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O Magazine
2015-2017

¿Estamos copiando a

WES ANDERSON

por encima de
nuestras posibilidades?

por

BEGOÑA GÓMEZ URZAIZ

¿Estamos copiando a Wes Anderson por encima de nuestras posibilidades? – O Estudio Creativo

Mendl’s: tapas bar, café, restaurant & indiexplotation

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Margot House: llave de hotel requete-cuqui

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Campaña de American Manhasset: calco fla-gran-te

Lo suyo sería que sirviesen bizcochos mitteleuropeos, pero no, en el Mendl’s, un bar que abrió hace unos meses en el barrio barcelonés de Sant Antoni ponen pà de vidre y croquetas. El local está bautizado en honor a la pastelería de El Gran Hotel Budapest y la decoración, supuestamente inspirada en esta y otras películas de Wes Anderson, como Moonrise Kingdom y Life Aquatic. ¿Por qué? Pues porque sí. Además, el resto de cafeterías que han abierto en los últimos dos años en Sant Antoni también saquean el estilo de Wes Anderson pero no lo dicen abiertamente, así que aunque resulte un poco candoroso también es más honesto.

El turista especialmente entregado a la causa andersoniana que visite Barcelona podría cenar en el Mendl’s y acostarse después en Margot House, un hotel también de reciente inauguración situado en el Passeig de Gràcia que en su literatura promocional asegura que se llama así porque comparte “carácter” con Margot Tenenbaum, Gwyneth Paltrow en Los Tenenbaum, a pesar de que su interiorismo, todo madera clara, blancos y beiges, poco tiene que ver con el de esa película.

Al encender la tele del hotel, las posibilidades de encontrarse con un anuncio que copie los característicos planos prodigiosamente centrados del director, sus sugestivas paletas de color y sus créditos en tipografía Futura Bold amarilla son altos. En los canales españoles se puede topar con las campañas de Tous, que desde hace un par de años han adoptado un universo estético inofensivamente quirky con sus Tender Stories, pequeñas viñetas protagonizadas por gente blanca vestida con buen paño. En los canales internacionales quizá caen otras campañas, como la del centro comercial Americana Manhasset, construida a base de calcar las dos películas del director más fáciles de referenciar, El Gran Hotel Budapest y Los Tenenbaum. La cosa es aún menos sutil que con Tous, si tenemos en cuenta que uno de los carteles está protagonizado por una chica con el peinado de Gwyneth Paltrow y el mismo abrigo de pieles que luce en la película y en otro se utilizan las cajas de pasteles de Mendl’s, esta vez sí.

Las firmas de moda llevan algún tiempo utilizando al realizador como monorreferencia. Ahí están las campañas de The Hilfigers que funcionan tan bien para Tommy Hilfiger desde hace un lustro, y la del último otoño-invierno para Bally, con, de nuevo, el abrigo de pieles de Margot Tenenbaum. Pero en realidad, creativos de todo el mundo han saqueado al cineasta con mayor o menos acierto para vender de todo: Mini Oreos, Orangina y hasta el plan sanitario del estado de Oregon, en un vídeo que acabó parodiando John Oliver en su programa, llamándolo “violentamente adorable”.

En internet, el uso de la palabras “Wes Anderson” funciona también a la perfección como clickbait de las cosas más extrañas. Por ejemplo: interiorismos norcoreanos que se parecen a los de sus películas. La semana que ese Tumblr con las intrigantes fotos de Olivier Wainwright de pabellones abandonados y salas de espera del país de Kim Jong-un decoradas con colores a la témpera y siguiendo una simetría perturbadora, se viralizó, precisamente porque varios medios se copiaron astutamente entre sí un titular que invocaba a Anderson, se pudo leer comentarios en Facebook que confirmarían cualquier estereotipo que uno quiera albergar sobre el hipster corto de entendederas: “uala, qué chulos”, “totalmente mi rollo” y “yo quiero”. ¿Sí?, ¿quieres? Por favor, el día que lleguen a Pyonyang todos estos fans de Hotel Chevalier que nos avisen, que también queremos verlo.

¿Tiene la culpa Wes Anderson, cuyas constantes estéticas no por reconocibles son previsibles o menos meritorias, de que su nombre haya pasado a significar “monín” y “perfecto para vender”? La única respuesta posible es sí y no. No, porque el cineasta no tiene por qué responder de todos los subproductos que bastardizan los elementos más obvios de su universo. Entre las que hemos enlazado hay recreaciones francamente perezosas como el pick up en el anuncio de Orangina con una canción ye-yé o el 80% de los planos de las Tender Stories de Tous, si bien el gag de la número uno en el que el padre ve a su hija como una niña y al novio como un abuelo de donde está calcado es de Annie Hall.

Pero muchos detractores de Anderson, que salieron con el cuchillo especialmente afilado en la boca tras el estreno de El Gran Hotel Budapest –llamarla “bombonera” era especialmente fácil e irresistible– sí lo sentarían en el banquillo por tanto homenaje sacarinoso y aducirían que su cine es perfecto para saquear con fines comerciales por varios motivos: toma referencias culturales que son asequibles, es blanco y burgués –a Anderson se le acusa de utilizar a las minorías como prop cómica–, opera con la moneda más potente del mercado cultural, la nostalgia –la crítica Eileen Miles le acusa en esta interesante aunque no necesariamente acertada pieza en Jacobin de sentir “nostalgia por la nostalgia misma” y de padecer amnesia histórica-, y en su mundo no existe la tragedia, ni siquiera cuando alguien muere o se suicida, tan solo una vaga sensación de fotogénica tristeza.

Eso sí, cuando Anderson hace sus propios bares, como el Luce de la Fondazione Prada, que hace bien en recrear una Italia que solo existe en la memoria cinematográfica del propio Anderson, o sus propios anuncios, los hace mucho mejor que sus esforzados imitadores.

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