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O Magazine
2015-2017

Entrevista
a Eddie Izzard.


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“Un momento:

¿cuál era
tu pregunta?”

Eddie Izzard (Colonia de Aden, Yemen del Sur, 1962) es un cómico stand-up y actor inglés que se autodefine como transgénero: viste como una mujer -la parte inferior, mayormente, como una sirena del revés- pero su inclinación es heterosexual. “Una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre”, como dice él mismo. Izzard lleva desde finales de los ochenta haciéndonos tronchar en monólogos extensos como Glorious, Dress to Kill y Sexie, entre otros. También ha aparecido por ahí detrás, con rictus impávido o haciendo el ganso, en filmes mainstream como Valquiria, Los Vengadores (los de la serie camp sixties, no los superheróicos) y el remake del clásico Ealing Whisky a go-go, de próximo estreno. A Izzard no le falta la faena, en resumen, y el tiempo que le sobra lo dedica a locuras filosuicidas como correr cuarenta y tres maratones en cincuenta y un días (sin experiencia previa, a pelo) para la organización de beneficencia Sport Relief.

por Kiko Amat

Pese a que en su país natal es poco menos que una celebridad, Izzard lleva un par de años recorriéndose Europa con su último show stand-up, Force Majeure, en grandes teatros y también en clubs modestos. Hasta ahí plausible, pero normal. Lo extraordinario es que el tozudo Izzard haya decidido realizar partes de su espectáculo en la lengua del país que le acoge. Partes que van aumentando en extensión según va avanzando la gira.

Fue asaz inolvidable lo del tener a Izzard a dos palmos de mi nariz en el teatro Llantiol, hace un par de meses, dejando escapar algunos de los grandes hits de Force Majeure (la ensalada César y el pollo Marco Antonio, Darth Vader en un self-service…), y aún lo fue más -ver para creer- su bis en español. Que no fueron un par de “cojones” y tres “mierda tío”, sino veinte minutos de Eddie Izzard en español no-abochornante (aunque sí algo tartamudo). No sé si algo así es recomendable; pero no se puede negar que requiere su buen par de gónadas. El próximo mes, volverá a España para ofrecer una docena de shows más, en los que promete una hora entera de monólogo en castellano.

La conversación casi sin cortar que van a leer en un momento se desarrolló en una terraza de la plaza Bonsuccés, una templada mañana de domingo condal, a principios del mes de noviembre. Con un Izzard emperifollado en full regalia Izzardiana: boina rosa con chapas de la union jack y la UE, cruzada de cuero, zapatos de tacón, uñas de mujer fatal y labios carmesí. Como una mezcla del Captain Sensible y Ru Paul. Está claro que la frase “detiene el tráfico” se inventó para él.

Tuviste una infancia poco convencional. Creciste en la colonia de Aden, en pleno Yemen, Arabia Saudí, y luego te trasladaste a un pueblecito galés. ¿Consideras que ese bagaje errabundo te hizo como eres, e influenció de alguna forma tu comedia?
Es una pregunta interesante [se lo piensa unos segundos]. Creo que la naturaleza poco convencional de mis comienzos nos influenció a mi hermano (que es dos años mayor que yo, profesor de idiomas y me acompaña en esta gira) y a mí, claro. Puedes nacer muy lejos e ignorar ese hecho de algún modo. Supongo que depende de cómo estás estructurado genéticamente y lo que heredaste de tus padres, pero alguna gente nace en la otra punta del globo y odia lo que le rodea, se convierte en un racista y detesta su cultura adoptiva. Nosotros no. A nosotros nos encantaba lo de vivir en un país árabe. Me parecía muy exótico, y sigue en mi pasaporte: Aden. “Ciudad de nacimiento”, ni siquiera “país” (porque era una colonia). La última vez que regresé allí en el 2008 se lo mostré a todo el mundo [sonríe]. Mi madre era actriz dramática, y lo de actuar viene de ella, le encantaba cantar y los sketches, y hacía pantomimas en Aden, y luego cantó en el Albert Hall. No era famosa, y en las fotos que tengo se la ve luchando por ser reconocida entre todos aquellos hombres. Y mi padre tenía mucho sentido del humor, que heredamos mi hermano y yo. Mi hermano comparte conmigo esa herencia: sentido del humor, amor por otras lenguas y un punto de vista internacionalista. Somos mitad iguales y mitad diferentes al 50%. Al contrario que él, yo tiendo a coger lo que se me planta delante, y no me afecta demasiado la atención. ¿O quizá estoy desesperado por conseguir atención? Tal vez porque mi madre murió cuando yo era un niño. Claro que también era su madre. Pero nos afectó de forma diferente, está claro. Empecé a actuar porque mi madre murió. Esto es interesante: justo antes de fallecer, cuando yo tenía seis años, me hizo un disfraz de cuervo para una obra escolar.

Es una elección bastante goth.
[sonríe] Este era un cuervo amigable, no gótico. Mi madre intuía que iba a gustarme lo del escenario, así que me hizo un sombrero de copa, un pico… La gente se rió bastante, aunque yo no trataba de ser cómico. Yo no trataba de ser nada, porque no sabía muy bien lo que se esperaba de mí. A mi madre la vi actuar en enero de 1970. Y me encantó. Creo que ese es el punto de cambio.

¿Te gustaba resaltar, cuando eras niño? Porque hasta cierta edad existe esa voluntad de pasar desapercibido y ser como los demás… Encajar. Y ser raro o distinto te puede poner las cosas difíciles.
Creo que sí, que me gustaba resaltar. Después de aquella, de mi “primera obra”, me apuntaba a cualquier otra producción escolar. En la clase no me gustaba tanto. Me encantaba el fútbol, vivía para el fútbol, era un marimacho total… Un niño marimacho. Perdí el amor de mi madre a los seis, mi padre estaba ausente dos tercios del año (yo me quedaba en un internado)… Supongo que necesitaba el afecto de los demás. No me importaba dar la nota, pero no le había hallado la vuelta a lo de actuar en un entorno escolar. Me encantaba la comedia, pero no era consciente de que podía hacerlo. Empecé a hacer bromas a los dieciséis, y con el mismo maestro que mi hermano. Era un profesor de química que dejaba espacios al enseñar para que los alumnos los rellenaran. “Tenemos sodio, y lo ponemos en _ _ _ _ _”. “En su oreja, señor”, le decía yo [sonríe]. Hablaba muy lento, y podías introducir cosas graciosas en lo que iba soltando. Y las chicas empezaron a fijarse en mí [pone ojitos]. Porque hacía reír a la clase. Ser el destructor de la clase me hacía sentir bastante bien. Siempre quise actuar, y en ese punto apareció el cisma en mi cerebro: comedia o drama. Me gustaban las dos cosas, pero el drama no se me daba bien y la comedia sí. Me olvidé del drama y me lancé a hacer comedia al estilo Python. Al cabo de muchísimo tiempo decidí que también intentaría aceptar papeles dramáticos. Lo que he hecho (pasar tantos años siendo cómico y ahora empezar a hacer drama) es muy raro, pero no tanto. Mira a Hugh Laurie: viene de hacer comedia completamente absurda. En Black Adder, cuando hacía de Príncipe Regente, era el rey de la payasada. Y años después hizo House, y creo que eso es lo que él siempre había querido hacer, y ahora ya casi no acepta papeles cómicos. Yo me veo así, pero de momento estoy haciendo las dos cosas a la vez. Lo que, por supuesto, le resulta chocante a todo mi entorno: jefes de estudios, periodistas, agentes, managers… Pero a mí me parece bonito.

Por lo que veo, tomaste decisiones de calado en tu vida (ser transgénero a los cuatro, ser actor a los siete) muy temprano en tu vida. En ese sentido, eras muy precoz. Quiero decir que la afirmación más categórica que ha realizado mi hijo menor a día de hoy es que no le gustan las zanahorias.
[ríe] Debo matizar esas afirmaciones. En retrospectiva, veo que a los cuatro o cinco empecé a tener pensamientos transgénero que por supuesto no era capaz de articular. Intuía que tenía una sexualidad distinta, pero no se lo dije a nadie, porque me habrían partido la cara. Y en todo caso, como te decía, yo era muy chicarrón: quería correr, chutar balones y algo más tarde planeaba ingresar en las Fuerzas Especiales del ejército. Así que sabía que sucedía algo, pero aún no podía verbalizarlo, y desde luego no se lo conté absolutamente a nadie (en anglès, a single soul). No me levanté en medio de clase y dije: “me autoidentifico como transgénero, pese a que…” [sonríe]. No era tan maduro, a los cinco. Y en lo que respecta a la parte dramática, de nuevo fue en retrospectiva. Recuerdo una obra de teatro sobre un chaval y su gato en la que logré meterme, y la sensación de que aquello era divertido, pero nada más. Según pasaban los años iba participando en funciones, y se iba cristalizando en mi mente lo de que aquello era para mí. A los dieciséis, en particular, cuando empecé a presentarme a entrevistas de trabajo, mi padre y mi madrastra insistían en que debía cursar una carrera apropiada, y encontrar un empleo apropiado, y yo decidí seguirles la corriente y simular que iba a ser contable o lo que fuese. Pero era solo una fachada. A los dieciséis ya sabía que tendría que transigir en lo de cursar una carrera universitaria para contentarles, pero que lo que en verdad quería hacer, e iba a ser, era actor. En mi mente, esto estaba articulado así: “voy a ser actor, y que le den a todo lo demás”. Pasaré por lo que sea, y luego realizaré mi ambición. Claro que luego no aguanté ni un año en la universidad. A la mierda. Me di cuenta de que si conseguía un diploma de contable, mi madrastra lo usaría contra mí.

¿Dirías que para ti el humor fue una forma de autodefensa? Para muchos nerds incapaces en el terreno deportivo o faltos de testosterona, lo de ser el bufón de la clase siempre ha sido la salvación.
Entiendo [asiente]. No fue exactamente mi caso porque, aunque no me gustaba pelear, sí que era de discutir, y daba la cara, y no me dejaba tomar el pelo. A los matones les presentaba demasiado problemas, porque siempre me rebotaba, y al final (de puro hartazgo) me dejaron en paz. Siempre busqué proyectar esa aureola de no-víctima, para que supiesen de que si iban a por mí aquello iba a ser un caos. Con el tiempo decidieron buscar a alguien que diese menos dificultades. A los dieciséis el problema fueron las chicas. Yo era un transgénero que no había verbalizado su tesitura, y me gustaban las chicas, y aquello era muy complicado. Estuve en una escuela que no admitía chicas durante tres años, de los trece a los quince, y a los dieciséis volvían a estar allí, y había veinte chicas para cien chicos. Y en ese momento yo aún no sabía hacer bromas, no había hallado ese click. Me encantaba escuchar comedia, y verla en la TV, pero para mí era algo separado de lo que yo hacía. Una cosa no se traducía en la otra. Recuerdo una vez en que yo iba por la calle y al pasar por delante de un cine alguien me gritó “¡GILIPOLLAS!”, y yo no supe qué contestar. Luego pensé que habría sido maravilloso tener una frase demoledora para contestar a eso. Quizá ahí reside la cuestión de mi deseo interior. Porque desde entonces siempre sé qué contestarle a un imbécil. El teatro callejero te enseña eso, entre otras cosas. Así que cuando estaba preparando mi bachillerato de ciencias…

Eso también es bastante nerd.
Sí. Totalmente. Pero yo era un nerd deportista, como te decía. Asimismo, en las escuelas pijas a donde me mandaron tras la muerte de mi madre, el fútbol estaba prohibido, porque era demasiado “clase obrera”, y te obligaban a jugar a rugby. Solo que mí no me gustaba el rugby, y eso terminó con mi lado deportivo. A su vez, también parecía acabar con mi única posibilidad hasta el momento de ser el mejor en algo, porque yo era de los primeros en deporte, así que tuve que buscar otra cosa que me hiciese resaltar. Y entonces volvieron las chicas, a quienes por supuesto solo interesaban los rugbistas guapetones. Y yo era distinto, llevaba unas pintas rarísimas.  La comedia se reveló como una herramienta providencial. Incluso escribí una obra de teatro a los dieciséis. Una mierda de obra, por desgracia. Todo copiado de otros lados…

Bueno, ese es el camino, ¿no? Empezar copiando a los maestros, y luego hallar tu voz, y dejar de copiar.
Exactamente, señor mío. ¿No hay una frase de Picasso que dice algo parecido? “Los artistas mediocres imitan, los grandes artistas roban” [también se atribuye a de T. S. Eliot]. Si eres uno de los grandes puedes empezar a robar de otros. Yo suelo utilizar frases de otros, solo que anunciando de quién son y cuándo se dijeron. Porque es una cita magnífica. Pero le atribuyes autoría, claro.

Más de una vez has afirmado que la muerte de tu madre te convirtió en un tío obstinado. Dispuesto a todo.
No lo sé. La muerte de mi madre me dejó vacío y completamente desesperado, lo que a su vez me despertó el hambre por actuar, como modo de reemplazarla. No se si eso me hizo resuelto. Creo que eso ya lo llevaba de serie.

Una vez te definiste como un “cabrón tenaz”.
Lo soy. Ahora me estoy metiendo en política, y la tenacidad me está resultando muy útil. Salí de mi particular armario hace treinta y un años, y me siento perfectamente dispuesto a ir por ahí, viajar a sitios distintos, dar la cara. Estoy seguro de que Barcelona es una ciudad moderna y progresista, pero la gente me mira raro [sonríe]. Igual que en Londres, solo que aquí no estoy tan en sintonía con el espíritu local y todavía no traduzco esas miradas. Pero soy el tipo de persona que va a meterse en las discusiones que van a tener lugar en el futuro. Si un pedazo de capullo como Trump va a triunfar, y el odio del Brexit va a tener lugar, yo siento que tengo que contrarrestar esas fuerzas negativas.

Volveremos al tema Brexit. Supongo que lo que quería preguntarte cuando mencioné la obstinación es que das la impresión de conseguir siempre lo que te propones. Me pregunto si te has dado el batacazo alguna vez. Hablo de un fracaso sonado.
Pues sí. Creo que he fracasado mucho. Piensa que empecé a despegar como cómico a los treinta, y dejé la universidad a los diecinueve. Eso son once años de fracaso, dependiendo de cómo lo mires. Hice doce shows al final de un festival, y los primeros resultaron un completo fiasco. Así se define un fracaso: como algo que no funciona. El tipo que llevaba la sala donde actué por primera vez me dijo hace poco que mi espectáculo de entonces era “una mierda”. Se acordaba perfectamente.

Eso no es lo más cortés que se le puede decir a alguien.
No [ríe]. Pero tras el fracaso soy implacablemente positivo. Cuando convertí en realidad aquellos primeros shows, lo que pensaba era lo increíble que era que alguien como yo hubiese escrito y representado un show entero. Nadie de mi universidad había hecho algo así. Aquello me parecía un paso bastante valiente a los diecinueve (había dejado la universidad tan solo un año antes), aunque los shows como tales no fuesen grandes logros creativos. En resumen: he fracasado lo mío. Hace cuatro años tuve que detener mi primer intento de correr veintisiete maratones en veintisiete días [para Sport Relief, conmemorando los veintisiete años de encarcelamiento de Nelson Mandela] tras tan solo cuatro días. A ver: cuatro maratones en cuatro días no está mal. Otra gente consideraría eso un éxito. Pero esa no era mi meta. Fracasé. Pero el truco está en cómo te lo tomas. Siempre soy positivo: me lo tomé como entrenamiento para la próxima, que sí he conseguido terminar.

El éxito tiene que llegar tarde. Kurt Vonnegut decía que ningún escritor debería escribir antes de los treinta y tres, o así, porque no has vivido lo suficiente.
Creo que es verdad. En el campo del pop pasa a menudo, que alguien muy joven alcanza algún tipo de éxito, y empieza a pensar: “si he llegado aquí tan temprano es que debo ser un tipo realmente brillante. Debo ser LA HOSTIA”. Y entonces se le sube el éxito a la cabeza, y vienen los problemas de ego, la incapacidad de lidiar con el fracaso… La cuestión es que yo he refinado esto a lo largo de mucho tiempo, y si algún día llego a ser bueno de verdad será porque lo he analizado, y lo he mezclado con mi instinto, y lo he mezclado y BUM: funciona. Lo que estoy haciendo en esta serie de shows es empezar a hacer shows completos en inglés, pero con un bis de diez minutos en español que irá creciendo según avance la gira. Esto provoca una reacción inusual, porque cuando regreso del descanso y lo primero que digo es: “Entonces, me he dado cuenta de que todos los animales salvajes están en forma…” [en español en original]. Y lo digo muy rápido, sin anunciarlo. Y hay un momento de confusión general [sonríe]. Luego continúo, haciendo un montón de fallos, sin duda, pero me gusta. Porque es divertido. Un momento: ¿cuál era tu pregunta?

Que si es importante tener éxito tarde.
Creo que sí, aunque cuando era joven no quería que el éxito me llegara tarde. Lo quería YA. A los veinticinco, máximo. Y cuando vi que tenia veinticuatro y medio y la cosa no marchaba, me dije: “mierda”. Lo que sucedía era que el material no era lo suficientemente bueno. Tenía todo lo demás: la presentación, la imagen, la promoción… pero las bromas no estaban a la altura. Así que abandoné todo lo superfluo. Dejé de preocuparme de promover el show, y empecé a refinar las bromas, una y otra vez. Y ahí residió el cambio. ¿Recuerdas aquella hermosa película de Kevin Costner, Campo de sueños? “Si lo construyes, vendrán”. Ese es el lema. Si refino las bromas, ellos vendrán. Así que trabajé sin descanso, y empecé a actuar casi sin promoción, y noté como más y más agentes me pedían el teléfono al final de cada espectáculo. Me acuerdo de una vez en que hice teatro callejero en Edimburgo, y estaba montando mi escenario cuando un tipo me echó un vistazo y salió corriendo en la dirección opuesta [sonríe]. Me dije: “esto no pinta bien”. Pero al cabo de un rato el tipo regresó. Acompañado de toda su familia. Porque me había visto antes, y ahí lo supe. Yo hacía lo mismo que él cuando era solo un espectador de los cómicos que realmente me gustaban. Ahí vi que tenía “eso”. Se me encendió la bombilla. Porque es algo que no controlas, que no sabes que tienes, hasta que ves la respuesta del público.

El periodo de tragar mierda es indispensable en cualquier artista. Los Beatles no serían los Beatles sin los años de Hamburgo, tocando horas y horas para una audiencia de putas y marinos borrachos.
[Vehemente] Estoy muy de acuerdo con lo de Hamburgo. Sí. Mis años de Londres son mi Hamburgo. Todo el mundo tendría que salir de su zona de confort, sentirse incómodo. Los stand-ups españoles deberían ir a Londres. Porque yo estoy haciendo lo contrario, y quiero cambiar asientos [ríe]. No solo por la parte creativa, que es fundamental, sino por toda la mierda que está pasando, y los muros que tratan de levantar, el “odia a este, odia a aquel”… Yo soy un “radical moderado” en política. Ese es mi rollo. Hago cosas radicales con un mensaje moderado. Por eso quiero empujar a artistas castellanos o catalanes…

Los catalanes estamos obsesionados con el rollo del idioma, no sé si eres consciente de ello. Si dices algo en catalán el teatro se vendrá abajo y saldrás por la televisión.
Lo entiendo perfectamente. ¿Qué debería decir?

Si dices “independència” a lo mejor te ponen una estatua.
Uy, no. Entonces va a parecer que tomo partido por uno u otro lado. Necesito algo menos divisivo. Como una palabrota. Las palabrotas siempre funcionan.

Bill Hicks, ahora que lo dices, utilizaba las palabrotas y las drogas y el rocanrol, mientras que uno de los shticks de tus shows es la historia: prehistoria, historia bíblica, Segunda Guerra Mundial, época victoriana…
No me gusta mucho la palabra ‘shtick’. Digamos mis “temas”. Toco todos los periodos: reyes medievales, Stonehenge, el día antes de que se inventase el fuego… Es humano. Intento ser un estudiante de la humanidad. No hay un solo periodo que no me interese. La clave es destilar la cosa. Seas un periodista o un cómico, lo esencial es buscar el núcleo de algo. Analizar. Destilar. Y si destilo la humanidad puedo extraer las repeticiones. Las cagadas que hacemos una y otra vez. El mamón carismático que llega cada vez, apela a los instintos más básicos de la gente, les muestra algo que odiar y todo el mundo le sigue. Y eso es un desastre, y acaba de suceder, tanto en mi país como en los Estados Unidos. Pero otra gente intenta movilizar a la gente para que hagan el bien. Como Bob Geldof. Movámonos juntos en la misma dirección. Estoy orgulloso de mi país pero quiero tender mi mano a otros países, que aprendamos los unos de los otros en un estatus igualitario, sin que nadie sea más que nadie. No quiero ser el país #1. Que le den al #1. La humanidad debería ser el #1 [jalea con voz de multitud] “¡Seres humanos, número uno!”. Porque lo otro no funciona. Me ha encantado que menciones a Bill Hicks. Yo le vi en directo y le admiré, pero no era lo mío. Él iba al lado oscuro, yo no. Cuando hice campaña hace poco para permanecer en la UE lo que les decía a todos los jóvenes era que no queríamos ir hacia atrás, que debíamos movernos hacia el futuro.

¿Crees que vamos para atrás? Hablo de un escenario de Segunda Guerra Mundial. A mí me parece un poco alarmista, eso.
Creo que sí, que vamos hacia atrás. Piensa solo lo que puede hacer un tarado como Trump, con los dedos en los botones. Tiene que haber una fuerza que se oponga a eso. A la Primera Guerra Mundial la llamamos “la guerra que terminaría con todas las guerras”. Y entonces tuvimos otra. Llegó otro tipo a sembrar cizaña justo en el momento en que todo empezaba a mejorar. El paro descendía, la industria mejoraba, pero entonces ocurrió lo del crack del 29 y un tipo se aprovechó de la catástrofe.  Solo un idiota podría no mirar hacia atrás y ver que algo así siempre puede repetirse. Debemos aprender de eso.

Desde luego la historia es perfecta para el humor. Porque la historia de la humanidad es esperpéntica. Mark Twain dijo aquello de que “tragedia + tiempo = humor”.
Los humanos hacemos cosas estúpidas, es innegable. En el show hablo de Bad King John [Juan Sin Tierra], que no tenía ni idea de dónde estaba Francia y que por eso perdió sus tierras allí, y de su hermano Ricardo Corazón de León, al que consideramos el más grande de los reyes ingleses, quien hablaba solo francés, y a quien engañaron porque llegó a Inglaterra diciendo “¿Cómo? ¿Pardon? Je no hablo…”. Esto no es lo que sucedió, pero sí la destilación cómica de lo que pasó. La gente aprende cosas en mis shows. Hablo también de cómo al César no le hubiese gustado saber que su nombre se utiliza básicamente en la ensalada césar con pollo. A no ser que su ministro de guerra fuese un pollo, que es lo que imagino en el show. Esto no es verdad. Pero podría serlo [sonríe]. Impongo mi análisis y humor a escenarios políticos reales. Cuando el pollo le explica al César cómo conducir la batalla de Alesia, lo que describo es la batalla de Alesia real. Lo que no es real es que Marco Antonio fuese un pollo.

Claro. Pero dejando de lado al pollo Marco Antonio, todo lo demás da la impresión de haber sido estudiado en profundidad.
Lo está. Las fechas son correctas. Todo lo de los cambios en la lengua inglesa y la influencia de lo francés. Durante trescientos treinta y nueve años (entre 1066 y 1399) el idioma de la clase dominante en Inglaterra era el francés. Lo que yo hago es imaginar a dos camareros sajones que se hacen un lío tomando nota y toman la decisión trascendental de dejar de utilizar el género en los sustantivos: masculino, femenino, neutro o “solo una cuchara de mierda”. Su acción liberó al inglés en su camino hacia el dominio mundial.

Algunas cosas no deberían ser divertidas pero lo son, y mucho. Como los nazis, quizás la ideología más temible y a la vez risible que ha existido jamás.
Es verdad. Todo puede ser divertido. Si dices que un nazi ha matado a alguien, eso no tiene gracia, claro. Pero los nazis eran muy estúpidos. Tras su pensamiento yacía una estupidez muy esencial. Como lo de que si cruzamos nazis con nazis de la misma familia conseguiremos una raza mejor. No: será endogamia, y gracias a la familia real británica y la crianza de perros sabemos qué sale de eso: idiotas. Y además el alto mando nazi no tenía la menor pinta aria.

Bueno, excepto Heydrich. Él sí era alto, rubio y con ojos azules. Aunque, por desgracia para él, también era medio judío.
Es verdad. Olvidaba a Heydrich. ¿Realmente era medio judío? Dicen que Hitler era judío en una dieciseisava parte. La cosa es que el odio a los judíos era algo tan estúpido como odiar a los metodistas, o a los austríacos. Y fue muy malo para el país. Si Hitler llega a aceptarlos se hubiese quedado con todos aquellos científicos e intelectuales: Alemania habría tenido la bomba de hidrógeno antes que nadie. Y no habría tenido que matar a esa barbaridad de gente. Que además habría luchado de su lado, pues después de todo eran alemanes. No se puede ser más estúpido. Pero algo de lo que decía Hitler soliviantaba los bajos instintos de los que hablábamos antes: el odio al prójimo. La gran desgracia de los nazis es que fuesen tan tontos y a la vez tan bien organizados. Me encantaría que la Alemania moderna salvara al mundo, porque tienen una democracia que funciona, una economía potente, y porque han pasado por el infierno y no creo que deseen volver allí jamás. Creo que lo de Trump sentó como un tiro en Alemania, y eso es algo esperanzador de ver.

Yo tengo cuarenta y cinco años y he visto a Reagan y a los dos Bush pasar por la Casa Blanca. ¿Puede Trump ser peor que Reagan, me pregunto yo? ¿Está más loco que el tarado de Bush Jr., quien creía a pies juntillas en la existencia del infierno?
Da que pensar. Hitler pasó por una etapa de “moderación”. Simuló ser un tío guay. Existen fotos de él reunido con el primer gabinete ofreciendo la silla a los demás y aguantando la puerta al entrar [sonríe]. Pero entonces sucedieron cosas y entró en otra fase radical. Bush Jr. también se estaba haciendo el bueno hasta que sucedió el 11-S, y entramos en otro ciclo de destrucción. El Brexit y Trump son muy malas noticias, en todo caso.

Lo del Brexit debió pillaros con la guardia baja a muchos ingleses. Da la impresión de que nadie se lo esperaba, que incluso los vencedores estaban alucinando. Para mí que ni se habían preparado los discursos.
Mira, en el 2008 pasó lo de la crisis porque unos cuantos tipos avariciosos se aprovecharon de las políticas reaganistas y thatcheristas para joder al resto del mundo. Eso pasó, y el gobierno decidió que la austeridad para salir de allí era el camino, y la gente más pobre volvió a salir perjudicada, y cundo llegó el momento del referéndum los periódicos de derechas culparon a Europa del desempleo. Pero no era culpa de Europa. La culpa era de la crisis. Dijeron que iban a poner trescientos cincuenta millones de libras en la seguridad social, y a la mañana siguiente lo desmintieron.

Debo decir que me sorprende que sigas apoyando al partido laborista, después de las decepcionantes políticas de Blair.
Tienes que mirar todo lo que hicimos, desde las olimpiadas al dinero en las escuelas, y todo ello se debió a Tony Blair. Estuvimos en tres guerras: con Milosevich en la antigua Yugoslavia, en Sierra Leone y luego Irak. Dos de ellas terminaron bien tras la intervención inglesa, aunque no Irak. Lo que sucede es que todo el mundo colorea la política de Blair con los colores de Irak y nada más. Creo que hay que recordarlo todo. Estoy con Corbyn, y el partido laborista está más fuerte que nunca. Como te decía, soy un radical moderado. No me opongo a los negocios, si los principios que los rigen son éticos, a la vez que defiendo a los sindicatos si sus demandas son justas. Un pensamiento positivo: no estamos en 1939. No estamos en Francia en 1940. Aquello no debió ser muy esperanzador. Pero del mismo modo en que una sola persona puede desequilibrar la balanza hacia el pensamiento negativo, opino que una persona puede hacer lo contrario y redirigir a la gente hacia metas positivas. Yo formo parte del congreso laborista, obtuve setenta mil votos, y volveré a presentarme en dos años. Quiero que todo el mundo esté bien. Como tú mismo has mencionado, soy un “cabrón tenaz”: quiero seguir con este show, ir a más países, aprender más lenguas… Soy competitivo, aunque espero que de una forma sana.

Lo que haces con otras lenguas es asombroso, teniendo en cuenta lo notoriamente inmundos que son los angloparlantes a la hora de hablar cualquier otra lengua del mundo.
Somos vagos. Muy vagos. Mientras el resto del mundo aprende inglés cada vez más. El inglés es la segunda lengua de medio planeta, una forma de conectar. Y eso es hermoso. Porque jamás invadimos con esta lengua.

Bueno, excepto en la India. Y América del Norte. Y África. Y parte de China.
Sí, ya, ya [sonríe]. Tuvimos un imperio, pero lo perdimos todo de forma dramática. Fueron Hollywood y el rocanrol los que hicieron que el inglés conquistara el mundo. De una forma no-imperialista, no abusiva, según lo veo yo. Lo dejamos allí para que lo usara quien quisiera. Para que la gente se entendiese. Quiero creer que la gente se terminará entendiendo. Por eso hago los shows en español.

Hay una verdad elemental, y es que la vasta mayoría de la gente quiere estar tranquila, y sentirse segura, y tener un techo y alimento y cariño. Los nihilistas son dos o tres. Pero esos tres son muy hijos de puta.
Por supuesto. Yo apelo a eso, precisamente. A conseguir un mundo entero donde todos tengamos una oportunidad de llevar una vida feliz. Siete billones de personas. Y tenemos que conseguirlo este siglo, esto no puede esperar ya. Hay que conseguirlo o moriremos todos. La dinamita se inventó en 1860, y la bomba de hidrógeno en 1950. Solo noventa años de diferencia. ¿Qué va a ser lo siguiente?

No lo sé, pero a veces pienso que los humanos solo aprenden a través del trauma. El New Deal y el estado del bienestar fueron una consecuencia directa de los sesenta millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial. No sé si hablando puede convencerse a nadie.
Yo creo que sí, que hay que poder. La gente que dice que aquello no puede repetirse se equivoca. La Gran Guerra, como decíamos antes, tenía que ser la última, y en menos de diecinueve años ya estábamos metidos en una de mucho peor.

El tratado de Versalles no fue de inmensa ayuda, hay que decir.
Un momento. Todo el mundo culpa al tratado de Versalles, pero nadie se acuerda del tratado que firmó Alemania con Rusia en 1917 [se refiere al tratado de Brest-Litovsk, de 1918]. Allí Alemania estuvo encantada de humillar a Rusia y tomar una gran parte de su territorio y dinero. Así que lo de la “humillación” a Alemania hay que considerarlo con una cierta cautela. No digo que fuese óptimo, y desde luego políticas como las del Plan Marshall eran más adecuadas, pero lo de que Versalles fue abusivo es una chorrada.

¿Te sientes optimista, en general?
¿Sabes lo del vaso medio lleno y lo del vaso medio vacío? Pues el mío está lleno hasta las dos terceras partes. Hace treinta y un años salí del armario y ahora estoy aquí. Tengo una gran confianza en las cosas buenas que están por pasarme, y en el centro de esa confianza está el día de 1985 en que salí del armario. Porque era una cosa muy dura. Podría haberme pasado años preguntando a todo el mundo qué debería hacer ese “primo” mío, que era travestido pero a quien le gustaban las mujeres, y un cien por cien de ellos me hubiese dicho “quédate bien dentro de tu armario”.

Ahora me ha entrado la curiosidad: ¿cómo saliste del armario? ¿En el escenario?
No. Tienes que darte cuenta de que esto [se señala] es mi vida real. No me disfrazo para el escenario. Yo voy así. Solo lo incorporé a mi acto escénico seis años después de salir del armario, y porque pensé que era lo lógico. Había un grupo de ayuda para estas cosas, uno de los únicos que existía en los años ochenta en Inglaterra, y estaba a medio kilómetro de mi casa. A diez minutos. Así que pensé: el destino lo ha puesto aquí. Es demasiada coincidencia. Así que fui para allí, porque soy un maldito cabezota, y luego salí del armario con todo el mundo. Menos con mi padre. Con mi padre tardé algo más, porque todos mis amigos me decían que aquello iba a matarlo. Pero no lo hizo. Y al poco de salir del armario hice mi primera broma sobre el asunto en directo.

Tim O’Brien, uno de mis autores favoritos, dice que la risa no niega la pena, sino que es una respuesta a la pena. ¿Cómo lo ves tú?
[Lo piensa durante un instante] Creo lo mismo. Que es una respuesta a la pena. Que es autoterapia. En mis primeros shows había piezas sobre primeras novias, y problemas de eyaculación, que me fue muy útil desvelar en público. Aquello me dio fuerzas. Me enseñó a que no me importase una mierda, y que aún me importase menos que lo supiese todo el mundo. Perdí mi virginidad muy tarde, a los veintiuno, cosa que no recomiendo a nadie. Lo normal si eres un chico es perderla a los catorce o así. Pero a la mierda: lo conté, y me libré de aquello, y espero que ahora si lo ve un chaval a quien le haya pasado lo mismo pueda pensar: “no soy el único, joder”. Conocí a un pastor protestante en Estados Unidos mientras estábamos filmando una película en Glasgow, y resulta que su hija se autoidentificaba como chico, y cuando me vieron se abalanzaron sobre mí para decirme que lo mío les había ayudado a aceptar tranquilamente lo de la hija. Eso me alegró, pues tampoco me paso el día ondeando la bandera de lo trans. Nunca busqué ser el portavoz de lo transgénero (por cierto, tenemos una bandera de verdad, y es bastante maja: en colores azul claro y rosa). Lo único que he hecho ha sido dar ejemplo: construir una carrera siendo transgénero. Y creo en lo que me dijo una vez un abogado trans: que esto es un regalo. Y así lo considero.