más tenebrosas, depresivas y espectrales. También ellas andan al acecho de un más oscuro que la oscuridad, en su caso conceptual, y sin ninguna otra brújula o preocupación estética que alcanzar esas simas postreras.

La relación puede parecer tenue. Sin embargo, ambas investigaciones comparten ese impulso misterioso de sondear lo ignoto que tan bien define la memorable respuesta de George Mallory cuando le preguntaron por qué se empeñaba en ascender al Everest, una cumbre que hasta entonces parecía imposible de hollar. “Porque está ahí”, se limitó a decir. Pero aún hay más que eso: poco después de que Surrey Nanosystems difundiera su hallazgo del Vantablack, el artista Frederik De Wilde saltó a la palestra para denunciar que la empresa se había apropiado con pocos escrúpulos de la información que había compartido con ella. Según su relato, De Wilde hacía más de una década que se había consagrado a la generación del “cuerpo negro perfecto” y en una fecha tan lejana como 2004 había ya sintetizado un compuesto que todavía ostentaría el récord de “negritud”. En su caso, como proyecto poético: “veo mi arte como un espacio de rechazo, pero también como un espacio de y para la imaginación”, señalaba en una entrevista en Dazed: “Es la definitiva celebración de lo desconocido”.

Esta carrera desconcertante en pos del blackest-black, que tiene algo de risible, es también fascinante. Porque apunta a lo que ocurre cada vez que se trabaja en un linde y se escruta un territorio incógnito, lo mismo en la ciencia que en el arte, en un laboratorio de nanotecnología que en un local de ensayo de música extrema: las fronteras de nuestra percepción se ven violentadas, y con ellas también las hechuras de nuestro lenguaje, expuesto a sus limitaciones y empujado a superarlas. En palabras del propio De Wilde, son pesquisas que nos obligan a cuestionar la realidad y cómo la discernimos. Justamente como esas aristas difusas y bordes engañosos de las pellas de Vantablack.

Por
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Alexandre
Serrano